El secreto de Whitmore Manor Capítulo 18 — La última pista
77%

Capítulo 18 — La última pista

Arthur Pembroke entró sin hacer ruido, llevando una bandeja con dos tazas de té y una pequeña tetera de porcelana blanca.

Había dejado su abrigo en el vestíbulo y vestía ahora una chaqueta de lana gris sobre un chaleco oscuro, con las mangas ligeramente arrugadas y el cabello todavía húmedo por la nieve que había encontrado al regresar de las dependencias del servicio.

Desde la muerte de sir Reginald, Eleanor había descubierto en él una forma de cortesía que no dependía de las convenciones sociales, sino de una atención discreta hacia las necesidades ajenas.

Arthur no le preguntaba si estaba cansada cuando advertía que llevaba horas sin levantarse, ni le aconsejaba abandonar la investigación cuando veía que una nueva pista la inquietaba; sencillamente, aparecía con una taza de té, acercaba una silla al fuego o dejaba sobre la mesa el documento que creía que podía ayudarla.

Aquella tarde, sin embargo, su expresión tenía una gravedad distinta, y Eleanor supo que no había venido únicamente para ofrecerle algo caliente.

—He vuelto a examinar las notas de la autopsia preliminar que pude preparar antes de que el frío dificultara el traslado del cuerpo —dijo Arthur, colocando la bandeja sobre una esquina despejada de la mesa—.

No puedo establecer una causa definitiva sin los medios adecuados, pero hay un detalle que me preocupa.

Sir Reginald no presenta señales que permitan atribuir su muerte a una caída o a una lesión evidente, y el estado de sus manos no coincide del todo con el de un hombre que hubiera permanecido sentado tranquilamente durante sus últimos minutos.

Tenía una ligera tensión en los dedos de la mano derecha y una marca tenue en la piel de la muñeca izquierda.

Podría tratarse de una reacción involuntaria o de una lesión anterior, pero no me parece prudente descartarla.

Eleanor apartó la fotografía y le hizo sitio para que se sentara. —¿Cree que alguien pudo sujetarlo?

—Es posible, aunque no puedo afirmarlo. También pudo agarrarse a algo cuando comenzó a sentirse mal.

Lo que sí puedo decirte es que no debemos aceptar sin más la apariencia de una muerte tranquila.

El vaso de oporto estaba intacto, según los testimonios, pero eso no demuestra que no bebiera antes de que lo encontraran.

Podría haber utilizado otra copa o haber tomado una pequeña cantidad de alguna sustancia sin beber el contenido que quedó sobre el escritorio.

No he encontrado pruebas suficientes para identificar un veneno, y no voy a inventar una conclusión médica para satisfacer nuestras sospechas.

La precisión de Arthur tranquilizó a Eleanor más de lo que habría hecho una certeza apresurada.

En los últimos días, todos parecían dispuestos a convertir cualquier detalle en una prueba definitiva, como si el miedo a permanecer en la incertidumbre fuera más fuerte que la necesidad de averiguar lo sucedido.

Ella había cometido ese error en alguna ocasión, atribuyendo un significado excesivo a una mirada o a una frase pronunciada a medias.

El asesinato, sin embargo, exigía separar las coincidencias de los hechos verificables.

El oporto intacto podía ser una puesta en escena; la marca de la muñeca, una señal de resistencia; el reloj detenido, una manipulación destinada a alterar la hora de la muerte.

Ninguno de aquellos indicios bastaba por sí solo, pero juntos podían ayudar a reconstruir una secuencia.

—Hay otra cosa —añadió Arthur—. Cuando revisé el despacho, observé que el reloj no se había detenido por falta de cuerda.

El mecanismo parecía haber sido manipulado.

No sé quién lo hizo ni cuándo, pero alguien pudo alterar las agujas para establecer una hora falsa.

Si eso es cierto, los testimonios sobre los movimientos de los invitados durante la noche de Nochebuena adquieren una importancia mayor.

No basta con saber quién tuvo una discusión con sir Reginald; necesitamos saber quién podía entrar en su despacho sin despertar sospechas y quién tenía una razón para que creyéramos que había muerto antes o después de lo que realmente ocurrió.

Eleanor volvió a mirar la fotografía. El hombre que aparecía junto a Eleanor Whitmore llevaba un anillo oscuro, de forma ovalada, en la mano derecha.

Arthur lo había reconocido días antes como semejante al que Edmund Vale lucía habitualmente, pero aquella semejanza seguía siendo insuficiente para atribuirle un papel concreto en los sucesos de 1857.

Un anillo podía transmitirse de padres a hijos, regalarse o imitarse; incluso podía tratarse de una joya corriente entre los hombres acomodados de la época.

Lo significativo era que la fotografía demostraba que aquel hombre había tenido acceso al círculo íntimo de Eleanor Whitmore, y que alguien había considerado importante conservar su imagen a pesar de los esfuerzos por borrar el resto de su historia.

—Necesito hablar otra vez con Margaret —dijo Eleanor—. Su madre conocía las notas del cuaderno y, por lo que sabemos, había intentado averiguar qué ocurrió con la caja. Si dejó una última anotación antes de morir, podría encontrarse entre las páginas que todavía no hemos examinado.

Arthur aceptó acompañarla, y ambos se dirigieron al salón pequeño, donde Margaret Ashford había pasado buena parte de la tarde ayudando a la cocinera a revisar los suministros de la casa.

La encontraron junto a una ventana, con un libro cerrado sobre el regazo y la mirada perdida en el jardín cubierto de nieve.

Vestía un traje de lana color ciruela, con el cuello adornado por un broche de hojas de plata que parecía demasiado antiguo para ser una simple joya decorativa.

Al verlos entrar, dejó el libro sobre una mesa y se incorporó.

Eleanor percibió en su rostro la fatiga de alguien que llevaba varios días intentando mantener la compostura mientras descubría que los recuerdos de su familia podían estar construidos sobre una mentira.

—Necesitamos revisar el cuaderno de tu madre —explicó Eleanor—. No solo las anotaciones botánicas, sino cualquier fecha, símbolo o frase que pueda relacionarse con la caja y con los documentos de Eleanor Whitmore. También quisiera saber si conservas alguna carta suya que todavía no hayamos visto.

Margaret asintió y fue a buscar el cuaderno a su habitación.

Regresó con él envuelto en una tela de lino, junto con un pequeño paquete de cartas atadas con una cinta verde.

Se sentó frente a Eleanor y empezó a separar los papeles con cuidado, deteniéndose de vez en cuando para explicar la letra de su madre o recordar dónde había encontrado una determinada hoja.

Había cartas de una tía que vivía en York, recibos de semillas, notas sobre la conservación de plantas delicadas y dos páginas arrancadas de un libro de botánica francés.

Ninguno de aquellos documentos parecía relacionado con el asesinato hasta que Margaret abrió una carta fechada en marzo de 1881, escrita por su madre después de una visita a Whitmore Manor.

La carta era breve y estaba dirigida a una mujer cuyo nombre había sido borrado con una línea de tinta.

En el centro de la página aparecía una frase que Eleanor leyó dos veces: He encontrado la referencia a la disposición de Eleanor, pero no el documento que debía acompañarla.

El señor de la casa asegura que nunca existió, aunque alguien ha conservado la copia durante todos estos años .

No volveré a preguntar por el libro hasta saber quién tiene miedo de que aparezca .

Al pie, junto a la firma de la madre de Margaret, había una estrella de cinco puntas y un número escrito con tinta azul: siete.

—¿Sabías que tu madre había escrito esto? —preguntó Eleanor.

Margaret negó lentamente con la cabeza. —Nunca había visto esa carta.

Debió de guardarla entre las páginas del cuaderno o dentro de la cubierta.

Mi madre no hablaba mucho de la familia Whitmore, aunque recuerdo que, durante los últimos años de su vida, recibía cartas que la inquietaban.

Una vez le pregunté si estaba enferma y me dijo que no era su salud lo que le preocupaba, sino la posibilidad de que alguien muriera sin haber conocido la verdad sobre su propia familia.

Pensé que se refería a algún asunto de herencias, algo desagradable pero corriente entre personas que tenían propiedades.

Nunca imaginé que hubiera ocurrido un asesinato.

—¿Tu madre visitó el invernadero? —preguntó Arthur.

—Sí, varias veces. Le interesaban las plantas de invierno y conocía algunas especies que ya no se cultivan habitualmente.

Una vez regresó con barro en el vestido y una mancha azul en los dedos.

Me dijo que había encontrado una inscripción detrás de un armario, pero cuando le pregunté qué decía, respondió que todavía no estaba segura de haberla interpretado correctamente.

Después me pidió que no fuera al invernadero sin ella.

No recuerdo que volviera a hablar del asunto.

Eleanor examinó la estrella y el número siete.

Recordó la fotografía en la que Eleanor Whitmore sostenía un libro con un siete escrito a mano, así como la frase del cuaderno que indicaba que la estrella conservaba lo que la memoria perdía.

Hasta entonces había supuesto que el número podía señalar una página, una fecha o el lugar de un documento dentro de una colección.

Ahora empezó a considerar otra posibilidad: quizá el siete identificaba una pieza concreta de un conjunto de objetos, y la estrella indicaba que aquella pieza debía buscarse en un lugar relacionado con Eleanor Whitmore.

La cinta azul, el cuaderno botánico, la fotografía y la caja podían ser elementos de un archivo disperso deliberadamente para impedir que una sola persona pudiera destruirlo o apropiarse de él.