El secreto de Whitmore Manor Capítulo 14 — El heredero y la deuda #2
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Capítulo 14 — El heredero y la deuda #2

La observación coincidía con la tensión que Eleanor había advertido entre ambos, pero no aclaraba qué documentos había estado examinando el abogado.

Le preguntó si su padre había mencionado algún cambio concreto en el testamento.

Charles negó con la cabeza, aunque añadió que había oído hablar de una disposición antigua relacionada con una mujer de la familia y con una propiedad que, según le habían explicado, había dejado de pertenecer a los Whitmore mucho antes de su nacimiento.

Nunca había conseguido que su padre le aclarara los detalles.

Cada vez que preguntaba, sir Reginald respondía que había asuntos que debían permanecer cerrados hasta que llegara el momento adecuado.

—¿Una mujer de la familia? —repitió Eleanor—. ¿Recuerda su nombre?

—No. Mi padre no lo pronunciaba. Una vez lo oí discutir con mi madre sobre un documento antiguo.

Ella le dijo que no podía seguir castigando a los vivos por lo que había sucedido antes de que ellos nacieran.

Él respondió que no se trataba de un castigo, sino de una deuda que nadie había terminado de pagar.

Nunca volví a escuchar aquella conversación, y cuando le pregunté a mi madre qué significaba, me dijo que había confundido unas palabras. No la creí, pero tampoco insistí.

Eleanor pensó en las anotaciones del cuaderno de Margaret, en el libro retirado de la biblioteca y en la carta hallada en la habitación oculta.

La palabra deuda podía referirse al dinero que Charles debía a sus acreedores, pero también a una obligación moral o legal que había pasado de una generación a otra.

Tal vez sir Reginald había utilizado la misma expresión para referirse a ambas cosas, o quizá el joven estaba repitiendo sin saberlo un lenguaje que llevaba décadas circulando entre los miembros de la familia.

Eleanor no quería convertir una coincidencia en una conclusión, pero la posibilidad de que el testamento estuviera relacionado con el secreto de 1857 resultaba cada vez más difícil de ignorar.

—¿Le dijo su padre que iba a revelar algo al día siguiente? —preguntó—. No me refiero al anuncio que hizo durante la cena. Quiero saber si habló con usted en privado sobre la decisión que pensaba tomar.

Charles bajó la mirada hacia la taza. —Sí.

Una semana antes de Navidad me llamó a su despacho.

Tenía varios documentos extendidos sobre la mesa y una carta que no me permitió leer.

Me dijo que había llegado el momento de reparar una injusticia, aunque no explicó a qué se refería.

Le pregunté si pretendía devolver alguna propiedad o reconocer una deuda, y me respondió que no todo podía resolverse con dinero.

Después me preguntó si estaría dispuesto a renunciar a una parte de mi herencia para corregir un error cometido antes de mi nacimiento.

Me negué a responder. No porque me opusiera a corregir una injusticia, sino porque no sabía qué me estaba pidiendo y sospechaba que pretendía utilizarme para una de sus maniobras.

—¿Le explicó cuál era el error?

—No. Dijo que antes debía encontrar el libro y unas cartas.

Le pregunté qué libro, y se limitó a contestar que uno que había sido retirado de la biblioteca muchos años atrás.

No volvió a mencionarlo hasta la víspera de Navidad.

—Charles se inclinó hacia ella, y su voz adquirió un tono más bajo—.

Si cree que lo maté para evitar que me desheredara, debe saber que, fuera cual fuera su decisión, yo no habría recibido nada mientras él siguiera vivo.

Podía enfadarse conmigo, podía humillarme delante de todos, pero no tenía sentido matarlo antes de conocer las condiciones.

Quería saber qué iba a hacer, y la única persona que podía decírmelo era él.

La explicación era razonable, aunque Eleanor no la consideró suficiente para descartar a Charles.

La desesperación económica podía empujar a una persona a actuar de forma irracional, y el miedo a perder una herencia no siempre se traducía en un cálculo coherente.

Sin embargo, el joven acababa de confirmar que sir Reginald buscaba el mismo libro y las mismas cartas que aparecían en las pistas de 1857.

La muerte no había interrumpido una decisión ordinaria sobre el patrimonio, sino una investigación que podía modificar la posición de varias personas dentro de la familia.

—Hay otra cosa —añadió Charles, después de un largo silencio—.

Anoche, cuando regresé a mi habitación, encontré un sobre debajo de la puerta.

No tenía nombre ni sello. Pensé que sería una nota de mi padre, pero dentro había un pagaré antiguo y una frase escrita a mano: «Los hijos siempre pagan las deudas de sus padres». Lo quemé.

Eleanor sintió que el pulso se le aceleraba, aunque mantuvo el rostro sereno. —¿Por qué lo quemó?

—Porque creí que alguien estaba intentando burlarse de mí.

El pagaré no era mío, ni llevaba el nombre de ninguno de mis acreedores.

Estaba fechado en diciembre de 1857 y tenía una firma que no reconocí.

Me pareció una amenaza, y después de lo ocurrido con mi padre no quería que nadie encontrara aquel papel y lo utilizara para acusarme de algo.

Ahora comprendo que quizá cometí un error al destruirlo, pero en ese momento solo quería deshacerme de él.

—¿Conserva el sobre?

Charles negó con la cabeza. También lo había arrojado al fuego.

Eleanor no lo reprendió. La destrucción del documento era grave, pero su reacción podía ser compatible con el miedo de un hombre endeudado que había recibido una amenaza personal.

Lo que necesitaba saber era si el pagaré había llegado a sus manos antes o después de la muerte de sir Reginald.

Charles aseguró que lo encontró la noche anterior, cuando su padre aún vivía.

Si decía la verdad, alguien había empezado a utilizar la historia de 1857 para presionarlo antes del asesinato, y el mensaje no podía ser una reacción a la muerte del señor de la casa.

—¿Reconoció la letra? —preguntó Eleanor.