Capítulo 18 — La última pista #3
La respuesta era plausible, pero Eleanor advirtió que Edmund había elegido con cuidado cada palabra.
No había negado que su abuelo trabajara para los Whitmore, ni había afirmado que nunca conociera a Eleanor; se había limitado a señalar que no podía identificar al hombre de la fotografía.
Tal vez ignoraba la historia, o quizá sabía que una relación demostrada entre su familia y la desaparición del volumen podía comprometer la posición que ocupaba en la investigación actual.
Eleanor decidió no presionarlo más. Una acusación prematura le permitiría cerrar filas y destruir cualquier oportunidad de descubrir lo que realmente sabía.
Al abandonar la sala, Margaret caminó en silencio hasta la galería de retratos.
Se detuvo frente al cuadro de Eleanor Whitmore y contempló durante un largo rato el rostro de la mujer.
La luz del atardecer había desaparecido casi por completo y las lámparas encendidas en el corredor proyectaban sombras suaves sobre el marco dorado.
Margaret levantó una mano, sin llegar a tocar el lienzo, y habló con una tristeza que Eleanor no le había oído hasta entonces.
—Mi madre murió creyendo que nunca conseguiría saber qué le habían hecho.
Pasó años buscando una explicación y al final dejó sus notas escondidas entre libros de botánica, como si temiera que incluso después de su muerte alguien pudiera arrebatárselas.
Yo pensaba que aquel empeño era una forma de aferrarse al pasado.
Ahora comprendo que intentaba devolverle a una mujer algo que le habían quitado mucho antes de que nosotras naciéramos.
Eleanor se colocó a su lado. No le dijo que todo terminaría bien, porque todavía no sabía quién había matado a sir Reginald ni si lograrían encontrar el libro.
Tampoco le aseguró que la verdad bastaría para reparar una injusticia cometida treinta años atrás.
Solo le explicó que las pruebas ya no estaban dispersas de manera irremediable: tenían una fotografía, una lista de inventario, una escritura, una carta y un testimonio que situaba a sir Reginald en el invernadero semanas antes de su muerte.
Era poco comparado con lo que aún ignoraban, pero suficiente para seguir adelante sin depender únicamente de los recuerdos de quienes habían aprendido a callar.
Cuando regresaron a la biblioteca, Eleanor encontró un sobre deslizado bajo la puerta.
No llevaba sello ni nombre de remitente, y la tinta azul con la que se había escrito su nombre era tan oscura que parecía recién aplicada.
Dentro había una sola hoja, doblada en cuatro partes.
El mensaje era breve: El libro no está en el invernadero.
Sir Reginald lo encontró antes de Navidad y lo escondió donde nadie buscaría un documento que pertenece a una mujer muerta.
Si quiere conocer la verdad, examine el lugar donde la familia guarda aquello que considera digno de ser recordado.
Eleanor leyó la nota dos veces y se la entregó a Arthur.
No había firma, pero la frase final le produjo una inquietud inmediata.
En Whitmore Manor existía una galería de retratos, un archivo de documentos y una biblioteca que había sido reorganizada durante generaciones.
También había habitaciones cerradas, cajas desaparecidas y objetos que la familia había conservado sin explicar su procedencia.
La nota podía ser una ayuda auténtica o una trampa destinada a conducirlos hacia un lugar donde alguien pudiera sorprenderlos.
Lo más importante era la afirmación de que sir Reginald había encontrado el libro antes de Navidad, algo que ninguno de los testimonios anteriores había confirmado de manera directa.
Arthur examinó el sobre y la hoja, sin encontrar huellas evidentes ni una marca que permitiera identificar al autor.
—Si el mensaje es cierto, el libro pudo estar en poder de sir Reginald cuando alguien lo visitó la noche de Nochebuena.
Eso explicaría la discusión que oyó Agnes y quizá la carta que intentó quemar.
Pero no sabemos si lo escondió en la galería, en el despacho o en una de las habitaciones privadas.
La frase sobre lo que la familia considera digno de ser recordado podría aludir a los retratos, aunque también puede referirse a los archivos.
Eleanor volvió a mirar el cuadro de Eleanor Whitmore, visible al otro extremo del corredor.
La mujer sostenía un volumen verde, y la inscripción del marco recordaba que había sabido guardar lo que otros quisieron destruir.
Durante décadas, la familia había conservado su retrato mientras borraba su nombre de los documentos que explicaban su vida.
Quizá la ironía era precisamente esa: el lugar destinado a honrar a los antepasados podía ocultar la prueba de la injusticia cometida contra uno de ellos.
Se acercó al cuadro y examinó el marco desde un lado.
La madera estaba oscurecida por el tiempo, pero en la parte inferior encontró una pequeña estrella grabada cerca de una unión.
No era visible desde el suelo y parecía haber sido realizada antes de que el retrato se instalara en la galería.
Eleanor pasó el dedo por el borde sin mover el cuadro y advirtió una fina línea de polvo interrumpida junto a una pieza de madera que no coincidía del todo con el resto del marco.
No intentó abrirla. En aquel momento oyó pasos en el corredor y, al volverse, vio a Agnes Pritchard detenerse en la entrada de la galería con una expresión de alarma.
—Señorita Wren —dijo en voz baja—, si ha encontrado algo en ese retrato, no lo toque todavía. La última persona que preguntó por la estrella desapareció de esta casa sin despedirse de nadie, y mi madre pasó el resto de su vida temiendo que alguien recordara su nombre.
Eleanor apartó la mano del marco. La declaración de Agnes confirmaba que la estrella no era una simple marca decorativa y que su significado había sido conocido por más de una generación.
Sin embargo, antes de preguntarle a quién se refería, miró hacia el extremo opuesto de la galería.
La puerta de la antigua sala de música, que había permanecido cerrada desde la llegada de los invitados, estaba entreabierta.
En el suelo, justo debajo del umbral, había un pequeño fragmento de papel verde, arrancado de una cubierta de libro.
Eleanor lo recogió con cuidado y reconoció en el borde una fibra de hilo dorado idéntica a la que aparecía en el lomo del volumen de la fotografía.
El libro había estado allí, o alguien había querido hacerles creer que lo había estado.
Y si sir Reginald lo había escondido antes de Navidad, la persona que lo buscaba conocía ahora el camino que podía conducir hasta él.
Eleanor guardó el fragmento de cubierta en su funda, pidió a Agnes que no permitiera entrar a nadie en la sala de música y fue a buscar a Arthur.
Por primera vez desde que había comenzado la investigación, la siguiente pista no parecía conducir únicamente hacia el pasado.
También podía revelar quién, dentro de Whitmore Manor, seguía dispuesto a impedir que la verdad saliera a la luz.