El secreto de Whitmore Manor Capítulo 15 — La mujer del retrato
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Capítulo 15 — La mujer del retrato

Se acercó al cuadro hasta distinguir las pequeñas grietas del barniz y las pinceladas que modelaban la piel alrededor de los ojos.

La mujer sostenía un libro cerrado sobre las rodillas y llevaba en el cuello un broche con forma de hoja, semejante al que aparecía en la fotografía tomada frente al invernadero.

No era una joya especialmente ostentosa, pero el artista había dedicado un cuidado extraordinario a reproducir sus nervaduras y el pequeño engaste que sujetaba la pieza al vestido.

Eleanor se preguntó si el broche había pertenecido a la familia durante generaciones o si tenía algún significado personal para su dueña.

En el extremo inferior del marco descubrió una inscripción casi borrada, cubierta en parte por una capa de barniz oscuro.

Sacó de su bolso una pequeña lupa, se inclinó y consiguió leer unas palabras: A Eleanor, que supo guardar lo que otros quisieron destruir.

No había firma ni fecha, y la frase parecía demasiado íntima para un retrato destinado a exhibirse en una galería familiar.

Aquello no era una dedicatoria convencional, sino una referencia a una acción que alguien había considerado digna de memoria.

—Mi padre ordenó que ese retrato permaneciera aquí —dijo Margaret Ashford desde el extremo del corredor—.

Durante años estuvo en una habitación del piso superior, cubierto con una tela.

Cuando pregunté por qué lo habían retirado, me dijeron que necesitaba restauración, pero nunca llegó a salir de la casa.

Hace unos meses lo devolvieron a la galería, aunque nadie me explicó el motivo.

Eleanor se volvió. Margaret llevaba un vestido de lana color ciruela, con el cuello adornado por una cinta negra, y sostenía un libro de botánica contra el pecho.

El cansancio había acentuado las sombras bajo sus ojos, pero su expresión conservaba aquella mezcla de inteligencia y reserva que Eleanor había observado desde su llegada.

No parecía sorprendida de encontrarla ante el retrato; más bien daba la impresión de haber estado buscando un momento adecuado para hablar de él.

Se acercó y contempló el rostro de la mujer sin tocar el marco.

Durante un instante, la dureza de sus facciones se desvaneció y apareció en ellas una tristeza que parecía venir de muy lejos.

—Mi madre decía que Eleanor Whitmore no era una mujer fácil de comprender —continuó Margaret—.

Sabía de plantas más que muchos hombres que se consideraban científicos, mantenía correspondencia con personas que nunca habrían aceptado recibir a una mujer en sus sociedades y tenía una memoria extraordinaria para los detalles.

Pero también decía que había algo en su vida que la familia no se atrevía a nombrar.

Cuando era pequeña, creía que se trataba de una enfermedad o de una desgracia que había terminado por volverla solitaria.

Después encontré el cuaderno y comprendí que mi madre había intentado contarme algo, aunque nunca se decidió a hacerlo abiertamente.

—¿Su madre llegó a conocerla?

—No. Eleanor murió mucho antes de que naciera mi madre, pero en la familia se conservaban objetos suyos, cartas y algunos libros.

Mi madre heredó varios cuadernos de botánica y una caja con hojas prensadas, aunque cuando quiso consultar los documentos más antiguos descubrió que habían desaparecido.

Mi padre le dijo que no debía preocuparse, que los papeles de una familia no siempre tenían valor para quienes venían después.

Ella no volvió a preguntarle, al menos delante de mí.

Sin embargo, durante sus últimos años regresó muchas veces a la historia de Eleanor.

Decía que una persona podía morir dos veces: primero cuando dejaba de respirar y después cuando los demás decidían que su vida no merecía ser recordada.

Eleanor sintió que la frase enlazaba con las palabras de Agnes y con la anotación hallada en la habitación oculta.

La desaparición de Eleanor Whitmore no parecía haber sido un simple olvido provocado por el paso del tiempo, sino un proceso deliberado en el que cada generación había recibido una versión incompleta de los hechos.

Margaret abrió el libro que llevaba consigo y le mostró una página donde había copiado, con su propia letra, una anotación del cuaderno heredado de su madre.

La entrada estaba fechada en diciembre de 1857 y describía una planta recogida cerca del invernadero, cuyas hojas conservaban un olor intenso incluso después de secarse.

Al margen, con la tinta azul que Eleanor ya había visto en otras notas, aparecía una frase: El nombre que falta no debe confundirse con el nombre que se conserva.

Debajo había dos iniciales enlazadas, E.

W., y una pequeña marca semejante a una estrella de cinco puntas.

—¿Sabe qué significa esa estrella? —preguntó Eleanor.

Margaret negó con la cabeza. —Mi madre la dibujaba a veces en los márgenes de sus cuadernos, aunque nunca me explicó por qué.

Creía que era una costumbre que había heredado de Eleanor.

También la he visto en una de las hojas sueltas que encontré entre los libros de botánica, pero no recuerdo dónde guardé aquella hoja.

Si la conservo, debe de estar en mi habitación.

Eleanor recordó inmediatamente el adorno de cristal con la pequeña estrella plateada en su interior.

Hasta entonces había considerado que la pieza podía contener una nota, una llave o algún objeto diminuto, pero la repetición del símbolo sugería que su importancia quizá no residía en el material que ocultaba, sino en el significado que la familia le había atribuido.

La estrella podía servir para identificar documentos vinculados a Eleanor Whitmore, o indicar que ciertas páginas pertenecían a un conjunto que alguien había intentado separar.

No era suficiente para establecer una conexión definitiva, pero sí justificaba examinar de nuevo el cuaderno de Margaret y comparar sus marcas con las que aparecían en las fotografías y en los papeles del ala norte.

—Necesito ver el cuaderno original y cualquier hoja que conserve esa marca —dijo Eleanor—. No quiero llevarme nada ni alterar el orden de los documentos. Solo comprobar si las anotaciones coinciden con las que hemos encontrado.

Margaret cerró el libro y la miró con una mezcla de alivio y temor.

—Puede venir conmigo. Pero hay algo que debo advertirle: esta mañana alguien entró en mi habitación mientras yo estaba en el comedor.

No falta nada que haya podido identificar, aunque el cuaderno estaba abierto sobre la mesa y varias páginas habían sido desplazadas.

Lo había dejado cerrado antes de bajar. No sé quién entró, pero cuando regresé tuve la impresión de que alguien había estado buscando algo concreto y se había marchado sin encontrarlo.

Eleanor no necesitó preguntarle si había informado a Agnes.

La inquietud de Margaret demostraba que empezaba a comprender la dimensión de lo que estaba ocurriendo, y que los objetos heredados de su madre ya no eran simples recuerdos privados.

Si alguien había registrado su habitación, podía estar buscando una prueba que conectara el pasado de los Whitmore con el asesinato de sir Reginald.

Eleanor decidió acompañarla de inmediato, pero antes volvió a mirar el retrato.

La mujer pintada sostenía el libro con una mano apoyada sobre la cubierta, exactamente como el hombre de la fotografía sujetaba el volumen en la imagen de 1857.

El detalle podía ser una coincidencia propia de la época, pero también podía indicar que el libro había pasado de una persona a otra y que ambos sabían que su contenido tenía un valor que superaba al del objeto.

La habitación de Margaret se encontraba en el segundo piso, junto a una ventana que daba al jardín de invierno.

Al entrar, Eleanor advirtió que la estancia estaba ordenada con un cuidado casi excesivo.

Los vestidos colgaban en un armario estrecho, los zapatos permanecían alineados junto a la pared y una pequeña mesa de escritorio estaba cubierta por cuadernos, sobres y varios frascos de vidrio utilizados para conservar muestras botánicas.

El fuego se había apagado y el aire conservaba el olor seco de las hojas prensadas.

Sobre la mesa descansaba el cuaderno verde, abierto por una página que Eleanor no recordaba haber visto antes.

Margaret se acercó de inmediato y comprobó que la hoja no estaba rasgada, aunque la cinta que mantenía unido el lomo había sido desplazada.

Junto al cuaderno había una marca circular en el polvo, como si alguien hubiera apoyado allí un objeto pequeño y después lo hubiera retirado.

—La hoja que falta estaba aquí —dijo Margaret, señalando el espacio entre dos páginas—.

Recuerdo haberla colocado después de la anotación sobre las plantas del invernadero.

Era un papel suelto, más antiguo que el cuaderno, con una estrella dibujada en la esquina.

No tenía mucho texto, pero había una frase que mi madre había subrayado dos veces.

—¿Qué decía?

Margaret cerró los ojos un instante, intentando reconstruir las palabras.

—«La verdad no está en el lugar donde se guarda el libro, sino en la persona que se atrevió a escribirlo».

No puedo asegurar que fuera exactamente así, pero recuerdo el sentido.

Mi madre había añadido debajo que nadie debía destruir el original antes de conocer la historia de quien lo había escrito.