El secreto de Whitmore Manor Capítulo 13 — La habitación del ala norte
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Capítulo 13 — La habitación del ala norte

Arthur Pembroke la esperaba en la pequeña sala contigua al comedor, donde el fuego había consumido buena parte de la leña y solo quedaban unas brasas rojizas bajo una capa de ceniza.

Sobre la mesa había dos tazas de té, una jarra de leche y un plato de tostadas que ninguno de los dos parecía dispuesto a tocar.

El médico había extendido una hoja de papel con varias anotaciones relativas al despacho de sir Reginald: la posición del cuerpo, el estado de la copa de oporto, la disposición de los documentos y la hora indicada por el reloj de sobremesa.

Eleanor se sentó frente a él y dejó su cuaderno junto a la hoja.

Había empezado a acostumbrarse a la manera en que Arthur trabajaba, sin apresurarse a formular conclusiones y sin confundir una intuición convincente con una prueba.

Aquella prudencia, que en otras circunstancias quizá habría considerado excesiva, le resultaba ahora tranquilizadora.

—Me gustaría examinar la habitación del ala norte antes de que alguien vuelva a entrar —dijo Eleanor—.

Agnes me advirtió que no abriera la caja, pero no me explicó qué temía encontrar dentro.

Creo que la advertencia tenía menos que ver con el objeto que con la persona que pudiera descubrir su contenido.

Arthur dejó la pluma sobre la mesa. —¿Está segura de que la caja sigue allí?

—Lo estaba anoche. Y Agnes sabía exactamente dónde mirar cuando entró en la habitación.

No me dijo quién la había trasladado, pero estoy convencida de que teme que alguien encuentre algo que lleva años escondido.

No quiero forzar la cerradura ni alterar lo que haya dentro.

Solo necesito averiguar por qué se encuentra en esa habitación y qué relación tiene con las fotografías.

Arthur aceptó acompañarla, aunque insistió en que no debían registrar las dependencias de manera que pareciera una investigación oficial.

La policía local no había conseguido llegar a la finca debido a la nieve acumulada en los caminos, y mientras no se presentara una autoridad competente, cualquier descubrimiento tendría que conservarse con el mayor cuidado posible.

Eleanor comprendió la advertencia. Si encontraba algo importante y después no podía explicar quién lo había tocado, en qué estado se encontraba o dónde había aparecido, la prueba podía perder su valor.

Guardó las fotografías en un sobre rígido, protegió las esquinas con una hoja de papel y siguió a Arthur por el corredor que conducía a la escalera secundaria.

El ala norte tenía una temperatura distinta a la del resto de la casa.

Allí las chimeneas se encendían con poca frecuencia y las ventanas, orientadas hacia los terrenos más boscosos, dejaban pasar una corriente fría que parecía deslizarse bajo las puertas.

Las paredes conservaban el papel floreado de otra época, aunque la humedad había levantado algunas tiras en las esquinas, y varios cuadros habían sido retirados dejando rectángulos más claros sobre el revestimiento.

Eleanor avanzó despacio, observando los marcos vacíos, las marcas de los muebles desplazados y las pequeñas diferencias que podían indicar que una habitación había sido utilizada recientemente.

En una casa habitada durante generaciones, pensó, el abandono nunca era completo: siempre quedaba alguna señal de la última persona que había cruzado una estancia, por descuido o porque había confiado demasiado en que nadie repararía en ella.

La habitación donde había encontrado la caja permanecía cerrada.

Arthur comprobó primero el picaporte y después miró a Eleanor, que asintió antes de que él abriera la puerta.

Todo parecía igual que la noche anterior, pero la caja de madera ya no estaba sobre la cómoda.

En su lugar había quedado un círculo limpio en medio del polvo, y la sábana que cubría los muebles cercanos se había deslizado hasta el suelo.

Eleanor se acercó a la cómoda y examinó la superficie sin tocarla.

Alguien se había llevado la caja durante las pocas horas transcurridas desde su visita, lo que significaba que la persona conocía su existencia, sabía que Eleanor la había descubierto o, al menos, sospechaba que estaba cerca de encontrarla.

El cambio era demasiado evidente para atribuirlo a una simple tarea doméstica.

—No se la han llevado para guardarla mejor —dijo Arthur, examinando la habitación desde la puerta—. Si ese hubiera sido el propósito, habrían podido dejarla donde estaba. Quien la ha retirado no quiere que la encontremos.

—O quiere que pensemos que la caja contiene algo importante —repuso Eleanor—. No debemos olvidar esa posibilidad. Si alguien sabe que estamos siguiendo las pistas de 1857, puede estar utilizando nuestros descubrimientos para conducirnos hacia una explicación que le convenga.

Arthur la miró con una aprobación discreta.

Eleanor sabía que su facilidad para establecer conexiones podía ser tanto una ventaja como una debilidad.

Un objeto fuera de lugar podía revelar una acción, pero no necesariamente su motivo; una persona que ocultaba algo no tenía por qué ser culpable de asesinato.

Había aprendido esa diferencia en su librería, donde los clientes dejaban a menudo libros en lugares equivocados, olvidaban cartas entre las páginas o regresaban meses después buscando un volumen que habían jurado no haber comprado nunca.

Las cosas conservaban huellas, pero no siempre contaban la historia que uno esperaba encontrar en ellas.

Al fondo de la habitación, detrás de un biombo de madera pintada, descubrieron una puerta estrecha que no figuraba en el plano de las dependencias que Eleanor había visto en el despacho de sir Reginald.

Estaba casi oculta por un armario bajo, y el borde de la madera presentaba arañazos recientes, como si el mueble hubiera sido desplazado más de una vez.

Arthur ayudó a apartarlo con cuidado. La puerta no tenía pomo, únicamente una cerradura pequeña y un orificio antiguo en el lugar donde quizá había existido una llave.

Eleanor pasó la mano a unos centímetros de la superficie, sin tocarla, y descubrió una línea de polvo interrumpida cerca del suelo.

La puerta había sido abierta recientemente.

Cuando Arthur acercó la lámpara, se distinguieron también unas marcas oscuras en el marco, no manchas de sangre, como Eleanor temió durante un instante, sino restos de cera endurecida, probablemente procedentes de una vela que alguien había acercado demasiado a la madera.

—¿Adónde conduce? —preguntó ella.

—No lo sabremos hasta que podamos abrirla.

No necesitaron forzarla. Arthur descubrió que la cerradura cedía al presionar una pequeña pieza de metal oculta bajo el borde del marco, un mecanismo sencillo que parecía haber sido instalado mucho antes de que se modificara el resto de las habitaciones.

La puerta se abrió con un quejido breve y dejó al descubierto un pasadizo estrecho, apenas lo bastante ancho para que una persona pudiera avanzar sin rozar ambas paredes.

El aire que salió de su interior olía a piedra húmeda, madera vieja y algo más difícil de identificar: el olor seco de los papeles guardados durante décadas en un lugar sin ventilación.

Arthur tomó la lámpara y entró primero, mientras Eleanor lo seguía con una mano apoyada en la pared.

El suelo estaba cubierto por una capa fina de polvo, interrumpida por varias huellas recientes que se dirigían hacia una segunda puerta al final del corredor.

Las huellas no eran claras, pero sí suficientes para demostrar que alguien había pasado por allí después de la última nevada.

La suela dejaba una marca estrecha con pequeñas líneas diagonales en los bordes, y junto a una de ellas había quedado prendido un fragmento de hilo oscuro.

Eleanor se agachó para observarlo sin recogerlo.

No podía determinar el tamaño exacto del calzado ni la identidad de quien lo llevaba, pero sí advirtió que las marcas avanzaban en una sola dirección y que, al regresar, quienquiera que hubiera recorrido el pasadizo había procurado pisar sobre sus propias huellas.

La maniobra no había borrado el rastro; al contrario, había creado una superposición que hacía pensar en una persona consciente de la importancia de no dejar señales.

Eleanor recordó la figura que había visto desde su habitación, avanzando desde el bosque con algo oscuro bajo el brazo, y se preguntó si ambas escenas podían estar relacionadas.

La puerta del extremo estaba cerrada, aunque no con llave.

Arthur la empujó despacio y la lámpara iluminó una estancia de dimensiones reducidas, con una ventana estrecha orientada hacia el jardín y una mesa de trabajo cubierta de polvo.

Había estantes vacíos, dos sillas, un armario con las puertas desencajadas y una chimenea cuyo interior conservaba restos de ceniza.

En la pared colgaba un pequeño calendario de hojas amarillentas, detenido en diciembre de 1857.

Alguien había marcado con lápiz el día veinticinco y dibujado un círculo alrededor de la fecha.

Eleanor se acercó, sorprendida por la precisión con que aquel espacio parecía haber quedado congelado en el tiempo.

Sobre la mesa encontró un tintero seco, una pluma de ave rota y varios papeles tan deteriorados que apenas podían levantarse sin que se deshicieran por los bordes.

No era una habitación de paso ni un simple almacén; había sido utilizada para trabajar, escribir o guardar documentos lejos de las estancias principales.