El secreto de Whitmore Manor Capítulo 16 — El testimonio de la cocinera #3
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Capítulo 16 — El testimonio de la cocinera #3

La mujer volvió a su trabajo sin contestar inmediatamente.

Cuando habló, su voz había perdido la firmeza con la que había dirigido la cocina.

—No conozco todos los nombres, pero sí recuerdo a mi madre hablando de la Navidad de 1857.

Ella trabajaba aquí cuando todavía vivían algunos de los antiguos criados.

Decía que una noche alguien ordenó retirar varios libros de la biblioteca y que, al día siguiente, se pidió al personal que no mencionara a una mujer que había vivido en la casa.

No dijo que hubiera muerto, ni que se hubiera marchado por voluntad propia.

Solo explicó que, desde entonces, su nombre dejó de aparecer en las conversaciones.

Mi madre nunca quiso contarme más. Aseguraba que había prometido guardar silencio y que una promesa hecha por miedo seguía siendo una promesa, aunque no fuera justa.

La confesión fue breve, pero Eleanor percibió en ella un peso que la cocinera había soportado durante mucho tiempo.

No le pidió que rompiera la promesa de su madre ni que revelara nombres que quizá no conocía.

Bastaba con saber que la desaparición de Eleanor Whitmore había sido acompañada por una orden explícita de silencio y por la retirada de libros de la biblioteca.

La historia no se había perdido de forma accidental: alguien había decidido qué podía conservarse y qué debía desaparecer, y el personal había aprendido a cumplir aquella decisión incluso después de que sus autores hubieran muerto.

—¿Su madre mencionó el invernadero? —preguntó Eleanor.

La señora Pritchard dejó de cortar las cebollas.

Por primera vez desde que había comenzado la conversación, pareció realmente alarmada.

Miró hacia la puerta de la cocina, comprobó que nadie se encontraba en el corredor y respondió en voz baja.

—Sí. Dijo que la mujer pasaba muchas horas allí, incluso durante el invierno, porque había instalado un pequeño espacio de trabajo junto a las ventanas.

También decía que, la noche en que todo cambió, alguien entró en el invernadero y salió de allí con un paquete envuelto en tela oscura.

Mi madre nunca supo qué contenía. Lo único que recordaba era que al día siguiente la habitación estaba cerrada y que nadie volvió a hablar de las plantas que Eleanor Whitmore cultivaba.

Eleanor sintió que las distintas pistas empezaban a converger.

El hombre que había visto en el jardín podía ser el jardinero actual, pero la referencia al paquete envuelto en tela oscura coincidía con la figura que había observado desde su habitación durante la noche.

El testimonio de la cocinera no demostraba que el episodio antiguo estuviera relacionado con los movimientos recientes, pero sugería que el invernadero había servido para ocultar o trasladar objetos durante la Navidad de 1857.

Quizá allí había comenzado la desaparición del libro; quizá alguien había intentado protegerlo; quizá el paquete contenía un documento que permitía demostrar quién tenía derecho a la propiedad de la finca.

La respuesta seguía escondida, aunque el lugar donde debía buscarla resultaba cada vez más evidente.

Cuando Eleanor salió de la cocina, llevaba consigo una nueva certeza y varias preguntas que no podía resolver todavía.

La nota que prohibía el acceso al ala norte, la sombra junto al despacho, la llave de Lady Beatrice y el recuerdo de un paquete retirado del invernadero componían una secuencia de movimientos que debía reconstruir con precisión.

Antes de regresar al salón, decidió buscar a Thomas Reed.

Si el jardinero había estado en el exterior durante la noche o había entrado en el invernadero después de la muerte de sir Reginald, su testimonio podía aclarar quién se había desplazado por los terrenos de la finca.

Y si conocía alguna historia transmitida por quienes habían trabajado allí antes que él, quizá pudiera aportar el último detalle que faltaba para comprender por qué una mujer había sido borrada de la memoria de los Whitmore.

Al pasar junto a la galería, Eleanor se detuvo una vez más ante el retrato.

La luz del día permitía distinguir con claridad el broche en forma de hoja y la cinta azul que sobresalía del libro sostenido por Eleanor Whitmore.

Ya no veía en aquella mujer una figura remota, encerrada en una pintura y en unas notas botánicas, sino a alguien que había intentado conservar una verdad cuando los demás preferían destruirla.

La frase grabada en el marco parecía adquirir ahora un sentido más preciso: A Eleanor, que supo guardar lo que otros quisieron destruir.

Si la mujer había protegido un libro, una carta o un testimonio, alguien había tenido que continuar esa tarea después de su desaparición.

Quizá el objeto que sir Reginald buscaba era precisamente aquello que había sobrevivido a la orden de silencio, y quizá su muerte había sido el último intento de impedir que el secreto saliera de Whitmore Manor.

Eleanor siguió caminando hacia el vestíbulo, donde el frío de la entrada se mezclaba con el olor de la leña y de los abrigos húmedos.

Afuera, la nieve comenzaba a ceder en los bordes del camino, aunque el puente seguía cubierto y nadie podía asegurar cuándo llegaría la policía.

El tiempo que les quedaba antes de que los investigadores oficiales tomaran el control de la casa era incierto, y quien había retirado la caja del ala norte podía aprovecharlo para hacer desaparecer cualquier otra prueba.

Eleanor comprendió que ya no bastaba con observar a los invitados y comparar sus versiones: tenía que descubrir qué había sucedido en el invernadero, quién había llevado el paquete y por qué el testimonio de una mujer muerta hacía treinta años seguía provocando tanto miedo entre los vivos.