Capítulo 12 — Una fotografía de invierno #3
Antes de que Eleanor pudiera preguntarle qué quería decir, la ama de llaves se volvió y salió al corredor.
Sus pasos se alejaron con rapidez, pero no lo suficiente para ocultar el sonido de una puerta que se abría al fondo y volvía a cerrarse.
Eleanor esperó, escuchando, hasta que el silencio recuperó su peso.
Después regresó a su habitación con las dos fotografías y cerró el pestillo.
Colocó la imagen del invernadero junto a la de la fachada y comparó los detalles: el broche en forma de hoja, el libro con las iniciales E.
W., la niña de la capa demasiado grande y la figura que permanecía al fondo, junto a la entrada.
En ambas imágenes, el hombre sostenía el volumen con la mano izquierda.
En ambas, además, llevaba en el dedo anular un anillo oscuro, quizá de sello, cuyo emblema no se distinguía con claridad.
Era un detalle pequeño, pero podía servir para identificarlo si aparecía en otra fotografía o en algún retrato conservado en la casa.
Cuando el reloj dio las cuatro, Eleanor había llegado a una conclusión que todavía no se atrevía a compartir con Arthur.
El secreto de Whitmore Manor no parecía girar únicamente alrededor de un asesinato reciente ni de una herencia disputada, sino de una verdad que alguien había intentado enterrar durante treinta años y que, por alguna razón, sir Reginald había decidido desenterrar antes de Navidad.
La carta quemada, el adorno de cristal, el cuaderno de Margaret y la fotografía formaban piezas de un mismo conjunto, aunque aún no conocía el orden correcto para unirlas.
Guardó las imágenes entre las páginas de su cuaderno y apagó la lámpara.
Antes de cerrar los ojos, volvió a recordar la frase escrita en el reverso de la primera fotografía: La última Navidad en que estuvimos todos juntos.
Si alguien había querido que la leyera, también había querido que comprendiera que aquella separación no había sido inevitable.
Alguien había tomado una decisión en 1857, y alguien, treinta años después, había muerto antes de poder explicar por qué.
Al amanecer, Eleanor bajó al comedor con las fotografías ocultas bajo la cubierta de su cuaderno.
La casa despertaba lentamente, envuelta en el olor del carbón y del pan tostado, y los criados se movían con una discreción casi ceremoniosa para no perturbar la tensión que había quedado suspendida desde la muerte de sir Reginald.
Arthur Pembroke se encontraba junto a la ventana, examinando el cielo gris, y levantó la cabeza cuando ella entró.
Bastó una mirada para que Eleanor comprendiera que él también había pasado una noche difícil.
No le preguntó de inmediato dónde había estado ni por qué tenía ojeras; simplemente apartó una silla para que se sentara y esperó hasta que los demás abandonaron la estancia para ocuparse de sus tareas.
—He encontrado algo relacionado con la Navidad de 1857 —dijo Eleanor, sacando la primera fotografía—. Creo que debemos averiguar quién es el hombre que aparece junto a Eleanor Whitmore y qué libro sostiene entre las manos.
Arthur observó la imagen con atención. Su expresión cambió al detenerse en el rostro del hombre y, después, en el anillo oscuro de su mano izquierda.
No habló durante varios segundos. Finalmente acercó la fotografía a la ventana, buscando una claridad que permitiera distinguir mejor el emblema del sello.
—Este anillo lo he visto antes —dijo al fin—. No en un retrato antiguo, sino aquí, en Whitmore Manor. Edmund Vale lo llevaba ayer por la tarde, cuando revisaba los documentos de sir Reginald.
Eleanor sintió que la habitación se enfriaba a su alrededor.
El nombre del abogado no resolvía el misterio: Edmund Vale podía poseer un anillo heredado de su familia, y la semejanza entre dos piezas de joyería no demostraba que el hombre de la fotografía fuera antepasado suyo.
Pero si la identificación era correcta, el vínculo entre el libro desaparecido y el actual administrador de los asuntos legales de los Whitmore era mucho más directo de lo que había imaginado.
Arthur devolvió la fotografía con cuidado y añadió, en un tono más grave:
—Hay algo más que debe saber. Anoche, antes de retirarme, revisé por última vez el despacho de sir Reginald.
No encontré una causa concluyente que explicara su muerte, pero sí advertí que el reloj de sobremesa se había detenido a una hora que no coincide con la que nos dijeron que lo encontraron.
No sé todavía si fue manipulado o si dejó de funcionar por otra razón.
Sin embargo, si alguien alteró ese reloj, quizá también intentó modificar la hora de la muerte.
Eleanor guardó de nuevo las fotografías.
Por primera vez desde que había llegado a Whitmore Manor, dos líneas de investigación parecían acercarse: el hombre que sostenía el libro en 1857 y el abogado que había pasado veinte años custodiando los documentos de la familia; la historia de una mujer silenciada y la muerte de un hombre que había anunciado que revelaría una decisión al día siguiente.
No sabía aún si ambas líneas conducían a la misma persona, pero sí comprendía que ya no podía permitirse considerar por separado el pasado y el presente.
La nieve seguía cubriendo los caminos, los árboles y los muros de la finca, y el mundo exterior continuaba aislado por la tormenta.
Dentro de la casa, en cambio, algo había empezado a moverse.
Alguien había decidido que el pasado debía salir de su escondite, pero todavía no estaba claro si lo hacía para que se conociera la verdad o para asegurarse de que nadie llegara a descubrirla.