Capítulo 15 — La mujer del retrato #2
La ausencia de aquella hoja era importante por dos razones.
En primer lugar, demostraba que alguien había entrado en la habitación con el propósito de llevarse un documento específico, no de robar objetos valiosos.
En segundo lugar, la frase parecía confirmar que el libro desaparecido podía no ser una obra convencional, sino un volumen que contenía un testimonio personal, quizá unas memorias o una relación de hechos que la familia había preferido ocultar.
Eleanor examinó el cuaderno sin pasar las páginas más de lo necesario y encontró otras referencias al invierno de 1857: observaciones sobre el crecimiento de ciertas plantas bajo temperaturas extremas, dibujos de hojas y raíces, y varias anotaciones que se interrumpían antes de llegar al final de la línea.
Algunas páginas habían sido arrancadas cuidadosamente, mientras que otras conservaban pequeñas marcas en forma de estrella.
No parecía que todas las ausencias fueran recientes; el papel y los bordes indicaban que algunas hojas habían sido retiradas muchos años atrás.
—¿Quién sabía que guardaba esta hoja? —preguntó Eleanor.
—Mi madre, por supuesto. Después de su muerte, yo misma se la enseñé al reverendo Bell, porque pensé que quizá podría ayudarme a identificar la letra.
Él me dijo que no reconocía la escritura, pero que el texto parecía una nota extraída de una carta más larga.
No se la llevó ni me pidió que se la entregara.
También le hablé de ella a sir Reginald hace unos meses, cuando le pregunté por Eleanor Whitmore.
Se enfadó mucho y me ordenó que dejara de buscar explicaciones sobre personas que habían muerto antes de que yo naciera.
Eleanor levantó la vista. —¿Y a Edmund Vale?
Margaret tardó en responder. —No recuerdo haberle mencionado la hoja.
Pero hace dos semanas me pidió que le entregara los documentos antiguos que había heredado de mi madre, alegando que sir Reginald estaba revisando los archivos familiares.
Me negué porque no tenía ninguna razón para confiarle mis pertenencias sin un inventario ni una explicación.
Él insistió en que algunos papeles podían tener implicaciones legales y que era mejor que los examinara un profesional.
Cuando volví a preguntarle de qué documentos hablaba, cambió de tema.
No pensé que pudiera estar relacionado con esto.
La respuesta abrió una nueva posibilidad.
Edmund podía estar buscando documentos para preparar la decisión que sir Reginald pretendía anunciar, pero también podía haber intentado localizar pruebas que comprometieran a la familia o alteraran los derechos de herencia.
Su negativa a explicar qué papeles necesitaba resultaba sospechosa, aunque Eleanor se resistía a convertir cada evasiva en una acusación.
El abogado llevaba dos décadas administrando los asuntos legales de los Whitmore y, por tanto, podía conocer secretos que los demás ignoraban.
Esa posición le daba acceso a los archivos, a los testamentos y a las escrituras, pero también lo convertía en alguien capaz de ocultar documentos sin despertar demasiadas preguntas.
Si el libro de 1857 contenía un testimonio relacionado con la propiedad de la finca, Edmund podía tener un interés profesional en encontrarlo, incluso si no había participado en la muerte de sir Reginald.
Mientras Margaret guardaba el cuaderno, Eleanor se acercó a la ventana.
En el jardín, junto al invernadero, un hombre caminaba entre los árboles con una pala al hombro.
Llevaba un abrigo marrón, botas altas y una gorra de lana que le ocultaba parte del rostro.
Se detuvo cerca de una verja lateral, miró hacia la casa y después desapareció detrás de un seto.
Eleanor no pudo identificarlo, pero reconoció la manera en que se movía: avanzaba sin apresurarse y parecía conocer el terreno lo suficiente para evitar las zonas donde la nieve se había acumulado.
Era posible que se tratara del jardinero, aunque el personal de la finca había explicado que las labores exteriores estaban suspendidas hasta que mejorara el tiempo.
Si aquel hombre estaba trabajando, debía de tener una razón para encontrarse allí; si no lo estaba, su presencia podía ser más importante de lo que parecía.
—¿Quién se ocupa del jardín durante el invierno? —preguntó Eleanor.
—Thomas Reed, el jardinero, aunque en estos días apenas puede hacer nada —respondió Margaret—.
Lleva trabajando aquí desde que yo era niña.
Conoce el invernadero y los caminos secundarios mejor que nadie, pero no suele entrar en la casa salvo cuando Agnes necesita ayuda para mover muebles o reparar alguna ventana.
Hace un momento no me pareció verlo con claridad, pero podría haber sido él.
Eleanor no comentó que había observado al hombre mirar hacia las ventanas.
Se limitó a guardar aquel detalle junto con los demás, consciente de que el jardín y el invernadero aparecían cada vez con mayor frecuencia en las pistas.
Las huellas encontradas junto al pasadizo, la figura que había visto desde su habitación durante la noche y el hombre que acababa de desaparecer entre los setos podían ser la misma persona, aunque no tenía pruebas para afirmarlo.
El hecho de que el acceso oculto permitiera desplazarse sin utilizar los corredores principales hacía aún más difícil determinar quién había estado en cada lugar y a qué hora.
Al salir de la habitación de Margaret, Eleanor se detuvo de nuevo ante el retrato de Eleanor Whitmore.
La luz que entraba por la ventana había cambiado y ahora iluminaba la superficie del cuadro desde un ángulo oblicuo, haciendo más visibles las pequeñas grietas del barniz.
Reparó entonces en algo que no había advertido antes: la mano de la mujer no descansaba simplemente sobre el libro, sino que sujetaba una cinta azul que sobresalía unos centímetros por debajo de la cubierta.
La cinta tenía una pequeña estrella bordada cerca del extremo, casi idéntica a la marca que Margaret había descrito en la hoja desaparecida.
Eleanor se inclinó para observarla mejor, sin tocar el marco, y comprendió que el pintor había reproducido aquel detalle con una precisión deliberada.
El libro no era un accesorio añadido para dar solemnidad al retrato; formaba parte de la identidad de la mujer y quizá representaba el testimonio que había intentado conservar.
—¿Sabe quién encargó el retrato? —preguntó cuando Margaret se acercó a ella.