Capítulo 17 — Treinta años de silencio
La mañana avanzaba lentamente cuando Eleanor encontró a Thomas Reed en el cobertizo de herramientas, detrás del invernadero, donde el jardinero se afanaba en limpiar la nieve acumulada junto a la puerta.
Era un hombre de unos cincuenta años, de hombros anchos y manos endurecidas por décadas de trabajo al aire libre, con el rostro curtido por el viento y una barba gris que le cubría las mejillas.
Llevaba un abrigo de paño marrón, unas botas altas manchadas de barro y una gorra de lana que se quitó al verla acercarse.
A sus espaldas se alineaban palas, rastrillos, tijeras de podar y varias macetas vacías, mientras el aire olía a tierra húmeda, carbón y hojas descompuestas.
Thomas parecía ocupado, pero Eleanor advirtió que había dejado de trabajar mucho antes de que ella llegara y que sostenía la pala con una rigidez impropia de alguien concentrado en una tarea rutinaria.
Cuando sus miradas se encontraron, el jardinero bajó los ojos hacia la nieve que cubría el umbral.
—Señor Reed, quería hacerle unas preguntas sobre el invernadero —dijo Eleanor—. No le robaré mucho tiempo.
—Si son preguntas sobre las plantas, quizá pueda ayudarla. Si se trata de lo demás, tendrá que disculparme. No soy hombre de grandes conversaciones, señorita.
—No espero que lo sea. Solo necesito saber si ha entrado alguien en el invernadero durante las últimas noches y si ha observado algún movimiento extraño en los terrenos de la finca.
Thomas apoyó la pala contra la pared. Durante unos instantes pareció valorar la posibilidad de responder con una negativa, pero terminó mirando hacia el edificio acristalado, cuyas ventanas estaban empañadas por la diferencia de temperatura entre el interior y el exterior.
—He entrado yo, naturalmente. Hay que comprobar que las tuberías no se congelen y que las plantas más delicadas no se echen a perder.
También he visto huellas junto a la puerta lateral, aunque con esta nieve resulta difícil distinguir quién las ha dejado.
No he preguntado a nadie porque supuse que algún criado habría ido a buscar carbón o habría llevado algo para la cocina.
Eleanor recordó la cesta de manzanas anotada en el cuaderno de la cocinera. —¿Quién pidió que se llevara una cesta al invernadero la víspera de Navidad?
Thomas frunció el ceño. —Yo pedí algunas manzanas, sí.
Hay pájaros que se refugian allí cuando el tiempo empeora, y a veces les dejo fruta para que no pasen hambre.
Pero no fui a recoger la cesta aquella noche.
Cuando regresé al día siguiente, ya no estaba.
Pensé que alguien la habría retirado para evitar que se pudriera la fruta, aunque no encontré restos ni cáscaras.
No le di importancia hasta que supe que sir Reginald había muerto.
—¿Había alguien más en el invernadero cuando usted estuvo allí?
El jardinero negó con la cabeza, aunque su respuesta llegó después de una pausa que Eleanor no pasó por alto.
Le preguntó si conocía la historia de Eleanor Whitmore, la mujer que había vivido en la casa durante la primera mitad del siglo y que, según las anotaciones familiares, había dedicado buena parte de su vida al estudio de las plantas.
Thomas levantó lentamente la cabeza. La sorpresa que apareció en su rostro fue breve, pero no parecía fingida.
Se quitó la gorra, la sostuvo entre las manos y miró hacia el camino que conducía a la casa principal.
—Mi abuelo trabajó aquí antes que yo —dijo finalmente—.
Era mozo cuando ocurrió aquello. Nunca me contó la historia entera, pero sí me advirtió que no debía tocar ciertos armarios del invernadero ni retirar nada que encontrara detrás de las tablas de la pared.
Cuando era niño, creía que se trataba de una de esas supersticiones que los mayores inventan para mantener a los pequeños lejos de sus herramientas.
Después, cuando empecé a trabajar aquí, comprendí que no hablaba de herramientas.
Eleanor sintió que la conversación había alcanzado por fin el punto al que pretendía llegar. —¿Qué había detrás de las tablas?
—No lo sé. Nunca abrí aquel espacio. Mi abuelo decía que una persona había escondido allí algo que no debía caer en manos equivocadas, y que la orden de mantenerlo cerrado había pasado de un jardinero al siguiente.
Cuando murió, yo ya trabajaba en la finca y me pidió que no olvidara sus palabras.
Durante años no pensé en ello. El invernadero se reformó dos veces, cambiaron los cristales y se sustituyeron algunas vigas, pero aquella pared quedó intacta.
Nadie me pidió que la abriera hasta hace unas semanas.
Eleanor lo observó con atención. —¿Quién se lo pidió?
Thomas volvió a ponerse la gorra, aunque no parecía haber recuperado la tranquilidad.
—Sir Reginald. Vino una tarde, cuando yo estaba reparando una mesa de cultivo, y me preguntó si conocía algún hueco detrás de las paredes antiguas.
Le expliqué lo que me había contado mi abuelo.
Me pidió que le enseñara el lugar, pero cuando llegamos al invernadero no quiso que tocara nada.
Se quedó mirando la pared durante varios minutos y después me ordenó que no hablara de aquella conversación con nadie.
Dijo que él mismo se ocuparía del asunto.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—A principios de diciembre. No recuerdo el día exacto, pero fue antes de que llegaran los primeros invitados.
Sir Reginald volvió otra tarde y pasó casi una hora dentro del invernadero.
Cuando salió, llevaba las manos vacías y parecía muy enfadado.
Me preguntó si alguien había entrado allí durante su ausencia.
Le dije que no lo sabía. Desde entonces, no volvió a mencionarlo.
La información encajaba con la búsqueda del libro y las cartas, pero todavía no demostraba que el objeto escondido en el invernadero fuera el mismo que sir Reginald había intentado recuperar.
Eleanor pidió a Thomas que la acompañara hasta la pared de la que había hablado.
El jardinero dudó antes de aceptar, como si cada paso hacia aquel lugar supusiera quebrantar una promesa que había respetado durante años.
Finalmente dejó la pala, tomó una lámpara del cobertizo y abrió la puerta lateral del edificio acristalado.
El invernadero conservaba un calor débil, insuficiente para contrarrestar el frío que se filtraba por los marcos de hierro.
El aire estaba cargado de humedad y del olor terroso de las macetas, las hojas marchitas y la madera mojada.
Varias plantas de hojas gruesas permanecían agrupadas cerca de la estufa, mientras los rosales de invierno mostraban tallos desnudos y pequeñas espinas cubiertas por gotas de condensación.
A lo largo de la pared norte se alineaban las mesas de cultivo y unos armarios bajos con puertas de cristal, algunos de ellos vacíos.
Eleanor reconoció la mesa que aparecía en la fotografía antigua, aunque la estructura había sido reforzada y las superficies sustituidas.
Era posible que la mujer del retrato hubiera trabajado allí, examinando las hojas y preparando sus anotaciones, en una época en que el estudio de la botánica constituía para ella algo más que una afición doméstica.
Thomas la condujo hasta una sección de pared situada detrás de un armario de macetas.
Las tablas parecían iguales a las demás, pero una de ellas presentaba una separación demasiado regular y unos clavos de cabeza distinta a los utilizados en las reparaciones más recientes.
Eleanor se agachó para observar el borde inferior y descubrió una pequeña marca en la madera: una estrella de cinco puntas, trazada con una herramienta fina.
Junto a ella aparecían las iniciales E. W.
, casi borradas por la humedad. La marca coincidía con las que había visto en el cuaderno de Margaret y en las notas relacionadas con el libro desaparecido.
—Mi abuelo decía que no debíamos mover esta tabla —murmuró Thomas—. Nunca explicó por qué. Cuando sir Reginald me preguntó por el hueco, le enseñé la marca, pero él ya parecía conocerla. Me pidió que lo dejara solo y salió al cabo de un rato sin decirme qué había encontrado.
Eleanor examinó los clavos y observó que uno de ellos estaba ligeramente levantado.
La tabla podía haberse movido recientemente, pero también era posible que la madera se hubiera deformado por la humedad.
No quiso retirarla sin saber si detrás existía un mecanismo que pudiera dañar los objetos escondidos.
Arthur había insistido en conservar cualquier posible prueba, y la experiencia de los últimos días le había enseñado que las prisas podían destruir precisamente aquello que intentaba recuperar.
Pidió a Thomas que mantuviera el lugar intacto mientras ella buscaba a Arthur y le explicaba lo que habían encontrado.
Antes de salir, sin embargo, descubrió algo más.
En el suelo, junto a una maceta volcada, había un pequeño fragmento de cinta azul, atrapado entre dos ladrillos.
El tejido estaba sucio y deshilachado, pero conservaba una diminuta estrella bordada cerca del extremo.
Eleanor lo recogió con cuidado utilizando un pañuelo limpio y lo guardó en una funda de papel.
Era semejante a la cinta que aparecía en el retrato de Eleanor Whitmore y a la fibra que había encontrado en la habitación oculta.
No podía saber si procedía del mismo objeto, pero la coincidencia sugería que el invernadero había estado relacionado con el traslado de algún documento o paquete.
—¿Ha visto algo parecido antes? —preguntó, mostrándole la funda sin sacar el fragmento.