Capítulo 14 — El heredero y la deuda
La nieve había dejado de caer durante la noche, pero el cielo seguía cubierto por una masa de nubes bajas que mantenía los terrenos de Whitmore Manor bajo una luz grisácea y uniforme.
Desde las ventanas del comedor se distinguían los árboles del jardín, cargados de nieve en las ramas más gruesas, y el camino de entrada, convertido en una franja blanca donde apenas se adivinaban las rodadas de los carruajes.
Eleanor observó el paisaje mientras removía el té sin llegar a probarlo.
La desaparición de la caja de madera y el descubrimiento de la habitación oculta habían cambiado su manera de contemplar a los habitantes de la casa.
Ya no veía únicamente a un grupo de personas unidas por el duelo y atrapadas por una tormenta, sino a individuos que podían conocer fragmentos distintos de una misma historia y que, por motivos diversos, tenían razones para temer lo que otros llegaran a descubrir.
La cuestión consistía en averiguar cuáles de aquellos temores podían explicar el asesinato de sir Reginald y cuáles pertenecían a un pasado que solo ahora empezaba a reclamar su lugar.
Charles Whitmore apareció poco después de las nueve, con el cabello todavía húmedo y una expresión de cansancio que ni la ropa bien cortada ni la rigidez de sus movimientos conseguían disimular.
Llevaba un traje de mañana de color carbón, un chaleco de seda gris y una corbata oscura anudada con precisión, aunque tenía los ojos enrojecidos y la barba comenzaba a ensombrecerle las mejillas.
No había dormido bien, o al menos eso parecía.
Se sirvió café, rechazó las tostadas que Mary le ofreció y permaneció de pie junto a la ventana, con una mano apoyada en el alféizar.
Eleanor había observado en él una mezcla constante de arrogancia y nerviosismo, una necesidad de aparentar que las circunstancias no podían afectarle que contrastaba con la facilidad con que perdía el control cuando alguien mencionaba la herencia.
Aquella mañana, sin embargo, su inquietud parecía menos dirigida hacia los demás que hacia un peligro que todavía no había encontrado la forma de evitar.
—¿Ha conseguido dormir algo, señor Whitmore? —preguntó Eleanor, cuando Mary abandonó el comedor.
Charles se volvió con una sonrisa breve y sin humor. —Dormir resulta difícil cuando uno tiene a su padre muerto en la habitación contigua y a toda una casa pendiente de cada movimiento. Supongo que usted lo comprenderá, aunque no sea una situación que se presente a menudo en una librería.
—En una librería, las personas suelen dejar sus problemas entre las páginas de un libro y marcharse sin esperar que el propietario los resuelva. Aquí parece que todos esperan algo de todos los demás.
La respuesta hizo que Charles la mirara con un interés más sincero.
Se sentó frente a ella y sostuvo la taza entre ambas manos, como si necesitara el calor para mantenerlas quietas.
Durante unos instantes pareció dispuesto a hablar, pero terminó preguntando si había alguna noticia de la policía.
Eleanor le explicó que los caminos seguían impracticables y que el personal de la finca había enviado a un mozo a comprobar el estado del puente, aunque nadie podía asegurar cuándo llegaría ayuda desde el pueblo.
Charles asintió con impaciencia y miró hacia la puerta.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino expectante, como si ambos supieran que la conversación verdadera todavía no había comenzado.
—Mi padre tenía la costumbre de convertir cada conversación en una negociación —dijo finalmente—.
Incluso cuando hablaba de asuntos familiares, uno acababa sintiéndose como si estuviera solicitando un préstamo a un banco.
Si le preguntaba por el futuro de la finca, respondía con preguntas sobre mis gastos.
Si le hablaba de mis responsabilidades, me recordaba mis errores.
Y si intentaba explicarle que necesitaba ayuda, se comportaba como si estuviera demostrando una vez más que no merecía recibirla.
Eleanor no respondió inmediatamente. Sabía que la queja podía ser sincera sin ser completa y que la animadversión entre un padre y un hijo no demostraba por sí sola la existencia de un motivo criminal.
Charles había sido visto discutiendo con sir Reginald durante la cena de Nochebuena, y su reacción ante el anuncio de una decisión importante había sido demasiado visible para pasar inadvertida.
Pero también era posible que su nerviosismo tuviera una explicación más sencilla y que la vergüenza de reconocerla lo llevara a mostrarse agresivo con quienes hacían preguntas.
—¿Necesitaba ayuda económica? —preguntó ella.
Charles dejó la taza sobre el plato con un pequeño golpe. —¿Quién se lo ha dicho?
—Nadie. Su padre parecía preocupado por sus asuntos y usted no recibió con agrado el anuncio que hizo durante la cena. No necesito conocer sus cuentas para deducir que existía algún desacuerdo entre ustedes.
El joven apretó los labios. Durante unos segundos Eleanor temió que se levantara y abandonara la estancia, pero Charles terminó reclinándose en la silla con una expresión de resignación.
—Sí, tenía deudas. No tantas como algunos podrían imaginar, aunque suficientes para que mi padre considerase que había arruinado mi vida.
Perdí dinero en inversiones que parecían razonables cuando entré en ellas y que se volvieron desastrosas después.
También cometí el error de intentar recuperar las pérdidas en lugar de aceptar que el dinero se había ido.
No estoy orgulloso de ello. Pero no he matado a mi padre por una herencia, si eso es lo que quiere saber.
—No le he acusado de nada, señor Whitmore.
—Todavía —repuso él.
La palabra quedó entre ambos con una franqueza que Eleanor agradeció más de lo que quiso mostrar.
Charles no era un hombre inocente por el mero hecho de admitir sus deudas, pero al menos había dejado de fingir que no existían.
Le preguntó cuánto debía y a quién. Él tardó en responder, como si calculara qué parte de la verdad podía permitirse compartir, y terminó confesando que las obligaciones pendientes ascendían a una cantidad considerable para un hombre que no disponía de ingresos propios suficientes.
Había firmado pagarés, recurrido a prestamistas de Londres y comprometido parte de las rentas que esperaba recibir de la finca.
Su padre había descubierto la situación semanas antes de Navidad y le había exigido que entregara todos los documentos relacionados con las deudas.
—¿Y usted se negó?
—Me negué a entregarle mi vida entera para que la examinara como si fuera una de sus cuentas.
Le dije que resolvería el asunto. Él respondió que ya no podía confiar en mi palabra.
Después me comunicó que estaba revisando el testamento y que, si no cambiaba de conducta, quizá no recibiría la propiedad en las condiciones que había esperado.
—Charles se pasó una mano por el rostro—.
Aquella noche, durante la cena, comprendí que no estaba hablando en sentido figurado.
Cuando anunció que haría una revelación a la mañana siguiente, supe que había tomado una decisión.
Pensé que iba a desheredarme o a imponerme alguna condición humillante.
No me enorgullece decirlo, pero estaba furioso.
—¿Hasta qué punto?
Charles levantó la vista. —Lo suficiente para decir cosas de las que me arrepiento.
Después de la cena discutimos en el corredor.
Le dije que no podía tratarme como a un niño durante toda la vida y esperar que algún día me comportara como un hombre.
Él me contestó que un hombre asumía las consecuencias de sus decisiones, y que yo había pasado demasiados años intentando que otros pagaran por ellas.
Me marché antes de que la discusión empeorara. No volví a entrar en su despacho.
Eleanor estudió su rostro. La respuesta parecía preparada en algunos puntos, pero no necesariamente porque fuera falsa; Charles había tenido tiempo para reconstruir mentalmente la conversación y quizá había repetido aquellas palabras tantas veces durante la noche que ahora las pronunciaba con una precisión involuntaria.
Lo importante era comprobar la hora y la secuencia de sus movimientos.
Le preguntó si alguien los había visto discutir y si podía precisar dónde había estado después.
Charles respondió que varios invitados habían cruzado el corredor, aunque no sabía quién había presenciado el final de la discusión.
Después había regresado al salón, donde permaneció unos minutos junto a la chimenea, y finalmente subió a su habitación.
No recordaba la hora exacta. Había bebido dos copas de vino durante la cena y un poco de brandy más tarde, pero insistió en que no estaba ebrio y que podía recordar lo sucedido.
—¿Vio a alguien cerca del despacho de su padre?
Charles vaciló. —Vi a Edmund Vale salir del pasillo que conduce al despacho.
Fue antes de mi discusión con mi padre, creo, aunque no podría asegurarlo.
Llevaba unos documentos bajo el brazo y parecía irritado.
Cuando le pregunté si había terminado de revisar los papeles, me respondió que los asuntos legales de la familia no eran de mi incumbencia hasta que sir Reginald decidiera lo contrario.
Ya puede imaginar cómo me sentó aquello.