El secreto de Whitmore Manor Capítulo 20 — El secreto de Whitmore Manor
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Capítulo 20 — El secreto de Whitmore Manor

La mañana del veintisiete de diciembre amaneció con un cielo despejado y un frío tan intenso que los cristales de Whitmore Manor aparecieron cubiertos por una fina capa de escarcha.

La nieve había dejado de caer durante la noche, y desde las ventanas del piso superior podía verse el camino de acceso, todavía blanco, con dos surcos oscuros abiertos por las ruedas de un carruaje que había conseguido acercarse a la finca desde el pueblo.

Eleanor llevaba despierta desde antes del amanecer.

Había dormido poco, inquieta por la nota encontrada en la biblioteca y por la certeza de que alguien había permanecido cerca de ella y de Arthur mientras reconstruían los movimientos de la noche de Nochebuena.

La frase sobre el reloj seguía resonando en su memoria, no porque revelara directamente la identidad del asesino, sino porque demostraba que el desconocido conocía un detalle que hasta entonces solo ellos habían considerado importante.

Si el responsable pretendía advertirles, podía hacerlo de muchas maneras; si pretendía conducirlos hacia una conclusión equivocada, la nota resultaba todavía más peligrosa.

—La nota no nos dice quién la escribió, pero sí que alguien quería que prestáramos atención al reloj —dijo Arthur—.

Puede que el mecanismo fuera manipulado para ocultar la hora real de la muerte, o para hacernos creer que sir Reginald había muerto en un momento concreto.

Lo que no debemos hacer es convertir esa frase en una prueba por sí misma.

Tenemos que encontrar una contradicción que podamos demostrar.

Eleanor apartó la taza y extendió sobre la mesa las declaraciones de los testigos.

Mary Collins había llevado una botella de oporto y una copa al despacho antes de la cena; la cocinera había registrado la entrega en su cuaderno; Charles había discutido con su padre alrededor de las diez y media; Edmund había sido visto cerca del despacho; y Agnes había oído una segunda discusión, aunque no estaba segura de la hora.

El cuerpo había sido descubierto a la mañana siguiente, sentado en el sillón, con la copa intacta y una carta parcialmente quemada.

La llave se encontraba dentro del despacho y la puerta había sido forzada para poder entrar.

Sin embargo, nadie había explicado de manera satisfactoria cómo se había cerrado la puerta después de que el asesino abandonara la habitación.

La posibilidad de un pasadizo oculto ofrecía una respuesta, pero todavía no habían demostrado que aquel acceso comunicara realmente con el despacho.

—Necesitamos inspeccionar la pared que aparece en el plano antiguo —dijo Eleanor—.

Si el acceso existe, tendremos que saber si puede abrirse desde ambos lados y si alguien lo ha utilizado recientemente.

También debemos averiguar quién conocía su existencia.

No quiero que las autoridades encuentren una puerta oculta y concluyan que todos los habitantes de la casa pudieron entrar y salir a voluntad.

El mecanismo, las huellas y el estado de la pared quizá nos permitan establecer cuándo se utilizó por última vez.

Arthur estuvo de acuerdo. Antes de abandonar el comedor, Eleanor pidió a un criado que avisara a Edmund Vale de que necesitaban consultar con él una cuestión relacionada con los planos antiguos.

No quiso explicarle el motivo, pues no sabía si el abogado colaboraría de buena fe o si tendría tiempo de alterar algún documento si sospechaba que la investigación se acercaba a una conclusión.

Después se dirigieron al despacho de sir Reginald, donde el frío parecía más intenso que en el resto de la casa.

Las cortinas continuaban cerradas, el escritorio conservaba los papeles que no habían sido retirados para la inspección y el sillón permanecía apartado de la mesa, tal como lo habían dejado después de examinar el cuerpo.

Eleanor observó de nuevo el vaso de oporto, ahora guardado para su análisis, y la marca más clara que el fondo había dejado sobre la madera.

La escena seguía pareciendo tranquila, pero aquella tranquilidad ya no le inspiraba confianza.

Arthur examinó la pared situada detrás de la estantería y comparó sus medidas con el plano de 1842.

Tras retirar algunos libros y una moldura que parecía formar parte de la decoración, descubrió una unión vertical apenas perceptible entre dos paneles de madera.

Presionó con cuidado en varios puntos hasta que se oyó un pequeño chasquido.

Una sección estrecha de la pared cedió hacia dentro, dejando al descubierto una puerta de servicio que conducía a un corredor oscuro.

El mecanismo estaba cubierto de polvo en la parte superior, pero el borde inferior mostraba marcas recientes, como si hubiera sido abierto y cerrado varias veces durante las últimas semanas.

Eleanor se inclinó para examinar la cerradura y encontró una pequeña mancha de cera oscura junto a la bisagra.

No podía determinar cuándo había caído allí, aunque su presencia sugería que alguien había utilizado una vela para iluminar el mecanismo.

El pasadizo era estrecho y olía a madera húmeda, piedra fría y polvo acumulado.

Avanzaba detrás de la pared del despacho y desembocaba en la habitación oculta del ala norte que habían descubierto días antes.

La conexión confirmaba que una persona podía abandonar el despacho sin utilizar la puerta principal, siempre que conociera el mecanismo.

En el suelo había huellas parciales, demasiado alteradas para distinguir una pisada completa, y junto a una viga encontraron una fibra de lana gris enganchada en una astilla.

Arthur la guardó en un sobre. Eleanor recordó el abrigo que Edmund llevaba la noche de Nochebuena, pero también había visto a otros hombres vestidos con prendas de lana gris durante aquellos días.

La fibra podía tener valor más adelante, aunque por el momento no justificaba una acusación.

—La puerta explica cómo pudo cerrarse el despacho desde dentro sin que el asesino permaneciera en la habitación —dijo Arthur—.

Pero no demuestra que se utilizara aquella noche.

Si alguien hubiera entrado por aquí, podría haber cerrado el panel al salir y dejado la llave principal dentro del despacho para reforzar la impresión de que nadie había podido abandonar la habitación.

Eleanor examinó el mecanismo. Había una pequeña palanca oculta tras la moldura, unida a un resorte que permitía devolver el panel a su posición original desde el pasadizo.

No era un sistema complejo, pero sí lo bastante discreto para pasar inadvertido a quien desconociera su existencia.

La puerta podía cerrarse sin llave y sin producir un ruido especialmente fuerte.

Aquello eliminaba uno de los aspectos aparentemente inexplicables del crimen, aunque abría una pregunta más importante: ¿quién había tenido acceso al pasadizo y por qué?

La respuesta debía encontrarse en los registros de la casa, en los testimonios de quienes habían trabajado allí durante años o en los objetos que alguien había trasladado de una habitación a otra.

Cuando regresaron al despacho, Edmund Vale los esperaba junto a la puerta.

Había llegado acompañado por Lady Beatrice, que vestía de negro y llevaba un pequeño broche de perlas en el cuello.

La viuda parecía agotada, pero su expresión cambió al ver la estantería apartada y el panel abierto.

Edmund, en cambio, no mostró sorpresa inmediata; miró el mecanismo, después el pasadizo y finalmente a Eleanor, con una quietud que podía interpretarse como prudencia o como el esfuerzo de alguien que intenta ocultar una reacción.

Arthur le explicó que habían encontrado una comunicación antigua entre el despacho y el ala norte, y le preguntó si conocía su existencia.

—He visto planos de la casa en los que aparecen corredores de servicio —respondió Edmund—, pero nunca he tenido motivos para investigar si se conservaron después de las reformas.

Las propiedades antiguas suelen contener estructuras que desaparecen de los planos posteriores.

No sería extraño que sir Reginald las conociera mejor que yo.

—¿Y su abuelo? —preguntó Eleanor—. ¿Trabajó en Whitmore Manor durante el periodo en que desapareció el libro de Eleanor Whitmore?

Edmund se quitó las gafas y las limpió con un pañuelo.

—Mi abuelo prestó servicios administrativos a la familia, pero no dispongo de un registro completo de sus actividades.

Su nombre aparece en algunos documentos de finales de la década de 1850.

Eso no significa que participara en la desaparición del libro ni en ninguna irregularidad relacionada con la herencia.

Lady Beatrice observaba la conversación en silencio.

Cuando Eleanor le preguntó si conocía el pasadizo, negó con la cabeza y explicó que había vivido en la casa durante muchos años sin saber que existía.

Sin embargo, admitió que sir Reginald había preguntado por las habitaciones del ala norte poco antes de Navidad y que, durante una discusión, le había dicho que había llegado el momento de devolver a Eleanor Whitmore algo que la familia le había arrebatado.

Lady Beatrice había supuesto que se refería a una joya o a algún objeto sentimental, pues su marido no le había explicado la naturaleza de los documentos.

Le había pedido que le entregara el antiguo adorno de cristal con la estrella plateada, pero ella se había negado porque pertenecía a la madre de sir Reginald y temía que desapareciera entre los papeles que él estaba revisando.

—¿Por qué no nos contó antes esa conversación? —preguntó Eleanor.