El secreto de Whitmore Manor Capítulo 11 — El adorno de cristal #3
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Capítulo 11 — El adorno de cristal #3

Cuando el reverendo se marchó, Eleanor se quedó junto a la mesa, mirando el inventario abierto.

La frase de la nota anónima volvía a su pensamiento: no buscar la verdad en el libro, sino en quien había temido que se leyera.

Si el adorno contenía algo, quizá su función no fuera revelar directamente el secreto, sino preservar una prueba que alguien había intentado mantener a salvo.

También era posible que la estrella plateada fuera simplemente un símbolo que indicaba dónde encontrar otra cosa.

La idea le recordó las marcas que se utilizaban en los catálogos antiguos para señalar volúmenes especiales o documentos que no debían trasladarse sin autorización.

Quizá el objeto hubiera sido utilizado como una señal entre miembros de la familia, una manera de identificar algo que solo unos pocos conocían.

Al caer la tarde, Eleanor regresó al salón principal.

Lady Beatrice había ordenado retirar la mayoría de los adornos del árbol, aunque la esfera de cristal seguía guardada en la caja de terciopelo que descansaba sobre una mesa junto a la chimenea.

La viuda estaba sentada cerca de la ventana, con una labor de costura entre las manos, pero no parecía concentrada en ella.

Cuando Eleanor se acercó, Lady Beatrice dejó la aguja sobre el paño y le preguntó si había averiguado algo nuevo.

La joven respondió que había hablado con Margaret y con el reverendo Bell, quienes recordaban que el adorno había sido considerado importante por la madre y la abuela de Margaret.

No mencionó la anotación del cuaderno ni la frase sobre la verdad que nadie quería reconocer.

Prefería comprobar primero si Lady Beatrice estaba dispuesta a hablar por voluntad propia.

—Parece que ese pequeño objeto tiene una historia más larga de lo que imaginaba —dijo Eleanor.

Lady Beatrice miró hacia la caja de terciopelo.

—Los objetos sobreviven a las personas y, con el tiempo, adquieren significados que quizá nunca tuvieron al principio. A veces conservamos una cosa porque perteneció a alguien a quien amábamos, no porque sepamos qué representa.

—¿Es ese el caso de la esfera?

La viuda tardó en responder.

—No lo sé. Mi suegra nunca me explicó por qué la guardaba.

Solo me pidió que no la tirara y que no permitiera que se rompiera.

Durante años obedecí porque no veía ninguna razón para hacer lo contrario.

Después, cuando Reginald empezó a buscar documentos antiguos, me pidió que le entregara algunas cajas que pertenecían a su madre.

Le di varias, pero conservé otras. No sabía qué esperaba encontrar y no quería que todo lo que había pertenecido a aquella mujer terminara repartido entre abogados y familiares que apenas recordaban su nombre.

Eleanor comprendió que la viuda acababa de admitir algo que hasta entonces había mantenido en secreto: había retenido objetos de la madre de Sir Reginald cuando él se los pidió.

La explicación podía ser perfectamente comprensible, pues los recuerdos familiares no siempre se trataban como simples bienes hereditarios.

Sin embargo, si entre aquellas cajas se encontraba el adorno de cristal, Lady Beatrice podía haberlo conservado precisamente porque sabía que tenía alguna importancia.

Eleanor le preguntó si Sir Reginald había llegado a descubrir que seguía en su poder.

La viuda respondió que él había visto la esfera durante la cena de Nochebuena, cuando ella la colocó en el árbol, pero no había hecho ningún comentario.

Después añadió, casi en un susurro, que su marido llevaba semanas preguntándole por una caja pequeña que había pertenecido a su madre.

—¿La caja de madera que mencionó Margaret? —preguntó Eleanor.

Lady Beatrice levantó la mirada.

—¿Quién le ha hablado de esa caja?

—Margaret me dijo que su madre la conservó durante años y que después desapareció.

La viuda pareció perder el color del rostro. Se levantó, caminó hasta la ventana y permaneció unos instantes observando la nieve.

—No sé dónde está esa caja —dijo finalmente—.

La última vez que la vi fue hace muchos años.

Estaba en la habitación de mi suegra, dentro de un armario.

Después de su muerte, algunas de sus pertenencias se trasladaron al ala norte y otras fueron guardadas en la biblioteca.

No puedo decirle qué ocurrió con cada una.

—¿Y Sir Reginald la buscaba?

—Sí. Me preguntó varias veces si sabía dónde estaba. Le dije que no la había visto desde hacía años. Creo que me creyó, aunque nunca dejó de preguntar.

Eleanor no sabía si la viuda decía toda la verdad, pero la respuesta explicaba parte de su inquietud.

Si Sir Reginald había estado buscando la caja, el adorno de cristal podía ser una de las pocas pertenencias de aquella época que todavía se encontraban en manos de alguien capaz de reconocer su significado.

La joven preguntó si podía examinar la esfera una vez más, no para abrirla, sino para observar cómo estaba construida.

Lady Beatrice la miró durante largo rato y finalmente aceptó, con la condición de que no intentara desmontarla ni se la llevara de la habitación.

Eleanor se acercó a la mesa y tomó el objeto con ambas manos, sujetándolo por las zonas más gruesas del cristal.

La esfera era ligera, aunque en su interior parecía haber una pequeña estructura que no se movía cuando ella la inclinaba con cuidado.

Al acercarla a la luz de la ventana, observó que la estrella plateada no estaba simplemente suspendida dentro del vidrio.

Parecía fijada a una pieza estrecha de metal que descendía desde la parte superior y desaparecía detrás de la figura.

Junto al extremo inferior de la estrella había una línea oscura, demasiado regular para ser una simple mancha de polvo.

Eleanor giró el adorno unos grados y vio que la grieta coincidía con una pequeña variación en la superficie interior, como si la esfera hubiera recibido un golpe que no llegó a romperla por completo.

No intentó presionar ni introducir ningún instrumento en la abertura.

Se limitó a examinar el objeto desde varios ángulos y a recordar la posición exacta de la estrella con respecto a la grieta.

—¿Qué ve? —preguntó Lady Beatrice.

—No estoy segura. La estrella parece estar sujeta por una pieza de metal, y hay algo oscuro cerca de uno de sus extremos. Podría ser una imperfección de fabricación.

—Entonces no hay nada que descubrir.

Eleanor levantó la vista.

—No he dicho eso. He dicho que todavía no sé qué estoy viendo.

La viuda extendió las manos para recuperar el adorno.

Eleanor se lo entregó con cuidado y observó cómo lo envolvía de nuevo en el terciopelo.

Durante un instante, Lady Beatrice pareció debatirse entre guardar silencio y contar algo que llevaba demasiado tiempo ocultando.

Finalmente, cerró la caja y la sujetó contra el pecho.

—Hay una cosa que debería saber, señorita Wren.

Hace unos días, Reginald me preguntó si todavía conservaba el adorno de la estrella.

Le respondí que sí, aunque no le dije dónde estaba guardado.

Me pidió que se lo entregara antes de Navidad, pero me negué.

No sabía por qué lo quería y temía que pretendiera destruirlo, como había hecho con otras pertenencias de su madre.

Discutimos por ello la noche anterior a su muerte.

Eleanor permaneció inmóvil. La confesión no demostraba que Lady Beatrice tuviera relación con la muerte de su marido, pero confirmaba que la esfera había sido motivo de una disputa reciente.

Sir Reginald había querido recuperarla, y su esposa se había negado a entregársela.

Aquella circunstancia podía explicar la tensión que había observado durante la cena, aunque no aclaraba por qué el adorno debía permanecer oculto ni qué esperaba encontrar el dueño de la mansión en su interior.

—¿Le dijo por qué lo necesitaba? —preguntó Eleanor.

—Dijo que había llegado el momento de devolver algo que nunca debió pertenecerle a esta familia. Le pregunté de qué estaba hablando, pero respondió que no podía explicármelo hasta encontrar el libro y las cartas. Después me pidió que no volviera a mencionar el asunto delante de nadie.

La frase parecía encajar con la decisión que Sir Reginald había anunciado durante la cena.

Quizá pretendía devolver un documento, reconocer una injusticia o renunciar a un derecho que consideraba ilegítimo.

La posibilidad de que el libro y las cartas fueran pruebas de una antigua apropiación empezaba a cobrar sentido, aunque Eleanor no podía saber quién había sido perjudicado ni qué clase de restitución pretendía realizar el dueño de Whitmore Manor.

Le preguntó a Lady Beatrice si había contado aquella discusión a alguien.

La viuda respondió que no, y añadió que, después de la muerte de su marido, había temido que el adorno desapareciera antes de que pudiera comprender por qué lo buscaba con tanta insistencia.

—¿Por eso lo colocó en el árbol durante la cena? —preguntó Eleanor.

Lady Beatrice bajó la mirada hacia la caja.

—Quería verlo una vez más antes de decidir qué hacer con él. Pensé que, si Reginald lo veía, quizá me explicaría finalmente por qué era tan importante. Pero no dijo nada. Solo lo miró durante unos segundos y después continuó hablando con los invitados como si no lo hubiera reconocido.