El secreto de Whitmore Manor Capítulo 10 — El primer interrogatorio #4
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Capítulo 10 — El primer interrogatorio #4

Eleanor sintió que la información encajaba con otra de las piezas que todavía no había conseguido interpretar.

La habitación del ala norte aparecía mencionada en varios documentos antiguos de la casa, y Agnes había reaccionado con inquietud cuando Eleanor preguntó por las dependencias cerradas.

Mary no sabía quién podía haber estado dentro ni si el ruido se había producido antes o después de que descubrieran el cuerpo.

Sin embargo, recordó que, al regresar más tarde con la bandeja del desayuno, había visto una pequeña marca de barro junto al umbral.

No se había detenido a examinarla, pues Agnes le había ordenado que se ocupara de las habitaciones de los invitados, pero ahora pensaba que podía ser importante.

—¿Le contó esto a la señora Pritchard? —preguntó Eleanor.

Mary negó con la cabeza.

—No. Me dijo que no debía andar por los corredores haciendo preguntas y que, si había oído algo, probablemente se trataba de una puerta que se había movido con el viento. Pero la ventana del corredor estaba cerrada. No creo que fuera el viento.

Eleanor le agradeció que hubiera regresado para contárselo y le pidió que no se acercara de nuevo a aquella habitación sin compañía.

Cuando Mary salió, la joven abrió su libreta y anotó el detalle junto a las demás observaciones.

La puerta del ala norte podía no tener relación alguna con el despacho de Sir Reginald, pero la combinación de un ruido, una marca de barro y una habitación que nadie utilizaba exigía una inspección cuando fuera posible.

Además, la nota anónima que había recibido durante la noche indicaba que alguien estaba pendiente de sus movimientos y podía estar intentando impedir que descubriera algo.

Eleanor no sabía si debía compartir el mensaje con Edmund Vale, pero ya no podía tratarlo como un asunto privado.

Buscó a Arthur y lo encontró junto a la escalera, hablando con uno de los criados.

Le contó lo que Mary acababa de recordar y le mostró de nuevo la nota anónima.

Arthur escuchó sin interrumpirla y después miró hacia el corredor que conducía al ala norte.

Decidieron informar a Edmund y pedir que la habitación permaneciera cerrada hasta que pudieran examinarla sin alterar posibles indicios.

El abogado se mostró contrariado al enterarse de que alguien podía haber entrado en una dependencia cerrada, pero aceptó acompañarlos.

Antes de marcharse, pidió a Agnes que les indicara qué llaves abrían las puertas de aquella zona.

El ama de llaves respondió que algunas cerraduras llevaban años sin utilizarse y que no podía garantizar que todas las llaves del registro siguieran correspondiendo a sus respectivas puertas.

El corredor del ala norte estaba más frío que el resto de la casa.

Las ventanas estrechas dejaban entrar una luz mortecina, y el papel de las paredes se había despegado en algunos puntos, dejando al descubierto una capa más antigua de color verde oscuro.

Al final del pasillo, la puerta de la habitación permanecía cerrada.

Agnes probó dos llaves antes de encontrar una que girara en la cerradura.

Al abrir, un olor a polvo, madera húmeda y tela guardada salió al corredor.

La habitación contenía muebles cubiertos con sábanas, un escritorio antiguo y varios baúles apilados junto a una pared.

No parecía haber sido utilizada recientemente, aunque una de las sábanas estaba desplazada y dejaba al descubierto una silla de respaldo alto.

Eleanor observó el suelo antes de entrar.

Junto al umbral había una mancha oscura, casi seca, que podía ser barro.

Arthur se agachó para examinarla y señaló que no debía tocarse hasta que llegara el agente.

Edmund pidió a Agnes que explicara por qué aquella habitación había permanecido cerrada.

La mujer respondió que se utilizaba para guardar muebles y pertenencias antiguas que no tenían cabida en las habitaciones principales.

Cuando Eleanor le preguntó si sabía quién había entrado por última vez, Agnes contestó que no lo recordaba.

Sin embargo, al observar el escritorio, su expresión cambió.

Sobre la superficie había una marca rectangular más clara que el resto de la madera, como si un objeto hubiera permanecido allí durante mucho tiempo y hubiera sido retirado recientemente.

En uno de los cajones se veía una fina línea de polvo interrumpida por el borde de una carpeta que ya no estaba.

Edmund examinó el mueble sin abrir los cajones y pidió a Agnes que confirmara si se guardaban documentos en aquella habitación.

Ella respondió que, años atrás, algunos papeles de la familia se habían trasladado allí durante unas obras en la biblioteca, pero que no sabía si quedaba alguno.

Eleanor sintió que el silencio de la casa volvía a cerrarse a su alrededor.

Una habitación abandonada, una carpeta ausente, huellas de barro y una nota anónima que remitía a la Navidad de 1857 podían ser coincidencias, pero ya eran demasiadas para descartarlas sin examen.

Se acercó a la ventana, que estaba cerrada por dentro, y comprobó que el pestillo no presentaba señales visibles de haber sido forzado.

Desde allí se veía el extremo occidental del jardín y, más allá de los árboles, el tejado de la caseta de herramientas.

La nieve había cubierto casi todas las huellas, pero una línea oscura junto al seto indicaba el paso de alguien que había cruzado el jardín durante la mañana.

Eleanor no podía saber si esa persona había entrado en la habitación del ala norte, si había dejado la nota en su puerta o si había estado en el despacho antes de la muerte de Sir Reginald.

Pero por primera vez tenía ante sí un lugar concreto donde el pasado parecía haber dejado una ausencia reciente.

Cuando salieron de la habitación, Edmund ordenó que la puerta quedara cerrada y que nadie entrara hasta que llegara el agente.

Agnes guardó la llave en su llavero y se alejó por el corredor sin decir una palabra.

Eleanor la siguió con la mirada y recordó la reacción del ama de llaves al mencionar las llaves de la caseta.

La mujer conocía las dependencias antiguas, los hábitos de la familia y los lugares donde se habían guardado documentos.

Eso la convertía en una fuente de información indispensable, pero también en alguien capaz de ocultar detalles sin que los demás lo advirtieran.

Eleanor no quería acusarla injustamente, aunque comprendía que, si Agnes sabía algo sobre la historia de 1857, tendría que encontrar una forma de hacerla hablar sin permitir que el miedo o la lealtad familiar volvieran a cerrar aquella puerta.

Al regresar al salón de lectura, Eleanor abrió la libreta y repasó las declaraciones de la mañana.

Charles había discutido con su padre, el reverendo conocía una antigua injusticia, Margaret sabía que Sir Reginald buscaba el libro, Agnes ocultaba su conocimiento de Eleanor Whitmore y Lady Beatrice temía perder algo que había pertenecido a la familia durante generaciones.

Mary había visto a una figura con una ligera cojera junto al invernadero y ahora recordaba un ruido en el ala norte.

Edmund Vale poseía una relación de correspondencia fechada en diciembre de 1857 y parecía conocer más sobre el libro de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Ninguna de aquellas circunstancias demostraba quién había matado a Sir Reginald, pero juntas sugerían que la muerte no podía entenderse sin descubrir primero qué había ocurrido treinta años atrás.

Antes de cerrar la libreta, Eleanor escribió una última pregunta: ¿Qué había en la habitación del ala norte antes de que alguien retirara la carpeta?

No sabía si la respuesta se encontraba en el libro desaparecido, en las cartas que faltaban del archivo o en el objeto que alguien había llevado envuelto en tela hasta la caseta de herramientas.

Tampoco sabía quién había dejado la nota bajo su puerta, aunque la persona que lo había hecho parecía conocer el riesgo de que el secreto saliera a la luz.

La nieve seguía aislando Whitmore Manor del resto del mundo, pero el silencio de la casa ya no era uniforme.

Cada interrogatorio había revelado una grieta distinta, y por todas ellas empezaba a filtrarse una historia que alguien llevaba treinta años intentando mantener enterrada.