Capítulo 16 — El testimonio de la cocinera
La luz que Eleanor había distinguido la noche anterior en el invernadero desapareció antes de que pudiera decidir si debía bajar a comprobar su origen.
Permaneció un buen rato junto a la ventana, observando cómo la oscuridad se adueñaba del jardín y convertía los árboles cubiertos de nieve en figuras inmóviles, hasta que el reflejo de su propia habitación terminó por imponerse sobre el paisaje.
No había visto a nadie entrar ni salir, y cualquier intento de reconstruir los movimientos de aquella figura habría sido una conjetura.
Sin embargo, el invernadero aparecía ya en demasiados detalles para que pudiera seguir considerándolo una dependencia olvidada: estaba relacionado con las fotografías de Eleanor Whitmore, con las huellas que había encontrado junto al pasadizo y con las referencias botánicas del cuaderno de Margaret.
Además, alguien había registrado la habitación de la joven para llevarse una hoja que parecía vinculada al libro desaparecido.
Eleanor decidió que a la mañana siguiente hablaría con Thomas Reed, el jardinero, pero antes quería averiguar si alguno de los criados había observado movimientos extraños en la casa durante las últimas horas de vida de sir Reginald.
La oportunidad se presentó durante el desayuno.
La cocinera, la señora Pritchard —a quien todos llamaban Agnes, aunque su apellido coincidiera con el de la ama de llaves de otra generación en los antiguos registros—, había preparado una mesa más sencilla de lo habitual, con pan tostado, huevos, mantequilla y una compota de manzanas que desprendía un aroma dulce en medio del aire frío.
La casa seguía sometida a una disciplina silenciosa, pero el personal comenzaba a mostrar señales de agotamiento.
Mary Collins llevaba el cabello recogido con menos cuidado que los días anteriores y tenía los ojos enrojecidos, mientras el mozo de cuadra que había regresado de revisar el camino se sentaba junto a la puerta con las manos todavía enrojecidas por el frío.
La cocinera, una mujer corpulenta de unos sesenta años, con el rostro ancho y surcado por pequeñas arrugas, dirigía el trabajo con una firmeza que no necesitaba elevar la voz.
Eleanor había observado que, desde la muerte de sir Reginald, era una de las pocas personas que seguía cumpliendo sus tareas sin dejarse arrastrar por la inquietud de los invitados.
Cuando los demás abandonaron el comedor, Eleanor se acercó a la cocina con el pretexto de agradecer el té y preguntar si podía disponer de agua caliente para limpiar una mancha de tinta de su puño.
La estancia estaba dominada por una gran cocina de hierro, cuyo calor empañaba los cristales de las ventanas, y por una mesa central donde reposaban fuentes, cuchillos y cuencos de loza.
El olor a pan recién hecho se mezclaba con el de las hierbas secas que colgaban de una viga y el humo de la leña húmeda.
La señora Pritchard estaba cortando cebollas cuando Eleanor entró; levantó la cabeza, la observó con una expresión reservada y señaló una silla junto a la despensa.
—Si viene a preguntarme por el señor, supongo que no tardaremos mucho en llegar a eso —dijo la cocinera—.
Desde que lo encontraron muerto, todos parecen necesitar algo de mí.
Unos quieren saber quién llevó la bandeja, otros quién encendió el fuego del despacho y otros si vi a alguien cerca de la escalera.
Llevo treinta años trabajando en esta casa, señorita Wren, y nunca había visto a tantas personas interesadas en lo que hace una cocinera.
Eleanor sonrió con discreción. —Precisamente porque lleva tantos años aquí, quizá haya visto cosas que los demás no consideran importantes.
No busco que acuse a nadie ni que recuerde algo que no vio.
Solo quiero saber cómo transcurrió la noche de Nochebuena desde el punto de vista de quienes trabajaban mientras los invitados cenaban.
La mujer dejó el cuchillo sobre la tabla y se limpió las manos en el delantal.
—La cena transcurrió con bastante normalidad hasta que sir Reginald anunció que tenía algo que comunicar al día siguiente.
Después, la casa cambió de ambiente. Los invitados siguieron sonriendo, pero ya nadie hablaba con naturalidad.
El señor Charles salió del comedor antes de que se sirviera el postre y regresó unos minutos más tarde.
La señora Whitmore apenas probó el pudin, y el señor Vale pidió que le llevaran café a la biblioteca.
La señorita Margaret se quedó un rato en el salón, hablando con el reverendo, y el doctor Pembroke salió al vestíbulo para preguntar por el tiempo.
Nada de eso era extraordinario, pero todos parecían esperar que ocurriera algo desagradable.
—¿Quién llevó la bandeja al despacho de sir Reginald aquella noche? —preguntó Eleanor.
La cocinera frunció el ceño, como si la pregunta le pareciera más precisa de lo que esperaba.
—Nadie llevó una bandeja al despacho después de la cena.
El señor había pedido que le dejaran una botella de oporto y una copa antes de sentarse a trabajar, pero eso lo hizo Mary antes de que comenzara la cena.
Cuando regresó a la cocina, dijo que sir Reginald estaba de mal humor y que no quería que nadie lo molestara.
Después de la cena, la botella y la copa seguían allí, según me comentó la propia muchacha cuando la envié a recoger unas servilletas.
No sé si el señor llegó a beber. La copa que encontraron junto a él parecía llena, pero yo no entré en el despacho.
Eleanor recordó el detalle del oporto intacto.
Si sir Reginald había pedido la bebida antes de cenar y la copa seguía llena después de su muerte, podía significar que no había tenido tiempo de beberla o que había decidido no hacerlo.
También podía haber sido utilizada por alguien para crear la impresión de que el señor había pasado la noche trabajando tranquilamente.
Sin una comprobación más precisa del nivel de líquido y de la posición de la botella, el detalle no permitía establecer una conclusión.
Lo importante era que la bebida había llegado al despacho antes de la cena y que Mary había sido la última persona del servicio que admitía haberla dejado allí.
—¿Mary dijo algo más sobre el despacho? —preguntó Eleanor.
—Dijo que había visto un papel sobre la mesa y que sir Reginald lo había cubierto con la mano cuando ella entró.
No le dio importancia. También comentó que el señor parecía preocupado y que tenía una pequeña caja cerca de la lámpara.
No era una caja grande, quizá del tamaño de un estuche de joyas.
Cuando le pregunté por qué se fijaba en esas cosas, me respondió que no quería que la culparan de haber movido nada si después faltaba algún objeto.
Eleanor sintió que la descripción podía corresponder a la caja de madera desaparecida, aunque la diferencia de tamaño hacía imposible asegurarlo.
Una caja pequeña junto a la lámpara del despacho podía contener una llave, una joya o un documento doblado; también podía ser un objeto completamente distinto.
Sin embargo, el testimonio añadía una nueva circunstancia: sir Reginald había tenido consigo una caja la noche anterior a su muerte, mientras buscaba el libro y las cartas que podían explicar la disposición legal de 1857.
Si la caja del ala norte era la misma, alguien podía haberla trasladado desde el despacho hasta las habitaciones ocultas, o quizá existían dos cajas distintas que Eleanor había confundido por su semejanza.
—¿Recuerda si Mary vio quién entró después en el despacho? —preguntó.
—No lo sé. La muchacha está asustada y no siempre distingue entre lo que vio y lo que cree haber visto.
Pero si desea hablar con ella, está en la despensa pequeña, ordenando los manteles.
Le he dicho que no salga de la cocina hasta que termine, aunque puede dejar el trabajo unos minutos si usted necesita hacerle preguntas.
Eleanor agradeció la información y se quedó un instante junto a la mesa, observando cómo la cocinera retomaba su tarea.
Antes de marcharse, reparó en un cuaderno de tapas negras colocado junto a la despensa.
La señora Pritchard seguía sus movimientos con la atención de quien ha aprendido a reconocer cuándo alguien está a punto de formular una pregunta inesperada.
Eleanor señaló el cuaderno, que parecía contener listas de provisiones y anotaciones sobre las tareas domésticas, y preguntó si se utilizaba para registrar los gastos de la cocina.
—Sí, aunque también anoto las entregas que llegan a la casa y las cosas que se llevan a otras habitaciones.
No es un libro de cuentas oficial, pero me ayuda a saber qué se ha servido y quién lo ha pedido.
Sir Reginald insistía en que todo debía quedar registrado, incluso cuando parecía una tontería.
Decía que la memoria de las personas era menos fiable que el papel.
La frase hizo que Eleanor levantara la mirada.
El señor de Whitmore Manor había pasado buena parte de su vida exigiendo registros y documentos, y sin embargo, según las pistas encontradas hasta entonces, una parte esencial de la historia familiar había sido ocultada mediante la desaparición de papeles.
Quizá sir Reginald había llegado a comprender que los archivos conservaban tanto las pruebas de una injusticia como los mecanismos que permitían perpetuarla.
Eleanor preguntó si podía consultar las anotaciones correspondientes a la semana de Navidad.
La cocinera dudó un momento, pero finalmente abrió el cuaderno por una página donde aparecían las entregas de alimentos, el carbón destinado a las chimeneas y las peticiones especiales de los invitados.