Capítulo 17 — Treinta años de silencio #2
Thomas palideció ligeramente. —Sí. Mi abuelo guardaba una cinta de ese color dentro de una caja de herramientas.
Decía que no debía tirarla porque pertenecía a la señora Eleanor.
Cuando murió, busqué la caja, pero la cinta ya no estaba.
Pensé que se habría perdido durante alguna mudanza. No sabía que hubiera otras.
La respuesta hizo que Eleanor se preguntara si el jardinero había heredado algo más que una advertencia.
Quizá su abuelo había sido el encargado de ocultar el libro o de proteger a la mujer que lo escribió; quizá la cinta identificaba una colección de documentos que debían permanecer juntos.
En cualquier caso, el símbolo de la estrella parecía funcionar como una señal de pertenencia, una forma de reconocer los objetos vinculados a Eleanor Whitmore sin necesidad de escribir su nombre.
La mujer había dejado rastros que sobrevivieron a la destrucción de los archivos oficiales, y quienes conocían su historia habían transmitido algunas de aquellas señales a través de las generaciones.
Cuando Eleanor salió del invernadero, vio a Agnes Pritchard al otro lado del jardín, junto al camino que conducía a las dependencias de servicio.
La ama de llaves se detuvo al advertir su presencia y pareció sorprendida de encontrarla cerca de la puerta lateral.
Llevaba una cesta vacía y un manojo de llaves sujeto al cinturón.
Eleanor la saludó y le preguntó si sabía que sir Reginald había estado investigando la pared del invernadero a principios de diciembre.
Agnes no respondió de inmediato. Miró hacia las ventanas empañadas, después hacia Thomas, que permanecía junto a la puerta, y finalmente se acercó con una expresión grave.
—El señor me pidió que no hablara de algunas cosas que estaba buscando —dijo—.
No me explicó qué había encontrado, pero me preguntó si todavía conservaba las llaves antiguas del ala norte.
Quería saber si una de ellas podía abrir la caja de madera que había pertenecido a su madre.
Le dije que sí, aunque no sabía dónde estaba la caja en aquel momento.
Después me pidió que buscara en los armarios de la habitación antigua y que no avisara a nadie si encontraba algo.
—¿Encontró la caja?
—No. Encontré un envoltorio de tela azul, vacío, y una hoja doblada que parecía haber sido arrancada de un cuaderno.
La hoja tenía una estrella dibujada en una esquina.
Sir Reginald se la llevó y me ordenó que no mencionara el hallazgo.
Dos días después me preguntó si alguien había entrado en la habitación donde se guardaban los muebles antiguos.
Le dije que no lo sabía. No volví a ver la hoja ni el envoltorio.
Eleanor recordó la hoja desaparecida del cuaderno de Margaret y el fragmento de cinta encontrado en el invernadero.
Si la descripción de Agnes era correcta, el documento había pasado por las dependencias antiguas antes de que sir Reginald lo recuperara, y después alguien había vuelto a buscarlo.
La secuencia sugería que el señor de la casa había reunido varias piezas del secreto poco antes de morir, pero no había conseguido localizar el libro o completar la investigación.
La caja, el envoltorio y la hoja podían formar parte de un mismo conjunto, aunque todavía faltaba determinar qué contenían y por qué su conservación había sido tan importante.
—¿Por qué no me lo dijo antes? —preguntó Eleanor.
Agnes apretó el asa de la cesta. —Porque sir Reginald me pidió silencio y porque durante años aprendí que obedecer era la forma más segura de conservar mi puesto.
No estoy orgullosa de ello. Pero cuando murió, comprendí que ya no podía seguir fingiendo que aquellas cosas no existían.
Si le cuento todo lo que sé, quizá descubra que he contribuido a ocultar una injusticia.
Si no se lo cuento, temo que alguien vuelva a morir antes de que la verdad salga a la luz.
Eleanor no la juzgó. La mujer llevaba décadas trabajando en una casa donde la obediencia había sido una forma de supervivencia, y romper una promesa podía significar reconocer que una parte de su vida había transcurrido bajo una autoridad que nunca había cuestionado.
Sin embargo, su confesión abría una posibilidad inquietante: sir Reginald había recuperado una hoja relacionada con el secreto y la había guardado en algún lugar de la casa.
Si alguien conocía ese hecho, podía haberlo presionado para que entregara el documento o haberlo asesinado cuando se negó a hacerlo.
—¿Quién sabía que el señor había encontrado la hoja? —preguntó Eleanor.
—Yo, él y quizá la persona que lo vio salir de la habitación.
No puedo decirle más. Pero recuerdo que, la noche de Nochebuena, escuché una discusión en el corredor próximo a la biblioteca.
No distinguí todas las palabras, aunque una de las voces era la de sir Reginald y la otra pertenecía a un hombre.
El señor dijo: «No puede seguir perteneciendo a quien lo robó».
El otro respondió algo que no conseguí entender.
Después oí una puerta cerrarse y pasos que se alejaban hacia el ala norte.
Eleanor sintió que la frase tenía una importancia especial.
Podía referirse al libro, a la caja o a un documento legal, pero en todos los casos implicaba una disputa por la posesión de algo que, según sir Reginald, había sido obtenido de manera ilegítima.
El hombre que discutió con él no tenía por qué ser Edmund Vale, aunque la referencia a los documentos legales hacía que el abogado siguiera siendo una figura relevante.
También podía tratarse de Charles, que había discutido con su padre aquella misma noche, o de alguien cuya presencia en la casa todavía no había identificado.
Eleanor decidió no mencionar sus sospechas; antes necesitaba comprobar si las palabras de Agnes podían situarse en una hora concreta y si alguien más había escuchado la discusión.
Al regresar al interior de Whitmore Manor, encontró a Arthur junto a la biblioteca, revisando una carpeta de papeles que Edmund le había permitido consultar.
Eleanor le explicó lo ocurrido en el invernadero, la marca de la estrella, el fragmento de cinta y el testimonio de Agnes.
Arthur escuchó con atención y le mostró una hoja que acababa de encontrar entre los documentos de la finca.
Era una copia parcial de una escritura fechada en diciembre de 1857, cuyo texto mencionaba una propiedad rural y una obligación de devolver determinados documentos a una mujer de la familia.
El nombre de esa mujer había sido tachado en la copia, aunque aún se distinguían las letras iniciales: E. W.