El secreto de Whitmore Manor Capítulo 17 — Treinta años de silencio #3
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Capítulo 17 — Treinta años de silencio #3

—Esto no demuestra que el libro contuviera un testamento —dijo Arthur—, pero sí que existía una obligación formal relacionada con los documentos de Eleanor Whitmore.

Si alguien los retiró sin autorización, pudo haber cometido una irregularidad legal, quizá incluso alterar el reparto de una propiedad.

Sir Reginald pudo haber descubierto que la situación seguía teniendo consecuencias y estar intentando corregirla.

Eleanor examinó la escritura con cuidado.

El lenguaje era formal y ambiguo, pero una frase resultaba particularmente clara: La entrega quedará suspendida hasta que se restituya el original y se reconozca la identidad de su legítima autora.

La palabra original aparecía subrayada con una línea azul, y al margen alguien había escrito una nota posterior: No consta restitución.

Si el documento se refería al libro desaparecido, significaba que la obligación nunca había sido cumplida.

Si se refería a otra cosa, al menos demostraba que la historia de Eleanor Whitmore había dejado una consecuencia legal pendiente, una que la familia había preferido no resolver.

—¿Quién hizo esta copia? —preguntó Eleanor.

Arthur señaló una anotación en la esquina inferior.

—No hay firma completa, pero las iniciales parecen corresponder a un antiguo administrador de la finca.

El documento original debería estar en los archivos de Edmund Vale, aunque él no lo ha mencionado.

Le he preguntado por el testamento de 1857 y me ha dicho que no ha encontrado ninguno.

Sin embargo, esta escritura hace referencia a una disposición que debía acompañarlo.

No sabemos si se perdió, si fue destruida o si alguien la retiró deliberadamente.

Eleanor volvió a leer la frase sobre la identidad de la autora.

Hasta entonces había supuesto que el libro desaparecido podía contener una relación de los hechos, quizá unas memorias de Eleanor Whitmore o una colección de cartas.

Ahora empezaba a considerar que el volumen podía tener un valor legal además de personal.

Si la mujer había escrito un documento que demostraba su derecho a una propiedad, o que invalidaba una decisión tomada por otros miembros de la familia, su desaparición podía haber permitido que la herencia siguiera un curso distinto.

La muerte de sir Reginald podía estar relacionada con su intención de devolver aquel derecho, y el mensaje dirigido a Charles sobre las deudas de sus padres adquiría un sentido más amplio: quizá no se trataba de que los hijos heredaran las deudas económicas, sino de que una generación había recibido una fortuna que nunca debió pertenecerle en las condiciones en que la obtuvo.

—Tenemos que encontrar el original —dijo Eleanor—.

No basta con demostrar que existía una obligación.

Necesitamos saber qué escribió Eleanor Whitmore, quién retiró sus documentos y qué hizo la familia después de su desaparición.

Si sir Reginald pretendía corregir una injusticia, alguien tenía un motivo para impedirlo.

Pero también es posible que quisiera utilizar aquella historia para protegerse de otra cosa.

No debemos dar por hecho que su intención era desinteresada.

Arthur asintió. —Y tampoco debemos olvidar que el asesinato pudo producirse por un motivo más inmediato.

El libro y la escritura pueden explicar el conflicto, pero todavía tenemos que determinar cómo murió sir Reginald, quién estuvo en su despacho y por qué el reloj se detuvo a una hora que no coincide con los testimonios.

Eleanor cerró la carpeta y miró hacia la galería de retratos, visible desde la puerta de la biblioteca.

El rostro de Eleanor Whitmore parecía observar el corredor desde su marco oscuro, con el libro cerrado sobre las rodillas y la cinta azul asomando bajo la cubierta.

Durante treinta años, aquella imagen había permanecido en la casa mientras su historia se transmitía a través de advertencias, cuadernos incompletos y promesas de silencio.

Ahora, por primera vez, las pruebas empezaban a formar un relato coherente: una mujer había escrito algo que podía modificar los derechos de la familia, alguien había hecho desaparecer el original, y quienes conocían el secreto habían pasado décadas evitando que su nombre volviera a pronunciarse.

La verdad aún no estaba completa, pero Eleanor comprendió que el silencio de Whitmore Manor no había sido una simple ausencia de palabras.

Había sido una decisión repetida por distintas personas, en distintos momentos, hasta convertir una injusticia en una costumbre.

Sir Reginald había intentado romper aquella costumbre y había muerto antes de conseguirlo.

Si el responsable del asesinato seguía dentro de la casa, debía de saber que el tiempo de las medias verdades se estaba agotando.

Y si el libro permanecía escondido en algún lugar del invernadero o del ala norte, quizá todavía contenía la única prueba capaz de revelar quién había ordenado borrar a Eleanor Whitmore de la historia de su propia familia.