El secreto de Whitmore Manor Capítulo 19 — La reconstrucción de la noche
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Capítulo 19 — La reconstrucción de la noche

Eleanor no permitió que nadie entrara en la antigua sala de música hasta que Arthur hubo examinado el umbral y los alrededores de la puerta.

El fragmento verde que había encontrado bajo la madera parecía proceder de una encuadernación antigua, pero el hilo dorado incrustado en el borde podía pertenecer a cualquiera de los volúmenes que habían pasado por la biblioteca durante las últimas décadas.

Arthur lo observó bajo la luz de una lámpara y después examinó el suelo, donde la nieve derretida había dejado pequeñas manchas oscuras junto a la ventana.

No encontró huellas suficientemente definidas para identificar a quien había entrado, aunque descubrió una línea de polvo interrumpida delante de un armario alto, como si alguien lo hubiera desplazado recientemente.

La sala conservaba el aspecto de un lugar abandonado por falta de uso: un piano de cola cubierto con una tela, varias sillas tapizadas en terciopelo granate, un atril de madera de nogal y un conjunto de partituras ordenadas en estanterías estrechas.

Sobre la chimenea colgaba un paisaje invernal, y en una esquina había un árbol de Navidad pequeño, adornado con cintas blancas que habían perdido parte de su brillo.

Nada parecía extraordinario, pero Eleanor tuvo la impresión de que la habitación había sido preparada para ocultar algo a plena vista.

—No debemos suponer que el libro está aquí solo porque hemos encontrado un fragmento de cubierta —dijo Arthur, agachándose para examinar la base del armario—.

Alguien pudo dejarlo para guiarnos hacia este lugar o para hacernos perder tiempo.

Si sir Reginald lo escondió, quizá lo hizo en un sitio que conocía desde niño y que nadie asociaría con los documentos familiares.

Pero también cabe la posibilidad de que el volumen haya sido retirado después de su muerte.

Eleanor asintió. La nota anónima y el fragmento de encuadernación podían constituir una ayuda, una advertencia o una maniobra de distracción.

El responsable del asesinato sabía que ella estaba investigando la historia de Eleanor Whitmore y podía haber decidido conducirla hacia una habitación donde encontrara una pista falsa.

Sin embargo, el armario desplazado demostraba que alguien había registrado la sala recientemente, y el hecho de que la puerta estuviera entreabierta indicaba que aquella persona no había tenido especial cuidado en borrar todos los rastros de su presencia.

Quizá había actuado con precipitación, quizá esperaba regresar antes de que alguien descubriera la entrada.

Eleanor pidió a Arthur que examinara el armario mientras ella revisaba las partituras y los muebles cercanos a la chimenea.

—Arthur, mire esto —dijo, acercándole el cuaderno.

Él leyó la anotación con atención y pasó varias páginas hacia atrás.

En una de ellas encontró la referencia a una caja de madera con cierre de latón, trasladada desde la habitación de Lady Whitmore al ala norte.

En otra se mencionaba un volumen de botánica que debía permanecer en la biblioteca, aunque la frase había sido tachada.

Las fechas no estaban ordenadas cronológicamente, como si el inventario hubiera sido completado por distintas personas a lo largo de varios años.

Eleanor advirtió que algunas notas estaban escritas con la misma tinta azul que aparecía en las cartas de la madre de Margaret, mientras otras tenían un tono más pálido y una inclinación diferente.

Era posible que el cuaderno hubiera sido utilizado como registro secreto, un documento que permitía seguir el recorrido de los objetos sin dejar constancia de su verdadero contenido en los archivos oficiales.

—La expresión «el lugar elegido por la señora Eleanor» no señala una habitación concreta —observó Arthur—.

Puede referirse a un escondite que ella misma preparó, y la caja separada quizá contenga la clave para encontrarlo.

Si el libro se mantuvo oculto durante treinta años, alguien tuvo que saber dónde estaba o, al menos, cómo evitar que se perdiera.

Eleanor regresó a la nota que había recibido aquella tarde.

El lugar donde la familia guarda aquello que considera digno de ser recordado.

Hasta entonces había pensado en la galería de retratos, pero la frase también podía aludir a la biblioteca, a la sala de música o incluso a la capilla privada donde se conservaban los registros de bautismos y matrimonios de los Whitmore.

Lo que unía aquellos lugares no era su función, sino la manera en que la familia había decidido preservar su pasado.

Los retratos conservaban los rostros, los libros guardaban las palabras y los registros documentaban los vínculos legales; cualquiera de ellos podía contener una pieza de la historia que alguien había intentado borrar.

Arthur se acercó a la ventana y examinó el marco.

La nieve se había acumulado sobre el alféizar exterior, pero había una franja estrecha donde el polvo parecía haber sido retirado recientemente.

Alguien había abierto la ventana desde dentro, aunque no podía determinar cuándo.

En la parte inferior del marco encontró una marca oscura que podía proceder de un guante húmedo o de una manga rozada contra la madera.

No había señales de que la persona hubiera entrado desde el jardín, pues la nieve permanecía intacta bajo la ventana, de modo que lo más probable era que hubiera utilizado la puerta de la sala.

El detalle no demostraba quién había estado allí, pero descartaba una posibilidad que Eleanor había considerado: el desconocido visto cerca del invernadero no había entrado por aquella ventana.

Cuando abandonaron la sala de música, Agnes los esperaba en la galería.

Había permanecido junto al retrato de Eleanor Whitmore y sostenía entre las manos un pañuelo blanco que retorcía sin darse cuenta.

Al ver el cuaderno de inventario, se acercó con una mezcla de temor y alivio, como si reconociera un objeto que había creído perdido.

Eleanor le preguntó qué sabía sobre la estrella grabada en el marco del retrato.

Agnes miró hacia ambos extremos del corredor antes de responder.

—Mi madre me habló de una caja que la señora Eleanor escondió antes de abandonar la casa —dijo—.

Según ella, la caja no contenía joyas ni dinero, sino papeles que podían demostrar que alguien había utilizado su nombre para cambiar una disposición familiar.

Mi madre nunca me dijo quién lo hizo. Solo repetía que la señora Eleanor había confiado en una persona equivocada y que, cuando comprendió lo ocurrido, ya era demasiado tarde para recuperar lo que había perdido.

Después de su marcha, los criados recibieron órdenes de retirar sus libros y sus objetos personales.

Algunos fueron quemados, otros se llevaron al ala norte y unos pocos desaparecieron sin dejar constancia.

—¿Su madre vio la caja? —preguntó Eleanor.

—Sí. La ayudó a envolverla en una tela azul y a colocarla detrás de un panel de madera.

Mi madre era muy joven entonces y no entendió por qué debía guardar silencio.

Años después, cuando preguntó por la señora Eleanor, el administrador le advirtió que no volviera a pronunciar su nombre delante de los miembros de la familia.

Ella obedeció porque necesitaba el trabajo, pero nunca olvidó dónde había visto la estrella.

Antes de morir me dijo que, si algún día alguien volvía a buscar la caja, debía ayudarlo siempre que pudiera demostrar que quería encontrar la verdad y no quedarse con lo que había dentro.

Eleanor comprendió que Agnes no estaba ofreciendo una confesión completa, sino entregando el último fragmento de un recuerdo que había conservado durante toda su vida.

La mujer había crecido bajo la influencia de una madre que temía las consecuencias de hablar y había aprendido a considerar el silencio como una forma de lealtad.

Sin embargo, ahora estaba dispuesta a colaborar, quizá porque la muerte de sir Reginald había demostrado que mantener el secreto ya no protegía a nadie.

Eleanor le preguntó si sabía dónde se encontraba el panel.

Agnes señaló el retrato, pero no intentó moverlo.

Dijo que su madre había descrito una marca en la parte inferior del marco y que el panel debía encontrarse detrás de la pared, no en la propia pintura.

Arthur examinó el retrato con una lámpara y descubrió que el marco estaba sujeto por dos fijaciones distintas.

La inferior parecía más reciente que la superior, y una pequeña pieza de madera ocultaba un tornillo que no coincidía con los demás.

Después de retirar la fijación con cuidado, pudo separar ligeramente el cuadro de la pared.

Detrás había una cavidad estrecha, apenas suficiente para alojar un objeto del tamaño de un libro.

El hueco estaba vacío, pero en el fondo quedaba una marca rectangular en el polvo y una pequeña fibra azul atrapada en una astilla.

Alguien había retirado de allí una caja o un volumen, quizá años atrás, quizá durante los últimos días.

Eleanor no necesitó tocar el interior para comprender que aquel había sido uno de los lugares donde se escondieron los documentos de Eleanor Whitmore.

—Si el libro estuvo aquí, ya no está —dijo Arthur—. Pero la caja pudo haber servido para trasladarlo a otro lugar. Necesitamos establecer cuándo se vació este escondite.