El secreto de Whitmore Manor Capítulo 19 — La reconstrucción de la noche #3
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Capítulo 19 — La reconstrucción de la noche #3

No era todavía una prueba de que el asesino hubiera empleado aquel acceso, pero explicaba cómo podía haberse construido una escena aparentemente imposible.

La cerradura no tenía por qué haber sido manipulada desde el exterior, ni la llave encontrada dentro del despacho tenía que ser la única que abría la puerta.

Un acceso secundario, oculto tras una pared, permitiría cerrar el despacho y abandonar la habitación por otro camino.

Sin embargo, para utilizarlo era necesario conocer su existencia y disponer de tiempo suficiente para encontrarlo.

Las personas con más posibilidades eran quienes habían vivido en la casa durante años, quienes habían estudiado los planos o quienes habían participado en las reformas recientes.

Eleanor repasó los nombres que figuraban en su lista.

Agnes conocía las llaves y los pasadizos antiguos; Thomas sabía dónde se encontraban las paredes modificadas del invernadero; Edmund había investigado los archivos y visitado la casa durante las reformas; Charles conocía los corredores desde la infancia; Lady Beatrice había tenido acceso a los objetos de su suegra y a las habitaciones privadas.

Margaret y el reverendo Bell también podían conocer fragmentos de la historia, aunque ninguno había demostrado hasta entonces que supiera cómo acceder al despacho desde otro lugar.

Todos tenían algo que ocultar, pero no todos tenían el mismo motivo ni la misma oportunidad.

Cuando el reloj del vestíbulo dio las ocho, Eleanor cerró el cuaderno de inventario y miró hacia la ventana.

La tormenta había amainado, y entre las nubes comenzaba a distinguirse una franja pálida sobre las colinas.

La casa seguía aislada, pero la llegada de la mañana permitiría que el agente local y las autoridades pudieran acercarse a la finca.

Si no encontraban una explicación convincente antes de entonces, la investigación pasaría a manos de personas que quizá no conocieran la historia de Eleanor Whitmore ni comprendieran la importancia de las pistas reunidas.

Eleanor no pretendía sustituir a la autoridad, pero sabía que el responsable podía aprovechar la confusión para destruir los documentos que todavía quedaban.

Arthur recogió las hojas de la reconstrucción y las ordenó sobre la mesa.

—Mañana tendremos que explicar lo que sabemos, no lo que sospechamos.

La muerte de sir Reginald, la manipulación del reloj, la discusión de Nochebuena y los documentos desaparecidos forman una secuencia posible, pero aún nos falta una pieza que conecte el motivo con la oportunidad.

Si encontramos el libro, quizá sepamos por qué alguien estaba dispuesto a impedir que se leyera.

Si no lo encontramos, tendremos que demostrar el asesinato a partir de las contradicciones de los testimonios y de las pruebas materiales.

Eleanor agradeció la franqueza de Arthur y le ofreció una taza de té que había quedado olvidada sobre la mesa.

Mientras él la aceptaba, sus dedos rozaron los de ella durante un instante, un contacto breve que ninguno de los dos comentó.

La cercanía que había nacido entre ambos no necesitaba promesas ni declaraciones apresuradas; se manifestaba en la confianza con la que podían compartir dudas, en la manera en que Arthur respetaba su criterio y en la tranquilidad que Eleanor encontraba cuando él permanecía a su lado sin exigirle que fingiera una seguridad que no sentía.

Por primera vez en varios días, ella se permitió pensar que, una vez resuelto el asesinato, quizá podría regresar a Ashcombe con algo más que una historia terrible y un puñado de documentos antiguos.

Pero antes de abandonar la biblioteca, Eleanor reparó en una última anomalía.

La hoja donde había anotado las horas de la noche había quedado junto al inventario antiguo, y alguien había trazado una línea azul debajo de la hora de las once.

No recordaba haberlo hecho. La tinta aún parecía húmeda y, en el margen, una pequeña estrella señalaba una frase escrita con letra diminuta: El reloj no se detuvo cuando murió el señor, sino cuando alguien quiso que dejaran de buscarlo .

Eleanor levantó la vista hacia Arthur. Él negó con la cabeza antes de que ella pudiera preguntarle si había escrito la nota.

Ninguno había oído entrar a nadie, y la puerta de la biblioteca seguía cerrada.

La frase podía haber sido añadida antes, quizá durante la revisión de los papeles, pero la tinta reciente sugería lo contrario.

Alguien había estado cerca de ellos mientras reconstruían la noche y había querido orientar su atención hacia el reloj.

La pista no identificaba al asesino, pero demostraba que la investigación ya no era un secreto y que alguien dentro de Whitmore Manor estaba siguiendo cada uno de sus movimientos.

Eleanor guardó la hoja junto a las demás pruebas.

Al día siguiente tendría que decidir qué revelar a las autoridades y qué documentos convenía proteger hasta que pudieran verificar su autenticidad.

El misterio de la habitación cerrada empezaba a tener una explicación posible, pero todavía faltaba descubrir quién había utilizado aquel acceso, qué contenía realmente el volumen verde y por qué sir Reginald había decidido anunciar su resolución precisamente en la mañana de Navidad.

La respuesta se encontraba en algún punto entre los objetos que la familia había conservado y los nombres que había intentado borrar; y, mientras la noche volvía a cerrar sus sombras alrededor de Whitmore Manor, Eleanor comprendió que la siguiente conversación podía ser la última oportunidad de escuchar al culpable antes de que la llegada de las autoridades cambiara para siempre el curso de la investigación.