Capítulo 16 — El testimonio de la cocinera #2
Las anotaciones eran ordenadas, con una letra firme y legible.
El veintitrés de diciembre figuraba una entrega extraordinaria de velas, solicitada por el ama de llaves; el veinticuatro, una botella de oporto destinada al despacho de sir Reginald y una pequeña cesta de manzanas que debía dejarse en el invernadero.
Eleanor señaló esta última anotación. La cocinera explicó que Thomas Reed había pedido la cesta para alimentar a los pájaros que se refugiaban allí durante el invierno, aunque no recordaba que aquella solicitud se repitiera otros años.
Más abajo, junto a la fecha del veinticinco, había una nota añadida con tinta diferente: No enviar personal al ala norte hasta nueva orden .
La frase no estaba firmada, y la cocinera no sabía quién la había escrito.
Recordaba haberla encontrado aquella misma mañana, cuando abrió el cuaderno para registrar el desayuno, pero no podía precisar si había aparecido antes o después de que se descubriera el cuerpo de sir Reginald.
Eleanor pidió permiso para examinar la página con mayor detenimiento.
La nota tenía una inclinación distinta a la del resto de las anotaciones y la tinta parecía más oscura, aunque no necesariamente reciente.
No era una orden habitual de cocina, sino una instrucción destinada a restringir el acceso a una parte concreta de la casa.
Si había sido escrita por alguien del personal, podía obedecer a la necesidad de conservar intacta la escena del crimen; si había aparecido antes de que se encontrara el cadáver, podía indicar que alguien sabía que el ala norte iba a convertirse en un lugar importante.
Eleanor no quiso sugerir ninguna de esas posibilidades a la cocinera, que parecía sinceramente desconcertada por la existencia de aquella línea.
—¿Quién tiene permiso para escribir en este cuaderno? —preguntó.
—Yo, principalmente. Agnes también puede hacerlo si necesita dejar una instrucción para el servicio.
En ocasiones, sir Reginald anotaba alguna petición, aunque prefería utilizar sus propios papeles.
Ninguno de los demás invitados debería haberlo tocado.
Pero el cuaderno permanece aquí, sobre la mesa, y la cocina no está cerrada con llave.
Cualquier persona que entre puede acercarse a él.
La respuesta no permitía identificar al autor, pero confirmaba que la nota podía haber sido añadida por alguien que conocía las rutinas de la casa.
Eleanor observó la pequeña cesta de manzanas mencionada en el registro y recordó la luz que había visto moverse detrás de los cristales del invernadero.
No podía establecer una relación directa entre ambas cosas, aunque la presencia de una entrega extraordinaria de alimentos, un hombre que se desplazaba por el jardín y una nota que prohibía el acceso al ala norte reforzaban su sospecha de que el personal de la casa sabía más de lo que había contado hasta entonces.
Quizá no por complicidad, sino porque había aprendido a obedecer instrucciones sin preguntar por su propósito.
Cuando salió de la cocina, encontró a Mary Collins junto a la despensa, con una pila de manteles entre los brazos.
La muchacha apenas levantó la mirada y pareció encogerse cuando Eleanor se acercó.
Tenía unos veinte años, el cabello castaño recogido en un moño sencillo y las manos enrojecidas por el agua caliente.
Su delantal estaba impecable, pero había una pequeña mancha de cera cerca del bolsillo derecho.
Eleanor la invitó a sentarse en un taburete y le explicó que no pretendía acusarla de nada, sino reconstruir los últimos movimientos de sir Reginald antes de que lo encontraran muerto.
Mary apretó los manteles contra el pecho y asintió sin hablar.
—Usted dejó una botella de oporto y una copa en el despacho la noche de Nochebuena, ¿verdad? —preguntó Eleanor.
—Sí, señorita. Fue antes de la cena. Sir Reginald me llamó cuando yo estaba terminando de preparar el comedor y me pidió que llevara la botella de la bodega pequeña.
Me dijo que no quería que nadie entrara después, porque tenía que revisar unos documentos.
Cuando llegué, estaba junto a la mesa, escribiendo algo.
Había una caja cerca de la lámpara y un papel doblado debajo de su mano.
Dejé la botella, coloqué la copa a su derecha y salí. No toqué nada más.
—¿La puerta estaba abierta cuando entró?
—Sí, señorita. La puerta estaba entornada.
Sir Reginald me vio llegar y me hizo una seña para que pasara.
No recuerdo que estuviera cerrada con llave.
Cuando salí, escuché que se levantaba de la silla, pero no me volví.
Tenía que regresar a la cocina antes de que la señora Pritchard se enfadara por mi tardanza.
Eleanor le preguntó si había vuelto a acercarse al despacho después de la cena.
Mary negó con la cabeza, pero luego vaciló y admitió que había pasado por el corredor para llevar una bandeja de café a la biblioteca, donde Edmund Vale se encontraba trabajando.
No había entrado en el despacho de sir Reginald, aunque había visto una sombra al otro lado de la puerta, como si alguien estuviera de pie cerca de la ventana.
No podía asegurar que fuera una persona, porque la luz del corredor era débil y el cristal reflejaba las llamas de los candiles.
Cuando regresó a la cocina, el reloj del vestíbulo acababa de dar las once.
—¿Reconoció a la persona que estaba en la sombra? —preguntó Eleanor.
—No, señorita. Solo vi que llevaba algo oscuro en la mano, quizá un libro o una carpeta.
No puedo decirlo con seguridad. Me pareció que la figura se movía hacia la mesa, pero quizá fue un reflejo.
No quise mirar más. En esta casa, cuando los señores están ocupados, lo mejor es no detenerse en el corredor para averiguar qué hacen.
Eleanor no insistió en la descripción. Mary parecía avergonzada de no poder aportar más, y su temor no tenía el aspecto de quien oculta deliberadamente un crimen, sino de quien ha comprendido que una observación insignificante puede adquirir consecuencias peligrosas cuando alguien ha muerto.
La joven añadió que, durante la mañana siguiente, Agnes le había pedido que no entrara en el ala norte ni recogiera nada de los corredores hasta que recibiera nuevas instrucciones.
La orden le había parecido extraña, pero después de encontrar a sir Reginald muerto, había supuesto que todos debían mantenerse alejados de las habitaciones donde la policía tendría que trabajar.
—¿Quién le dio esa instrucción a Agnes? —preguntó Eleanor.
—No lo sé. Cuando se lo pregunté, me dijo que eran órdenes de la casa. No mencionó ningún nombre.
Mary se levantó para regresar a sus tareas, pero antes de marcharse recordó un detalle más.
Durante la tarde de Nochebuena había visto a la señora Whitmore salir de la galería de retratos con una pequeña llave en la mano.
La llave era antigua, de hierro oscuro, y Lady Beatrice la había guardado rápidamente en el bolsillo al advertir que la muchacha se encontraba cerca.
Mary no sabía qué puerta abría, aunque le pareció que la señora estaba preocupada.
Eleanor recordó la llave que Agnes llevaba en su llavero y la cerradura oculta del ala norte.
No podía asegurar que fueran la misma, pero la coincidencia reforzaba la necesidad de averiguar quién tenía acceso a aquellas dependencias.
Después de hablar con Mary, Eleanor regresó a la cocina y encontró a la señora Pritchard guardando el cuaderno de anotaciones en un cajón.
La cocinera la miró con una mezcla de impaciencia y resignación.
—Si ha descubierto algo que considera importante, señorita Wren, espero que no se limite a anotarlo en otro cuaderno.
Hay personas en esta casa que llevan años esperando que alguien haga las preguntas adecuadas.
Y también hay otras que preferirían que nadie volviera a hacerlas.
Eleanor se detuvo junto a la puerta. —¿Sabe quiénes son esas personas?