Capítulo 11 — El adorno de cristal
La mañana avanzó sin que la tormenta concediera a los habitantes de Whitmore Manor el alivio que todos esperaban.
La nieve había dejado de caer durante unos minutos, pero el cielo continuaba cubierto por una masa de nubes oscuras y el viento levantaba remolinos blancos sobre los campos, borrando los caminos que los criados se esforzaban por despejar.
En el interior de la mansión, el frío se había instalado en los corredores más antiguos, donde las chimeneas apenas conseguían templar el aire y las ventanas conservaban una fina capa de hielo en sus bordes.
Eleanor Wren permanecía junto al fuego del salón de lectura, con su libreta abierta sobre las rodillas y una taza de té que había olvidado beber.
La inspección de la habitación del ala norte había añadido una nueva pregunta a las anteriores: alguien había retirado una carpeta de un escritorio cubierto de polvo, y aquella ausencia parecía demasiado reciente para atribuirla al abandono de la estancia.
No obstante, Eleanor se resistía a construir una historia completa a partir de indicios dispersos.
Había aprendido, durante sus años al frente de la librería de Ashcombe, que los objetos antiguos podían sugerir relatos fascinantes y, al mismo tiempo, conducir a errores si uno confundía la huella de una mano con la intención de quien la había dejado.
La ocasión se presentó poco después del mediodía.
Eleanor se dirigía al comedor cuando oyó voces procedentes del salón principal y reconoció la de Lady Beatrice, que discutía con una criada sobre los adornos navideños.
Al acercarse a la puerta, vio que el árbol seguía iluminado por varias velas colocadas en pequeños soportes metálicos, aunque algunas ramas habían empezado a perder las agujas por el calor.
Las guirnaldas de papel, las cintas rojas y las figuras de madera componían una decoración menos espléndida que la de la víspera, cuando la casa todavía se preparaba para celebrar la Navidad, pero conservaban cierta dignidad melancólica.
Lady Beatrice estaba junto a una mesa baja, revisando una caja forrada de terciopelo donde se guardaban los adornos más delicados.
La criada sostenía una bandeja con varias figuras de porcelana y esperaba instrucciones para trasladarlas a un armario.
Eleanor se detuvo en el umbral y pidió permiso para entrar.
—Por supuesto, señorita Wren —respondió la viuda, cerrando la caja—. Aunque me temo que esta mañana no tengo demasiadas ganas de ocuparme de los preparativos navideños.
—Lo comprendo. Solo quería preguntarle por el pequeño adorno de cristal que estaba en el árbol durante la cena.
Lady Beatrice dejó la caja sobre la mesa y miró a la criada, que comprendió la señal y salió del salón con la bandeja.
Cuando estuvieron solas, la viuda respondió que el adorno pertenecía a una colección antigua heredada de su suegra y que no sabía por qué Eleanor seguía interesándose por él.
La joven explicó que Margaret le había hablado de una pieza de cristal con una estrella plateada en su interior, guardada durante años por la madre de Margaret, y que la descripción coincidía con el objeto que había visto la noche de Nochebuena.
No mencionó todavía el cuaderno de botánica ni las anotaciones de Eleanor Whitmore; quería comprobar primero si Lady Beatrice reconocía la historia sin necesidad de que alguien se la revelara.
La viuda permaneció en silencio durante unos segundos y después abrió de nuevo la caja.
—Hay muchos adornos en esta familia, señorita Wren. Algunos son antiguos, otros se han comprado en distintas épocas y varios están rotos. No veo qué importancia puede tener una pieza de cristal.
—Quizá no tenga ninguna. Pero usted pareció inquietarse cuando me vio observarla.
Lady Beatrice sacó de la caja una pequeña figura de porcelana con forma de pájaro y la dejó sobre la mesa, como si necesitara mantener las manos ocupadas.
—Mi suegra tenía la costumbre de conservar cosas que los demás habrían tirado.
Guardaba cintas descoloridas, cartas sin destinatario y adornos que habían perdido una parte de su brillo.
Cuando me casé con Reginald, me entregó varias cajas y me pidió que no me deshiciera de ellas.
Nunca me explicó el motivo. Supuse que eran recuerdos familiares y no quise hacer preguntas que pudieran parecer descorteses.
—¿Recuerda cuándo recibió el adorno de cristal?
—No con exactitud. Hace muchos años.
—¿Antes o después de la muerte de su suegra?
La viuda levantó la mirada, y Eleanor comprendió que había tocado un punto sensible.
Lady Beatrice respondió que lo había recibido antes, durante uno de los últimos inviernos en que la anciana todavía vivía en la mansión.
Su suegra lo había sacado de una caja, lo había examinado durante largo rato y después lo había vuelto a guardar sin explicar por qué.
Lady Beatrice no recordaba que hubiera mencionado el año 1857, pero sí conservaba una frase que entonces le había parecido extraña: «Hay cosas que una familia debe aprender a mirar sin tocarlas».
Eleanor preguntó si aquella frase se refería al adorno, pero la viuda respondió que no podía asegurarlo.
Podía haber hablado de cualquier otra pertenencia o de algún recuerdo que solo tenía sentido para ella.
—¿Y por qué lo colocó en el árbol esta Navidad? —preguntó Eleanor.
Lady Beatrice cerró la caja con más fuerza de la necesaria.
—Porque era Navidad. Porque me pareció apropiado utilizar algunos adornos que habían permanecido guardados demasiado tiempo. No todo lo que hacemos tiene un significado oculto.
Eleanor aceptó la respuesta, aunque no estaba convencida de que explicara la elección de aquella pieza concreta.
Lady Beatrice había reconocido que el adorno le resultaba familiar y que su suegra lo había tratado de una manera especial.
También había repetido, casi con las mismas palabras que otros miembros de la familia, que algunas cosas debían permanecer sin explicación.
La joven decidió no insistir. Antes de marcharse, preguntó si podía ver el objeto, pues deseaba comprobar si la grieta que había observado durante la cena era reciente o antigua.
Lady Beatrice dudó, pero finalmente abrió la caja y apartó dos figuras de porcelana, una campanilla dorada y un pequeño caballo de madera.
Debajo, envuelto en un trozo de terciopelo oscuro, descansaba el adorno de cristal.
Era más pequeño de lo que Eleanor había imaginado.
Tenía forma de esfera ligeramente alargada, con una abertura estrecha en la parte superior por la que se pasaba el hilo para colgarlo de las ramas.
El cristal, originalmente transparente, había adquirido una tonalidad amarillenta en los bordes, y una grieta fina recorría un lado desde cerca de la abertura hasta la mitad de la superficie.
En su interior, suspendida en una pequeña cámara de vidrio, había una estrella plateada de cinco puntas.
La figura parecía sencilla, pero estaba trabajada con una delicadeza que no era habitual en los adornos navideños de producción corriente.
Eleanor se inclinó para observarla sin tocarla y advirtió que la grieta no atravesaba por completo la esfera.
El cristal se había abierto en una línea superficial que permitía ver una pequeña diferencia entre las dos capas de la pieza.
Junto a la estrella, casi oculta detrás de uno de sus brazos, había una mancha oscura que podía ser polvo o una pequeña acumulación de suciedad.
—¿Puedo preguntarle quién fabricó este adorno? —dijo Eleanor.
—No lo sé. Mi suegra decía que procedía de una tienda de Londres, pero nunca mencionó el nombre.
—¿Lo ha visto alguna vez abierto?
Lady Beatrice retiró la mano que mantenía junto a la caja.
—No se puede abrir. Es una pieza de cristal.
—Me refiero a si alguien lo desmontó alguna vez para repararlo.
—No que yo sepa.
La respuesta fue inmediata y demasiado tajante para una pregunta tan sencilla.
Eleanor no comentó nada, pero observó que Lady Beatrice había mirado la grieta con una expresión que no parecía de simple preocupación por un objeto frágil.
Había algo parecido al reconocimiento en sus ojos, como si el defecto del cristal le recordara un acontecimiento que prefería no revivir.
La joven preguntó si podía sostener el adorno durante unos segundos, pero la viuda negó con la cabeza y volvió a envolverlo en el terciopelo.
Dijo que la pieza estaba deteriorada y que no quería arriesgarse a romperla.
Eleanor comprendió que no conseguiría examinarla más a fondo en aquel momento, de modo que agradeció a Lady Beatrice que se la hubiera mostrado y abandonó el salón sin insistir.
En el corredor encontró a Margaret Ashford, que parecía haber estado esperando cerca de la escalera.
La joven le preguntó si había conseguido ver el adorno y, al recibir una respuesta afirmativa, la condujo hasta una pequeña sala de estar donde podían hablar sin ser interrumpidas.
Margaret estaba visiblemente nerviosa. Explicó que había recordado algo más sobre su madre y el objeto de cristal, aunque no estaba segura de que su recuerdo fuera exacto.
Cuando era niña, había visto a su madre sostenerlo junto a una ventana durante una tarde de invierno.
La mujer había girado la esfera lentamente, observando la estrella plateada desde distintos ángulos, y después había dicho que dentro de aquel objeto había algo que no debía perderse.
Margaret le preguntó entonces si se refería a la estrella, pero su madre respondió que no y le pidió que nunca intentara romper el cristal para averiguarlo.
—¿Le dijo qué había dentro? —preguntó Eleanor.