Capítulo 13 — La habitación del ala norte #3
Cuando regresaron a la planta baja, encontraron a Edmund Vale junto a la puerta del despacho de sir Reginald, con una carpeta de documentos bajo el brazo.
El abogado vestía un traje oscuro impecable, aunque llevaba el cuello de la camisa ligeramente torcido y tenía una mancha de tinta en el puño derecho.
Al verlos, se detuvo con una expresión que Eleanor no supo interpretar.
No parecía sorprendido de encontrarlos juntos, pero su mirada descendió de inmediato hasta la funda de papel que ella sostenía.
Fue un movimiento breve, casi involuntario, y bastó para que Eleanor recordara el anillo de sello de la fotografía.
Edmund tenía las manos enguantadas, de modo que no podía comprobar si lo llevaba puesto, pero el gesto le confirmó que debía prestar atención a todo lo que el abogado intentara ocultar bajo su habitual cortesía.
—¿Han encontrado algo de interés? —preguntó Edmund.
—Hemos descubierto una habitación que no aparece en los planos de la casa —respondió Eleanor—. Parece que se utilizó durante mucho tiempo para guardar documentos. También hemos encontrado una nota relacionada con el libro desaparecido en 1857.
El abogado no cambió de postura, pero apretó la carpeta contra el costado. —No conozco ninguna habitación de esas características. En las casas antiguas existen huecos y pasadizos que dejaron de utilizarse hace generaciones. No todo lo que permanece oculto contiene un secreto.
—Por supuesto —dijo Eleanor—. Aunque resulta curioso que alguien haya retirado recientemente una caja de madera de una estancia contigua. Quizá usted pueda aclararnos si existe algún inventario más antiguo que mencione ese objeto.
Edmund la observó con mayor atención. Durante un instante pareció a punto de responder, pero al final se limitó a decir que los registros anteriores a 1860 eran incompletos y que cualquier documento relativo a la administración doméstica debía consultarse con Lady Beatrice.
Su respuesta era razonable, pero no contestaba a la pregunta.
Eleanor no insistió. Había aprendido que una persona prudente rara vez revelaba algo cuando se sentía acorralada; era preferible dejarle creer que todavía podía decidir qué información compartir y observar qué hacía después con esa libertad.
Cuando Edmund se alejó por el corredor, Arthur se inclinó hacia Eleanor y habló en voz baja.
—No sabemos si el hombre de la fotografía es un antepasado suyo, ni siquiera si el anillo es el mismo.
Pero él sabe algo sobre los registros de la familia que no quiere discutir con nosotros.
Tendremos que averiguar qué documentos revisó sir Reginald antes de morir y qué decisión pensaba anunciar después del desayuno de Navidad.
Eleanor miró hacia la escalera que conducía al ala norte.
La habitación oculta ya no guardaba el silencio intacto de décadas, y la persona que había retirado la caja debía de saber que, tarde o temprano, alguien encontraría el pasadizo.
Tal vez sir Reginald había descubierto aquel acceso y lo había utilizado para recuperar las pruebas que necesitaba; tal vez alguien más se había adelantado a él.
En cualquier caso, la desaparición de la caja demostraba que la investigación había dejado de ser una búsqueda solitaria de recuerdos: alguien estaba reaccionando a cada descubrimiento y parecía dispuesto a seguir haciéndolo mientras la nieve mantuviera a todos encerrados en Whitmore Manor.
Antes de subir a su habitación, Eleanor abrió el cuaderno y anotó tres hechos que consideraba seguros: la existencia de un acceso oculto entre las dependencias del ala norte, la presencia de documentos relacionados con la Navidad de 1857 y la desaparición reciente de la caja de madera.
Debajo escribió una pregunta que no podía resolver todavía: ¿quién tenía más que perder si el libro regresaba a la biblioteca?
No añadió ningún nombre. Charles podía perder la herencia; Lady Beatrice, su hogar y su posición; Margaret, la versión de su familia que había recibido desde niña; Edmund, quizá, algo más difícil de medir que una propiedad.
Y Agnes conocía demasiado bien las puertas y los silencios de la casa para ser considerada una simple espectadora.
La respuesta tendría que surgir de los hechos, no de la primera sospecha que pareciera encajar con ellos.
Al cerrar el cuaderno, Eleanor encontró una pequeña mancha de polvo oscuro en la manga de su vestido, probablemente recogida al pasar junto a la puerta oculta.
La limpió con un pañuelo, pero el gesto le recordó las huellas del pasadizo, las marcas de cera y la fibra azul atrapada en la mesa.
Alguien había recorrido aquella habitación llevando consigo un objeto que había dejado rastros materiales, y esos rastros podían conducir a una persona concreta si lograba compararlos con algo más.
Guardó el pañuelo junto a sus notas y volvió a mirar la fotografía de invierno.
La mujer del retrato no parecía una víctima dispuesta a aceptar el olvido, sino alguien que había tenido razones para preservar un documento incluso cuando conservarlo podía ponerla en peligro.
Eleanor no sabía qué había ocurrido con ella después de aquella Navidad, pero empezaba a comprender que el misterio no consistía solo en averiguar quién había muerto en Whitmore Manor.
Consistía en descubrir quién había sido condenado a desaparecer mucho antes de que sir Reginald encontrara la muerte en su despacho.