El secreto de Whitmore Manor Capítulo 18 — La última pista #2
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Capítulo 18 — La última pista #2

—¿Tu madre guardaba alguna caja pequeña de madera? —preguntó Eleanor—. Con un cierre de latón, quizá del tamaño de un libro.

Margaret reflexionó antes de responder. —Había una caja en su escritorio, pero era demasiado grande y contenía cartas familiares.

La recuerdo porque siempre estaba cerrada, aunque nunca vi una llave.

Después de su muerte, mi primo se ocupó de repartir sus pertenencias y no sé qué hizo con ella.

En cuanto a una caja pequeña, sí recuerdo una que mi madre recibió de una anciana que había trabajado en Whitmore Manor.

Era de madera oscura, con el cierre dorado, y mi madre la guardó durante años en un armario.

La última vez que la vi, el cierre estaba roto.

No sé qué había dentro, porque nunca me permitió abrirla.

La descripción coincidía con la anotación del inventario que registraba el traslado de una pequeña caja de madera con cierre de latón desde la habitación de Lady Whitmore hasta el ala norte.

Sin embargo, Margaret no podía asegurar que se tratara del mismo objeto, y Eleanor no quiso establecer esa conexión sin más pruebas.

Lo importante era que la caja había circulado entre personas que conocían la historia de Eleanor Whitmore, y que su contenido podía haber sido repartido o trasladado a lugares distintos.

Si alguien había querido esconder el libro, quizá también había separado las pruebas que permitían demostrar su origen.

Margaret continuó revisando las cartas y encontró un sobre sin sello, fechado en diciembre de 1886.

La letra pertenecía a su madre, pero el destinatario no aparecía indicado.

En el interior había una única hoja, escrita con una tinta azul muy pálida.

El texto decía: El siete no es una página.

Es la última casilla del inventario antiguo.

Si la caja sigue donde la dejaron, el libro estará a salvo.

Si alguien la ha movido, habrá que buscar la marca de la estrella en la habitación donde se guardan los objetos que la familia no desea recordar .

Debajo de la última frase aparecían las iniciales E.

W., aunque Eleanor no pudo determinar si se trataba de una anotación de su antepasada o de una referencia copiada por la madre de Margaret.

—¿Qué significa la última casilla del inventario? —preguntó Arthur.

Eleanor tomó la hoja y la colocó junto a la copia de la escritura.

—Podría referirse a una lista de objetos retirados de la biblioteca en 1857.

Si el libro era el séptimo artículo, quizá alguien registró su traslado sin describirlo con claridad.

La anotación que encontramos en la biblioteca decía que el volumen había sido retirado por orden de R.

W., pero no indicaba dónde se había llevado.

Si existe un inventario completo, el séptimo artículo podría ayudarnos a seguir su recorrido.

Margaret se levantó y fue hasta un pequeño escritorio situado junto a la ventana.

Abrió un cajón y sacó una carpeta de cartón que, según explicó, contenía algunos papeles de su madre que nunca había sabido ordenar.

Entre recibos y hojas sueltas encontró una lista incompleta de objetos procedentes de la antigua biblioteca.

El documento estaba fechado en diciembre de 1857 y mostraba siete entradas, aunque varias palabras se habían borrado por la humedad.

Las seis primeras mencionaban volúmenes de historia natural, un atlas, dos cajas de cartas y una colección de grabados.

La última entrada estaba escrita con una tinta más oscura y decía: Volumen encuadernado en verde, autoría atribuida a E. W., traslado pendiente de autorización.

Eleanor sintió que acababa de encontrar la conexión que les faltaba.

El libro desaparecido no era necesariamente un conjunto de memorias publicado ni una obra conocida por su título, sino un volumen cuya autoría se atribuía a Eleanor Whitmore y cuyo traslado había quedado pendiente de autorización.

Si contenía un documento legal o una declaración personal, la expresión autoría atribuida podía haber sido utilizada para sembrar dudas sobre su procedencia.

El volumen verde de la lista también coincidía con la descripción de la cubierta que aparecía parcialmente oculta en la fotografía.

Sin embargo, la entrada no revelaba quién había retirado el libro ni dónde se encontraba ahora.

—La familia no quiso reconocer que ella era la autora —dijo Margaret, con la voz tensa—. Tal vez por eso desapareció de los retratos y de los documentos. Si aquel libro demostraba que tenía derechos sobre una propiedad, reconocer su autoría habría obligado a explicar lo que ocurrió con la herencia.

—Es una hipótesis razonable, pero aún no es una conclusión —respondió Eleanor—.

Tenemos que averiguar quién redactó este inventario, quién añadió la frase sobre la autorización y por qué la caja cambió de habitación.

También necesitamos encontrar el libro. Si sir Reginald lo buscaba, quizá lo halló y lo ocultó antes de morir.

O quizá alguien lo encontró primero y lo utilizó para obligarlo a guardar silencio.

Arthur señaló la última línea de la lista.

La tinta parecía distinta a la del resto del documento y la inclinación de las letras no coincidía con la escritura de las seis entradas anteriores.

La frase podía haber sido añadida tiempo después, quizá por alguien que quería dejar constancia de una orden sin revelar quién la había dado.

Eleanor recordó que Edmund Vale había admitido conocer las lagunas de los archivos anteriores a 1860, y que había preguntado por los papeles de Margaret semanas antes de Navidad.

Su conducta podía explicarse por su trabajo como abogado de la familia, pero también podía indicar que sabía más de lo que había contado.

Decidieron consultar a Edmund antes de que terminara el día.

Lo encontraron en una pequeña sala contigua al despacho de sir Reginald, sentado ante un escritorio provisional, con varios legajos abiertos y una pluma entre los dedos.

Al ver entrar a Eleanor, Arthur y Margaret, cerró uno de los expedientes con una rapidez que no pasó inadvertida.

Llevaba un traje negro impecable y una corbata de seda gris, y su anillo ovalado brillaba bajo la luz de la lámpara.

Parecía un hombre que había logrado conservar el control de sí mismo incluso cuando el resto de la casa comenzaba a desmoronarse, pero había sombras bajo sus ojos y una tensión evidente en la mandíbula.

Eleanor le mostró la copia del inventario y la carta de la madre de Margaret.

Edmund las examinó sin tocarlas, inclinándose sobre la mesa para leer las anotaciones.

Cuando llegó a la última entrada, su rostro apenas cambió, aunque su mano se detuvo sobre la pluma.

—No había visto este documento —dijo—. Los inventarios de aquella época están incompletos y algunos fueron redactados por empleados que no tenían autoridad para determinar la titularidad de los objetos.

La frase sobre la autorización podría referirse a una simple orden de traslado, no necesariamente a una disputa legal.

—¿Y el volumen encuadernado en verde? —preguntó Eleanor—. ¿Sabe qué contenía?

—No. Si se trata del libro al que se refieren las notas familiares, nunca he tenido el original en mis manos.

Sir Reginald me pidió que investigara una disposición antigua, pero no me entregó el volumen ni me explicó por completo qué esperaba encontrar.

Mi obligación consistía en determinar si existía un documento legal vigente y si podía ejecutarse después de tantos años.

Hasta el momento no he encontrado el original de la disposición, solo referencias incompletas.

—¿Por qué pidió los papeles de Margaret hace dos semanas?

Edmund levantó la vista. —Porque su madre había realizado consultas sobre la misma cuestión.

Pensé que podía conservar cartas o anotaciones que ayudaran a reconstruir la historia.

No tenía intención de apropiarme de sus documentos.

Le pregunté si estaría dispuesta a permitirme examinarlos, y ella se negó. No insistí.

Margaret dio un paso adelante. —No recuerdo que me pidiera permiso. Recuerdo que me dijo que aquellos papeles podían perjudicarme si no los entregaba a un abogado.

Por primera vez, Edmund pareció perder parte de su compostura.

Dejó la pluma y se quitó las gafas para limpiarlas con un pañuelo.

—Si utilicé esas palabras, me expresé mal.

Quise decir que los documentos podían tener consecuencias legales y que era preferible examinarlos antes de que alguien los utilizara de manera irresponsable. No amenacé a nadie.

Eleanor no intervino de inmediato. Observó el anillo de Edmund, el mismo que aparecía en la fotografía antigua, aunque no podía asegurar que fuera la misma pieza.

También reparó en una mancha azul junto al puño de su camisa, semejante a la tinta utilizada en las notas de 1857.

La mancha podía proceder de cualquiera de los documentos que estaba revisando, y la joya podía haber pertenecido a su padre o a su abuelo.

Ninguna de las dos cosas constituía una prueba, pero ambas justificaban que continuara preguntando.

—En la fotografía de Eleanor Whitmore aparece un hombre con un anillo muy parecido al suyo —dijo—. ¿Sabe quién era?

Edmund tardó un instante en responder. —No puedo identificarlo con seguridad.

Mi abuelo trabajó para la familia durante una temporada, pero no sé si llegó a conocer a Eleanor Whitmore.

Es posible que heredara un anillo semejante.

En aquella época muchas familias encargaban joyas con diseños parecidos.

—¿Su abuelo se llamaba Edmund Vale?

—Sí. Mi nombre procede de él, como ocurre en muchas familias. No tengo constancia de que estuviera implicado en la desaparición del libro.