Capítulo 12 — Una fotografía de invierno
Eleanor permaneció inmóvil junto a la cama, con la mirada fija en la puerta y una mano apoyada sobre el respaldo de la silla donde había dejado su vestido.
Los tres golpes habían sido tan discretos que, de no haber pasado las últimas horas examinando una casa llena de secretos, quizá los habría confundido con el crujido de la madera bajo el peso del frío.
Sin embargo, había algo deliberado en aquella llamada, una cautela que no se correspondía con la urgencia habitual de quien busca ayuda, sino con el temor de ser oído por alguien que pudiera encontrarse al otro lado del pasillo.
Se acercó sin encender la lámpara, levantó el pestillo y abrió apenas lo suficiente para distinguir el corredor, iluminado por la luz amarillenta de dos candiles que ardían en sus soportes de hierro.
No había nadie. El papel de las paredes parecía más oscuro a aquellas horas y las sombras de los cuadros se alargaban hasta el suelo, mientras, desde alguna parte de la casa, llegaba el sonido profundo de una puerta que se cerraba lentamente.
—¿Hay alguien? —preguntó en voz baja.
Su propia voz le pareció extrañamente ajena.
Esperó unos segundos, sin obtener respuesta, y estuvo a punto de cerrar cuando advirtió algo junto al umbral: un pequeño sobre de papel grueso, de color crema, colocado con tanto cuidado que parecía haber sido depositado allí para que no pudiera pasar inadvertido.
Se agachó, lo recogió y comprobó que no llevaba nombre ni sello, únicamente una línea trazada con tinta azul en el reverso.
Reconoció inmediatamente aquel color. Era el mismo tono oscuro que había visto en la anotación de la carta parcialmente quemada del despacho de sir Reginald y en algunas de las páginas del cuaderno de Eleanor Whitmore, aunque sabía que una coincidencia en el color de la tinta no bastaba para establecer relación alguna.
Cerró la puerta, corrió el pestillo y acercó el sobre a la lámpara.
Dentro encontró una fotografía antigua, ligeramente combada por la humedad, cuyo papel había adquirido en los bordes el color amarillento de las hojas secas.
La imagen mostraba a tres personas delante de Whitmore Manor durante un invierno remoto: una mujer joven, un hombre de pie a su lado y una niña sentada en un banco de piedra, envuelta en una capa demasiado grande para su cuerpo.
Al fondo, casi oculta por las ramas desnudas de un árbol, se distinguía una cuarta figura junto a la entrada del invernadero.
Eleanor acercó la fotografía a la luz. La mujer llevaba un vestido oscuro de cuello alto y un broche en forma de hoja sujeto bajo la garganta.
Su rostro era alargado, de facciones delicadas, y tenía esa expresión serena de quienes han aprendido a observar antes de hablar.
No sonreía, pero tampoco parecía triste; miraba directamente al fotógrafo con una firmeza que resultaba casi incómoda, como si hubiese aceptado posar únicamente porque consideraba que algún día aquella imagen tendría que servir para algo más importante que conservar un recuerdo familiar.
Eleanor reconoció el parecido antes de encontrar una confirmación material: los ojos, la línea de las cejas y la forma ligeramente inclinada de la cabeza coincidían con los rasgos de la mujer que aparecía en un retrato deteriorado de la biblioteca.
Era Eleanor Whitmore, la bisabuela de Margaret, la mujer cuyo nombre había sobrevivido en las notas de botánica mientras su historia parecía haber sido arrancada de la memoria de la familia.
El hombre que permanecía a su lado era más difícil de identificar.
Vestía un abrigo oscuro, llevaba guantes y sostenía un libro contra el costado izquierdo, con la mano colocada sobre la cubierta como si quisiera impedir que alguien pudiera arrebatárselo.
No pertenecía a la generación de sir Reginald, aunque el parecido de su perfil con el de Charles Whitmore sugería algún parentesco.
La niña, en cambio, tenía un rostro que Eleanor creyó haber visto en otra parte: una fotografía familiar expuesta en el salón, donde aparecía una niña de rizos claros junto a una mujer mayor.
Aquella imagen había sido identificada por Lady Beatrice como un recuerdo de la infancia de su marido, pero Eleanor no estaba segura de que se tratara de la misma persona.
En el reverso de la fotografía recién encontrada, escrito con una caligrafía inclinada y ya desvaída, se leía una fecha: 25 de diciembre de 1857.
Debajo, alguien había añadido una frase breve: La última Navidad en que estuvimos todos juntos.
La fotografía no demostraba por sí sola que hubiera existido un crimen, una traición o una disputa por la herencia, pero alteraba la naturaleza de las preguntas que Eleanor llevaba formulándose desde su llegada.
Hasta entonces había considerado el pasado de la familia como una historia incompleta, una sucesión de silencios quizá nacidos de la vergüenza, de los rencores heredados o de la necesidad de proteger una reputación.
Ahora comprendía que alguien había conservado deliberadamente una prueba de aquella Navidad y que, durante casi treinta años, la imagen había permanecido fuera de los álbumes familiares.
El hombre del libro, la niña y la figura junto al invernadero no eran detalles secundarios: los cuatro parecían formar parte de una escena que alguien había considerado necesario recordar y, al mismo tiempo, peligroso explicar.
Volvió a mirar la anotación del reverso.
Si aquella había sido realmente la última Navidad en que todos estuvieron juntos, ¿qué había ocurrido después para que una mujer como Eleanor Whitmore desapareciera de la historia de su propia familia?
No volvió a acostarse. Guardó la fotografía dentro de su cuaderno, se puso una bata de lana sobre el camisón y esperó unos minutos antes de salir.
No quería que quien había dejado el sobre supiera que había encontrado la imagen, ni deseaba recorrer los pasillos a ciegas sin tener una idea clara de hacia dónde dirigirse.
Desde la escalera llegaba el olor tenue de la cera consumida y, más abajo, el aire frío que entraba por alguna rendija hacía temblar las llamas de los candiles.
Al llegar al rellano del primer piso vio una puerta entreabierta que juraría haber encontrado cerrada la tarde anterior.
Era la habitación donde se guardaban algunos muebles retirados de las estancias principales, una pieza poco utilizada que Agnes había mencionado de pasada cuando Eleanor preguntó por el ala norte.
La empujó con suavidad y descubrió, junto a una cómoda cubierta por una sábana, varios marcos apilados contra la pared.
El cuarto olía a polvo, a tela húmeda y a madera antigua; la escarcha dibujaba pequeños helechos sobre el cristal de la ventana, y una corriente de aire movía las esquinas de una cortina que alguien había dejado sin recoger.
Sobre la cómoda descansaba una caja rectangular de madera oscura, con los herrajes ennegrecidos y una cerradura de latón.
Eleanor la reconoció por la descripción que había leído en el inventario: una caja pequeña, trasladada años atrás desde la habitación de Lady Whitmore hasta el ala norte, cuyo contenido nunca se había registrado.
No intentó abrirla. Recordaba demasiado bien la advertencia de Arthur sobre el peligro de manipular objetos antiguos sin conocer su mecanismo y, sobre todo, comprendía que la caja podía ser una de las piezas que sir Reginald había intentado recuperar antes de morir.
En su lugar, examinó la superficie, donde el polvo se interrumpía en una franja reciente, señal de que alguien la había movido hacía poco.
A un lado encontró un marco de plata vuelto hacia la pared.
Al levantarlo, descubrió una segunda fotografía, esta vez tomada en el interior del invernadero, con una mesa de trabajo repleta de macetas, frascos y hojas prensadas.
La mujer del retrato aparecía sentada junto a la mesa; a su lado estaba el mismo hombre del libro, y detrás de ambos, casi escondida entre las plantas, se distinguía la silueta de una anciana.
En esta segunda imagen, el rostro de Eleanor Whitmore resultaba más nítido.
Llevaba las mangas remangadas y sostenía una pequeña rama entre los dedos, mientras el hombre, sin abrigo, parecía leerle algo desde un volumen abierto.
La escena tenía una intimidad tranquila, ajena a la solemnidad de los retratos familiares, y precisamente por eso sugería que entre ellos existía una confianza que no se había limitado a las obligaciones de una casa.
Eleanor examinó el libro, cuya cubierta mostraba una marca apenas visible en la parte inferior: dos iniciales entrelazadas, E.
W., y debajo un número escrito a mano, el siete.
Recordó la nota del inventario de la biblioteca, el volumen de memorias publicado en Londres en 1849 y retirado durante la Navidad de 1857 por orden de R.
W. ¿Era aquel el libro desaparecido? No podía asegurarlo, pero la coincidencia era demasiado concreta para ignorarla.
En el borde inferior de la fotografía había una anotación escrita con lápiz: El original debe permanecer donde ella lo dejó.
No se mencionaba qué era el original, ni quién debía custodiarlo, pero la frase parecía referirse a algo más que un volumen.
—No debería estar aquí a estas horas.