Capítulo 11 — El adorno de cristal #2
—No. Yo creí que se trataba de una de esas frases que los adultos utilizan para dar importancia a cosas que no tienen ninguna.
Años después, cuando mi madre enfermó, le pregunté de nuevo por el adorno.
Me dijo que ya no estaba en su poder y que debía de haber regresado a las cajas de mi abuela. No quiso hablar más del asunto.
Eleanor recordó la pequeña mancha oscura que había visto junto a la estrella.
Podía tratarse de una acumulación de polvo, una irregularidad del vidrio o cualquier otro detalle sin importancia, pero las palabras de Margaret sugerían que el adorno había sido considerado algo más que una simple decoración.
Preguntó si su madre había mencionado alguna vez a Eleanor Whitmore en relación con el objeto.
Margaret respondió que no de manera directa, aunque en el cuaderno verde había encontrado una anotación sobre «la estrella que conserva lo que la memoria pierde».
La frase aparecía en una página dedicada a las plantas de invierno y estaba escrita con una tinta diferente de la utilizada en las observaciones botánicas.
Margaret no había querido enseñársela antes porque le parecía una nota sin sentido, pero ahora pensaba que quizá merecía examinarse con más cuidado.
La joven subió a su habitación y regresó unos minutos después con el cuaderno envuelto en una tela.
Lo abrió sobre la mesa de la sala y buscó la página que recordaba.
La anotación estaba escrita en el margen inferior, con letra pequeña y ligeramente inclinada.
No aparecía ninguna fecha, aunque la página anterior contenía una referencia a diciembre de 1857.
Eleanor leyó la frase varias veces. La estrella conserva lo que la memoria pierde.
Podía ser una metáfora relacionada con la memoria familiar, o una alusión a un objeto que servía para guardar algo físico.
Si la estrella se encontraba dentro del adorno de cristal, quizá la anotación se refería a la esfera y no a una estrella real.
Pero la frase no decía que el adorno contuviera una carta, una llave o cualquier otra prueba; solo indicaba que alguien había atribuido al objeto una función de conservación.
—¿Cree que hay algo dentro? —preguntó Margaret.
—Creo que su madre quería que usted recordara esa frase. No sé si se refería a algo material o a un recuerdo que consideraba importante.
—Mi madre no solía escribir frases misteriosas. Si anotó eso, debía de tener una razón.
Eleanor estuvo de acuerdo, pero le advirtió que no debían intentar abrir el adorno ni presionar a Lady Beatrice para que se lo entregara.
Si la pieza era tan delicada como parecía, cualquier intento de examinarla sin los instrumentos adecuados podía destruirla.
Además, la existencia de una nota en el cuaderno no demostraba que el objeto estuviera relacionado con la muerte de Sir Reginald.
Podía pertenecer a una historia familiar independiente, aunque la coincidencia con la Navidad de 1857 resultaba difícil de ignorar.
Margaret cerró el cuaderno y lo guardó de nuevo entre la tela, prometiendo que no permitiría que nadie lo examinara sin su consentimiento.
Antes de marcharse, añadió que su madre había conservado durante años una pequeña caja de madera con objetos personales de Eleanor Whitmore, pero que la caja había desaparecido poco después de su muerte.
Nadie había sabido decirle dónde estaba, y Sir Reginald había respondido con irritación cuando ella preguntó por ella.
La mención de la caja devolvió a Eleanor a la habitación del ala norte, donde el polvo interrumpido sobre el escritorio indicaba que alguien había retirado una carpeta u otro objeto rectangular.
Quizá la caja hubiera estado allí, guardada junto a los documentos antiguos, y alguien la hubiera trasladado recientemente.
No tenía pruebas suficientes para afirmarlo, pero la posibilidad de que varios objetos hubieran desaparecido de distintos lugares de la mansión sugería que la búsqueda del secreto se había intensificado en los últimos días.
Si Sir Reginald había intentado recuperar el libro y la correspondencia de 1857, alguien más podía haber comenzado a buscar las mismas pruebas, bien para ayudarlo, bien para impedir que las encontrara.
La muerte del dueño de la casa había cambiado el equilibrio entre esas personas, y ahora cada una parecía actuar con mayor cautela.
Eleanor decidió hablar con Arthur antes de continuar investigando el adorno.
Lo encontró en la biblioteca, examinando el inventario de la familia junto a una ventana.
El médico escuchó con atención la descripción de la esfera, la estrella plateada y la frase anotada en el cuaderno de Margaret.
No pareció sorprendido por la posibilidad de que el objeto tuviera importancia, pero sí insistió en que no debían confundir un símbolo con una prueba material.
Eleanor le explicó que no pretendía hacerlo, aunque le resultaba significativo que Lady Beatrice hubiera ocultado la pieza cuando ella se interesó por ella y que la madre de Margaret hubiera pedido a su hija que no intentara romperla.
—Podría haber dentro algo tan sencillo como un papel enrollado —dijo Arthur—.
Los objetos huecos se han utilizado durante siglos para guardar mensajes, llaves y pequeñas reliquias.
Pero también podría no haber nada. Si alguien quisiera esconder un documento, no elegiría necesariamente un adorno que varias personas pueden manipular durante las fiestas.
—A menos que el adorno pasara desapercibido precisamente porque todos lo consideraban una pieza decorativa.
Arthur reconoció que la idea era posible, aunque señaló que cualquier conclusión dependía de comprobar si la esfera estaba realmente hueca y si existía un mecanismo para abrirla sin romperla.
Le recomendó que no intentara examinarla por su cuenta y que, si conseguían obtener permiso para estudiarla, buscaran a alguien con experiencia en vidrio antiguo.
Eleanor aceptó. No quería destruir un objeto que quizá contuviera una prueba, pero tampoco deseaba que el misterio se prolongara indefinidamente por miedo a tocar una reliquia familiar.
Mientras conversaban, el reverendo Bell entró en la biblioteca con un libro bajo el brazo.
Parecía haber oído parte de la conversación, pues preguntó si estaban hablando del adorno con la estrella plateada.
Eleanor lo miró con sorpresa y el reverendo se detuvo junto a una mesa, como si hubiera comprendido que acababa de revelar más de lo que pretendía.
Arthur le preguntó si conocía el objeto, y Bell respondió que lo había visto muchos años atrás, cuando todavía era un joven sacerdote y visitaba la mansión para atender a un pariente enfermo de Lady Whitmore.
Recordaba que la anciana lo guardaba en una caja separada del resto de los adornos y que, en una ocasión, le había pedido que no permitiera que nadie lo rompiera.
No le había explicado el motivo, y él no había considerado apropiado hacer preguntas sobre una pertenencia personal.
—¿Le dijo alguna vez qué contenía? —preguntó Eleanor.
—No. Pero recuerdo que una vez me preguntó si una verdad podía seguir siendo verdad aunque nadie estuviera dispuesto a reconocerla.
Le respondí que una verdad no dependía de la voluntad de quienes la ocultaban, aunque el silencio podía impedir que se conociera.
Ella me dijo que, en ocasiones, la diferencia entre ambas cosas era suficiente para arruinar una vida.
El reverendo guardó silencio y abrió el libro que llevaba consigo, como si quisiera dar por terminada la conversación.
Eleanor le preguntó si aquella conversación había tenido lugar antes o después de la Navidad de 1857.
Bell respondió que no podía recordarlo con precisión, aunque estaba seguro de que había ocurrido antes de la muerte de Lady Whitmore.
La anciana había fallecido años después, y el reverendo nunca había vuelto a verla.
No sabía si el adorno contenía un documento ni si la mujer había relacionado aquella pieza con la desaparición del libro.
Sin embargo, reconoció que, durante los últimos años de su vida, Lady Whitmore había parecido preocupada por un asunto que no se atrevía a discutir abiertamente.
Había mencionado a una mujer de la familia que había sido tratada injustamente y había dicho que, mientras ciertas cartas siguieran desaparecidas, nadie podría contar la historia completa.
Eleanor sintió que las piezas comenzaban a acercarse, aunque todavía no encajaban.
La referencia a una mujer tratada injustamente podía aludir a Eleanor Whitmore, pero el reverendo no había mencionado su nombre y no había forma de saber si se refería a ella o a otra persona.
La desaparición de cartas, el libro retirado del inventario y el adorno que conservaba una estrella parecían formar parte de una misma historia, pero el vínculo entre ellos seguía sin demostrarse.
Arthur preguntó al reverendo por qué no había contado antes aquella conversación, y Bell respondió que hasta ese momento nadie le había preguntado de forma tan concreta por el objeto.
Además, no había considerado que un recuerdo de juventud pudiera contribuir a explicar la muerte de Sir Reginald.
El médico aceptó la explicación, aunque le pidió que, si recordaba cualquier otro detalle, lo comunicara a las autoridades cuando llegaran.