Capítulo 11 — El adorno de cristal #4
Aquella explicación ofrecía una interpretación distinta de la escena de Nochebuena.
Lady Beatrice no había ocultado el adorno por temor a que alguien lo rompiera, sino porque esperaba una reacción de su marido y no había obtenido ninguna.
Eleanor no podía saber si la viuda estaba contando toda la verdad, pero su confesión tenía una coherencia que no había mostrado en las respuestas anteriores.
Sir Reginald había buscado el objeto antes de morir; su esposa se había negado a entregárselo; y durante la cena ambos habían tenido una oportunidad de hablar sin que los demás comprendieran el motivo de su tensión.
Si el adorno contenía una prueba, quizá ninguno de los dos quisiera que los otros invitados supieran de su existencia.
Cuando Eleanor abandonó el salón, el cielo comenzaba a oscurecer de nuevo.
La nieve se había detenido, pero la luz se retiraba de los campos y las ventanas reflejaban el interior de la mansión como espejos apagados.
La joven caminó hasta la biblioteca, donde Arthur seguía revisando el inventario.
Le contó la discusión entre Lady Beatrice y Sir Reginald, la petición de recuperar el adorno y la referencia a la devolución de algo que nunca debió pertenecer a la familia.
Arthur escuchó con atención y reconoció que aquello podía relacionarse con una herencia disputada o con la restitución de documentos, aunque no bastaba para establecer un motivo de asesinato.
También señaló que, si el objeto era tan importante, debía averiguarse quién había tenido acceso a él durante la noche y si alguien había intentado llevárselo del salón.
—La esfera sigue en poder de Lady Beatrice —dijo Eleanor—. No creo que vaya a entregársela a nadie voluntariamente.
—Entonces debemos respetar su decisión, al menos hasta que llegue el agente. Si contiene una prueba, podrá examinarse con las precauciones necesarias. Si no contiene nada, habremos evitado destruir un recuerdo familiar por una sospecha.
Eleanor aceptó la recomendación. Antes de cerrar el inventario, Arthur le mostró una anotación que había encontrado en una hoja suelta, fechada muchos años después de la Navidad de 1857.
El documento registraba varias pertenencias trasladadas desde la habitación de Lady Whitmore a una dependencia del ala norte.
Entre ellas aparecía una descripción breve : Caja pequeña de madera, cierre de latón, contenido no inventariado.
No se indicaba quién había recibido la caja ni dónde se había guardado después.
La anotación estaba firmada con unas iniciales que Arthur no reconocía, y la fecha había sido parcialmente borrada por la humedad.
Eleanor pensó en la marca rectangular del escritorio y en la carpeta desaparecida.
Tal vez la caja hubiera permanecido allí durante años y alguien la hubiera retirado recientemente.
No podía asegurarlo, pero el documento confirmaba que la caja no era solo un recuerdo impreciso de Margaret.
La noche volvió a cerrar la mansión bajo una capa de silencio.
Eleanor regresó a su habitación y guardó la nota anónima en el sobre donde la había conservado durante el día.
Después abrió su libreta y escribió todo lo que había averiguado sobre el adorno de cristal: la estrella plateada, la grieta, la estructura metálica interior, las palabras de Margaret y la disputa entre Sir Reginald y Lady Beatrice.
Añadió también la referencia a la caja de madera trasladada al ala norte y la anotación del cuaderno de botánica: La estrella conserva lo que la memoria pierde.
Aún no sabía si la frase aludía a un objeto escondido dentro de la esfera o a un testimonio que alguien había intentado preservar.
Pero la conversación con Lady Beatrice había cambiado la naturaleza de la investigación.
El adorno ya no era una curiosidad navideña ni un recuerdo sentimental; era una pieza que Sir Reginald había querido recuperar pocos días antes de morir, y su esposa había considerado lo bastante importante como para negársela.
Eleanor se acercó a la ventana y observó la oscuridad que se extendía sobre el jardín.
Más allá de los árboles, el invernadero permanecía iluminado por una débil luz que podía proceder de una lámpara olvidada o de alguien que todavía trabajaba en su interior.
No podía distinguir ninguna figura, pero recordó las huellas que conducían a la caseta y el objeto cubierto por una tela que Mary había visto aquella mañana.
Si aquel objeto era el libro desaparecido, quizá alguien hubiera intentado trasladarlo antes de que llegaran las autoridades.
Si era la caja de madera, tal vez contuviera las cartas que faltaban.
Y si ninguno de los dos lo era, aún quedaba por explicar por qué alguien había entrado en el ala norte y retirado una carpeta de un escritorio que llevaba años cubierto de polvo.
Antes de apagar la lámpara, Eleanor escribió una última frase en su libreta: Sir Reginald quería recuperar el adorno, pero alguien no quería que el pasado volviera a abrirse.
La anotación no era una conclusión, sino una pregunta formulada de otra manera.
La estrella plateada parecía conservar algo que los habitantes de Whitmore Manor no se atrevían a nombrar, y el silencio que rodeaba al objeto podía ser tan importante como cualquier cosa que se encontrara en su interior.
Eleanor cerró la libreta y se preparó para descansar, consciente de que al día siguiente tendría que averiguar quién había retirado la carpeta del ala norte y qué relación guardaba con la caja de madera.
Sin embargo, cuando se disponía a apagar la lámpara, oyó un ruido leve en el corredor: tres golpes discretos, separados por una pausa, como si alguien quisiera asegurarse de que estaba despierta antes de atreverse a llamar de nuevo.