El secreto de Whitmore Manor Capítulo 15 — La mujer del retrato #3
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Capítulo 15 — La mujer del retrato #3

—Mi madre decía que lo pagó un pariente que nunca llegó a conocer personalmente a Eleanor.

El cuadro se terminó después de su muerte, pero nadie sabe con seguridad de dónde sacó el pintor los detalles de su rostro.

En los registros de la casa figura como un retrato póstumo, aunque no se menciona quién proporcionó el modelo.

Siempre me pareció extraño que alguien encargara una imagen de una mujer cuya memoria, según todos decían, apenas conservaba importancia para la familia.

Eleanor volvió a contemplar la inscripción del marco .

A Eleanor, que supo guardar lo que otros quisieron destruir.

Si el retrato había sido encargado después de su muerte, aquella dedicatoria podía ser una forma de reconocimiento tardío, un gesto de alguien que había querido preservar su memoria pese al silencio de los Whitmore.

También podía ser una advertencia: la mujer había guardado algo, y otras personas habían intentado destruirlo.

El libro desaparecido, las hojas arrancadas del cuaderno y la caja trasladada de una habitación a otra parecían pertenecer a esa misma lucha entre conservación y ocultamiento.

Antes de regresar al salón, Eleanor decidió que debía hablar con el reverendo Bell y averiguar qué sabía sobre la muerte de Eleanor Whitmore, el origen del retrato y la disposición testamentaria que sir Reginald había estado revisando.

Sin embargo, cuando llegó a la escalera, encontró a Edmund Vale esperándola junto a la puerta de la biblioteca.

El abogado sostenía un documento doblado y su expresión era más seria que de costumbre.

Le explicó que había localizado una referencia en los archivos de la finca y que consideraba necesario que Eleanor la conociera, aunque no estaba seguro de que debiera compartirla con los demás invitados.

—Se trata de una escritura fechada en 1857 —dijo—.

No demuestra por sí sola que exista un derecho pendiente, pero menciona una disposición que nunca llegó a ejecutarse por completo.

Sir Reginald estaba intentando averiguar si aquella disposición seguía teniendo validez.

No puedo darle más detalles sin consultar el documento original.

Eleanor lo miró con atención. —¿Y por qué me lo cuenta a mí?

Edmund sostuvo su mirada durante unos segundos antes de responder.

—Porque usted parece haber encontrado cosas que yo llevo semanas intentando localizar.

Y porque, si alguien está dispuesto a matar para impedir que esos documentos salgan a la luz, sería imprudente seguir fingiendo que el asunto solo afecta a la familia.

La afirmación podía ser una confesión indirecta, una maniobra para ganarse su confianza o un intento de apartar las sospechas de sí mismo.

Eleanor no tenía manera de saberlo todavía.

Aceptó examinar la referencia, pero le pidió que no retirara ningún documento de los archivos sin dejar constancia de su ubicación.

Edmund asintió, aunque su gesto no consiguió disipar la impresión de que estaba midiendo cuidadosamente cada palabra.

Cuando se alejó, Eleanor comprendió que la investigación acababa de entrar en una fase distinta.

Hasta entonces había perseguido rastros de una historia que otros se negaban a contar; ahora, al menos uno de los hombres que conocían los archivos de la casa había reconocido que aquellos rastros podían tener consecuencias legales reales.

Esa tarde, mientras la luz se apagaba tras las ventanas y el personal comenzaba a encender las lámparas del corredor, Eleanor regresó a su habitación y colocó sobre la mesa las fotografías de 1857, las notas copiadas del cuaderno de Margaret y sus propias observaciones sobre la caja desaparecida.

No tenía aún la explicación completa, pero empezaba a distinguir la forma de un conflicto: una mujer que había conservado un documento, una familia que había decidido silenciar su historia, una disposición legal que nunca llegó a ejecutarse y un heredero que había recibido amenazas relacionadas con una deuda antigua.

Sir Reginald había buscado el libro antes de morir y había anunciado que revelaría una decisión al día siguiente; alguien había querido impedirlo, o al menos asegurarse de que la revelación no se produjera en los términos que él había previsto.

Eleanor apagó la lámpara más cercana y dejó encendida la que iluminaba el cuaderno.

Antes de cerrar las cortinas, miró una vez más hacia el jardín.

El invernadero permanecía oscuro, salvo por una pequeña luz amarillenta que parecía moverse detrás de los cristales empañados.

Al principio creyó que se trataba del reflejo de una lámpara del interior, pero la luz avanzó lentamente de un extremo al otro y desapareció junto a la puerta lateral.

Alguien estaba allí, trabajando o buscando algo en un lugar donde las plantas dormían bajo el frío.

Eleanor no podía saber si aquella presencia estaba relacionada con el libro, con la caja o con la muerte de sir Reginald, pero ya no le parecía razonable considerar el invernadero un escenario secundario.

La mujer del retrato había sido botánica, las fotografías la mostraban entre las plantas y las huellas de la nieve conducían repetidamente hacia aquel edificio.

Si quedaba alguna parte de la verdad de 1857 por descubrir, era posible que todavía estuviera escondida allí, bajo el vidrio empañado y las hojas que habían sobrevivido al invierno.