El secreto de Whitmore Manor Capítulo 12 — Una fotografía de invierno #2
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Capítulo 12 — Una fotografía de invierno #2

La voz surgió detrás de ella y Eleanor se volvió de inmediato.

Agnes Pritchard permanecía en la puerta, vestida con una bata oscura y un chal cruzado sobre los hombros.

No parecía sorprendida de encontrarla despierta; lo que llamó la atención de Eleanor fue la forma en que miraba la fotografía que sostenía entre las manos, con una mezcla de reconocimiento y temor que desapareció casi en el mismo instante en que advirtió que estaba siendo observada.

La ama de llaves llevaba una lámpara pequeña y la sostenía con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos.

Durante unos segundos ninguna de las dos habló.

Afuera, el viento golpeó la ventana con una ráfaga de nieve, y una rama rozó el cristal con un sonido semejante al de unas uñas buscando entrada.

—He encontrado esto en la habitación —dijo Eleanor, sin entregarle la imagen—. También he encontrado una caja que figura en el inventario de la casa. Me gustaría saber por qué alguien la ha movido.

Agnes bajó la vista hacia la cómoda. La expresión de su rostro se endureció, no con la indignación de quien se siente acusado injustamente, sino con el cansancio de quien ha esperado durante años que una pregunta terminara por llegar.

—Hay cosas que se guardan porque deben conservarse y otras porque nadie sabe qué hacer con ellas —respondió—.

En esta casa se han confundido ambas razones durante demasiado tiempo.

Su señoría preguntó por esa caja hace unos días.

Quería saber si seguía aquí y si alguien había abierto el compartimento inferior.

Le dije que no lo sabía, porque no lo sabía entonces.

Pero esta tarde la encontré fuera de su sitio.

No fui yo quien la trajo hasta esta habitación.

—¿Quién más tiene acceso al ala norte?

—Cualquiera que conozca la casa lo suficiente como para no perderse en ella —contestó Agnes—.

Y eso incluye a más personas de las que usted imagina.

La llave pequeña que me vio llevar no abre únicamente una puerta.

Pertenece a un juego antiguo que se utilizaba cuando esta parte de la casa todavía estaba habitada.

Algunas cerraduras se cambiaron y otras no.

Hace años, sir Reginald ordenó que no se entregaran esas llaves a nadie, aunque nunca explicó por qué. Desde entonces las he guardado yo.

Eleanor reparó en que Agnes había evitado mencionar el nombre de Eleanor Whitmore. —¿Conoció usted a alguien que viviera en la casa en 1857?

La mujer soltó una risa breve, sin alegría.

—Tenía veintiséis años cuando entré al servicio de los Whitmore.

No había nacido cuando ocurrió aquello, pero mi madre sí conoció a personas que estuvieron aquí.

Me enseñó que una casa puede conservar los pasos de sus habitantes mucho después de que sus nombres hayan desaparecido de los registros.

También me enseñó que, cuando una familia decide olvidar, quienes trabajan para ella suelen ser los primeros en aprender qué cosas no deben repetirse.

Nunca me contó la historia completa. Solo decía que aquella Navidad hubo una mujer a la que no permitieron despedirse de nadie y un libro que desapareció antes de que pudiera hablar.

Cuando le pregunté qué mujer era, me respondió que no importaba el nombre, porque lo terrible no había sido que la olvidaran, sino que todos aceptaran el olvido como si hubiese sido una decisión suya.

La respuesta dejó a Eleanor sin una réplica inmediata.

Agnes no había afirmado que la mujer fuera Eleanor Whitmore, pero las palabras encajaban con demasiada precisión en los huecos de la historia para considerarlas una coincidencia.

La fotografía de invierno había convertido una sospecha abstracta en una escena concreta: una mujer, un hombre, una niña y un libro, reunidos en el mismo lugar durante una Navidad que la familia había preferido borrar.

Sin embargo, todavía faltaba comprender por qué aquel recuerdo había regresado precisamente ahora, por qué sir Reginald había buscado la caja y el volumen poco antes de morir, y quién había dejado el sobre ante la puerta de Eleanor.

La persona que había llevado la fotografía hasta su habitación conocía sus movimientos y sabía que ella era la única que podía reconocer la importancia de aquella prueba.

También podía estar utilizándola para conducirla hacia una conclusión falsa.

—¿Sabe quién ha dejado esta fotografía en mi puerta? —preguntó.

Agnes negó lentamente con la cabeza, pero tardó una fracción de segundo más de lo necesario.

Eleanor lo advirtió. No era una prueba de culpabilidad, ni siquiera una certeza de que la mujer estuviera mintiendo; podía tratarse simplemente de una vacilación nacida del miedo.

Aun así, decidió no insistir. En lugar de eso, dejó la fotografía sobre la cómoda, junto al marco de plata, y observó cómo Agnes dirigía una mirada rápida hacia la cerradura de latón.

En aquel movimiento encontró una respuesta parcial: la caja le preocupaba más que la imagen, como si supiera que su contenido podía revelar algo que la fotografía apenas insinuaba.

—No la abra —dijo Agnes, casi en un susurro—. Si encuentra lo que hay dentro, no podrá volver a fingir que esta casa es solamente una casa.