Capítulo 13 — La habitación del ala norte #2
Arthur examinó la chimenea y descubrió que entre las cenizas había fragmentos de papel que no se habían consumido por completo.
Uno conservaba una esquina con una línea de escritura, otro mostraba parte de un sello en relieve y un tercero parecía proceder de una hoja arrancada de un libro.
Eleanor se inclinó hacia la mesa, donde una marca rectangular revelaba que durante años había descansado allí un objeto de tamaño considerable.
En el extremo derecho encontró una pequeña pieza de metal, quizá una bisagra desprendida de una caja, y junto a ella una fibra azul atrapada en una grieta de la madera.
La recogió con las pinzas que Arthur llevaba para manipular los fragmentos de papel.
El color coincidía con el de la cinta que aparecía en una de las notas del cuaderno de Margaret, aunque no podía asegurar que se tratara del mismo tejido.
Todo indicaba que alguien había retirado de aquella habitación un objeto que había permanecido allí durante mucho tiempo, quizá la caja que acababan de perder de vista.
—Este lugar estaba oculto por una razón —dijo Eleanor—. Y no creo que se utilizara únicamente para guardar cosas.
Arthur apartó una silla y examinó la pared que quedaba detrás.
Allí descubrió una serie de marcas verticales, como las que dejaría un mueble estrecho apoyado durante años contra la piedra.
En una de ellas había un pequeño clavo oxidado, y bajo el clavo, casi a la altura de los ojos, alguien había trazado dos iniciales: E.
W. La inscripción era tosca, hecha con una punta metálica, pero las letras resultaban inconfundibles.
Eleanor sintió una punzada de emoción al pensar que la mujer de las fotografías había estado allí, quizá muchas veces, trabajando en secreto mientras el resto de la casa continuaba con sus rutinas.
La habitación podía haber sido su refugio, su laboratorio o el lugar donde guardaba el libro que había desaparecido de la biblioteca.
Pero si Eleanor Whitmore había tenido que ocultarse dentro de su propio hogar, entonces el silencio de la familia no podía explicarse únicamente por una disputa sobre documentos o una herencia.
En el interior del armario encontraron una carpeta de cuero, vacía salvo por una hoja doblada en cuatro.
El papel se había oscurecido por los años, pero la tinta permanecía legible en algunas líneas.
No llevaba fecha ni firma. El texto parecía formar parte de una carta interrumpida: Si el libro desaparece, no busquéis al hombre que lo tomó, sino a quien decidió que debía desaparecer.
El contenido no pertenece a quien lo guarda, sino a quien tiene derecho a conocerlo.
La niña no debe ser interrogada . Ella no sabe lo que ha visto.
La última frase estaba tachada con tanta fuerza que había perforado el papel.
Eleanor leyó el fragmento dos veces. La referencia a una niña podía aludir a la figura sentada en el banco de la fotografía, pero no había forma de saber si se trataba de un testigo, una pariente o alguien que había sido utilizada para ocultar la verdad.
Lo más inquietante era la primera frase: no importaba únicamente quién había tomado el libro, sino quién había ordenado que desapareciera.
Arthur le pidió que no sacara conclusiones precipitadas.
La carta podía ser una advertencia auténtica, pero también una nota escrita por alguien que intentaba desviar la atención hacia otra persona.
Eleanor aceptó la cautela, aunque le resultaba difícil ignorar la coincidencia entre aquellas palabras y la frase del reverso de la fotografía: El original debe permanecer donde ella lo dejó.
Las dos notas parecían insistir en una misma distinción entre quien poseía un objeto y quien tenía derecho a él.
En una disputa por una herencia, esa diferencia podía ser legal; en una historia familiar, podía ser moral; en un asesinato, podía convertirse en el motivo que alguien necesitaba para actuar.
Eleanor guardó la hoja en una funda de papel y anotó el lugar exacto donde la había encontrado, sin doblarla de nuevo.
Un ruido procedente del pasadizo los hizo volverse al mismo tiempo.
No fue un golpe ni el crujido habitual de una casa antigua, sino el sonido inequívoco de una suela contra la madera, seguido de un roce apresurado.
Arthur apagó la lámpara durante un instante y ambos permanecieron en silencio, escuchando.
El ruido no se repitió, pero Eleanor distinguió una corriente de aire que se desplazaba desde la puerta oculta hacia la habitación.
Alguien había abierto el acceso desde el otro lado o había pasado por el corredor sin advertir que ellos se encontraban allí.
Arthur encendió de nuevo la lámpara y se dirigió a la entrada con pasos firmes.
Cuando llegaron al pasadizo, no encontraron a nadie; sin embargo, las huellas que habían observado al entrar aparecían ahora parcialmente borradas en el tramo más próximo a la puerta.
La persona que acababa de pasar había pisado sobre ellas, esta vez sin intentar disimularlo.
—Sabía que estábamos aquí —murmuró Eleanor.
—O sabía que alguien acabaría encontrando este lugar —respondió Arthur—. No podemos afirmar más que eso.
Regresaron a la habitación principal y cerraron la puerta oculta, aunque Eleanor comprendió que el secreto de aquel acceso ya no podía protegerse con facilidad.
Antes de salir, examinó de nuevo los estantes vacíos y la marca rectangular de la mesa.
Si la caja había estado allí, alguien la había trasladado recientemente a la habitación donde ella la encontró, y después la había retirado con la misma rapidez.
Quizá el objeto que contenía no era el libro, sino algo necesario para comprender dónde se encontraba el original.
Quizá la caja estaba vacía cuando sir Reginald preguntó por ella y lo que importaba era la cerradura, el compartimento inferior o la posibilidad de demostrar que alguien había entrado en el ala norte.
No tenía pruebas suficientes para escoger una explicación, pero había descubierto algo que ya no podía ignorar: la casa poseía un acceso oculto que permitía moverse entre habitaciones sin utilizar los corredores principales, y quien lo conocía podía entrar y salir sin ser visto por los demás invitados.