Capítulo 10 — El primer interrogatorio #3
Las respuestas fueron precisas, pero Eleanor recordó la pequeña llave de hierro que había visto en manos de Agnes durante la noche anterior.
No podía afirmar que la mujer hubiera mentido: quizá la llave pertenecía a otra puerta, quizá había salido al jardín antes de que empezara el periodo que describía o quizá había olvidado un movimiento rutinario.
Aun así, decidió preguntarle si sabía algo sobre las cartas de diciembre de 1857.
Por primera vez desde que había comenzado el interrogatorio, Agnes perdió parte de su serenidad.
Sus manos se separaron y una de ellas buscó instintivamente el borde de la silla.
—Yo no trabajaba en esta casa en aquella época —respondió—. No puedo saber qué cartas se conservaron ni cuáles desaparecieron.
—Pero lleva treinta años aquí, ¿no es así?
—Treinta años cumplidos el pasado otoño.
—Entonces quizá haya oído hablar de Eleanor Whitmore.
Agnes permaneció en silencio durante varios segundos. Cuando finalmente respondió, su voz sonó más baja.
—Era una mujer inteligente. Eso es todo lo que puedo decirle.
—¿Y qué ocurrió con ella?
—No me corresponde contar historias de personas que ya no pueden defenderse.
Eleanor no insistió, pero comprendió que aquella respuesta contenía algo más que una simple negativa.
Agnes había reconocido a Eleanor Whitmore y parecía tener una opinión formada sobre ella, aunque afirmaba no poder hablar de su pasado.
La contradicción no bastaba para demostrar que estuviera ocultando información sobre la muerte de Sir Reginald, pero sí reforzaba la impresión de que el ama de llaves había heredado una parte del silencio que dominaba la casa.
Edmund dio por terminado el interrogatorio y le pidió que permaneciera disponible por si necesitaban volver a hablar con ella.
Agnes se levantó sin protestar y abandonó el salón con pasos tranquilos, aunque Eleanor advirtió que evitó mirar hacia la ventana que daba al jardín.
La última persona interrogada fue Lady Beatrice.
La viuda respondió que, después de la cena, había permanecido un rato en el salón con Margaret y el reverendo Bell, y que más tarde había subido a su habitación.
Dijo que Sir Reginald se había retirado al despacho antes de las diez y que no lo había visto después.
Cuando Edmund le preguntó si había discutido con su marido, respondió que habían intercambiado palabras desagradables durante la tarde, pero negó que la discusión tuviera relación con la decisión que él pensaba anunciar.
No quiso explicar el motivo del desacuerdo.
Eleanor observó que Lady Beatrice parecía medir cuidadosamente cada frase, como si temiera que una palabra mal escogida pudiera perjudicar a alguien.
Cuando se le preguntó por el adorno de cristal que había apartado del árbol durante la cena, la viuda palideció ligeramente y dijo que pertenecía a una caja de adornos antiguos que había heredado de su suegra.
No sabía por qué alguien podía considerarlo importante.
—¿Lo conservaba desde antes de casarse con Sir Reginald? —preguntó Eleanor.
—Sí.
—¿Sabía que tenía una grieta y una pequeña estrella plateada en su interior?
Lady Beatrice levantó la vista de golpe.
—Naturalmente. Es un objeto de cristal, señorita Wren. No veo qué misterio puede haber en que tenga una grieta.
—No he dicho que la grieta sea un misterio. Solo me pregunto por qué intentó ocultarla cuando la vi durante la cena.
La viuda se puso en pie, apoyándose en el respaldo de la silla.
—Porque es una pieza delicada y no quería que alguien la rompiera. No estoy obligada a justificar cada gesto que hago en mi propia casa.
Edmund intervino para poner fin a la discusión.
Recordó a Eleanor que el interrogatorio tenía como finalidad establecer los movimientos de la noche y no examinar cada objeto personal de los invitados.
Ella aceptó la observación, aunque no se disculpó por la pregunta.
Lady Beatrice volvió a sentarse y, tras unos instantes, reconoció que su marido había estado especialmente inquieto durante las últimas semanas.
Había recibido varias cartas, algunas de las cuales había leído en su despacho y otras había guardado en una carpeta que no permitía que nadie tocara.
También había preguntado por documentos antiguos relacionados con la biblioteca, pero ella no sabía exactamente qué buscaba.
La viuda aseguró que Sir Reginald no le había explicado el contenido de la decisión que pretendía anunciar, aunque había dicho que, después de aquella Navidad, algunas cosas dejarían de pertenecer a la familia.
—¿Qué cosas? —preguntó Eleanor.
Lady Beatrice negó con la cabeza.
—No lo sé. O, al menos, eso es lo que puedo decirle.
La última parte de la frase quedó suspendida en el aire.
Edmund pareció dispuesto a intervenir, pero la viuda se levantó antes de que pudiera formular otra pregunta y abandonó el salón sin pedir permiso.
Nadie intentó detenerla. Eleanor observó cómo se cerraba la puerta y pensó que, de todos los testimonios, el de Lady Beatrice era el que más claramente sugería que Sir Reginald no había planeado simplemente cambiar un testamento.
Había querido poner fin a una situación que consideraba insostenible, y estaba dispuesto a desprenderse de algo que hasta entonces había permanecido bajo el control de la familia.
La naturaleza de aquello seguía siendo desconocida, pero la reacción de la viuda ante el adorno de cristal y su referencia a las cartas parecían indicar que el pasado no le resultaba tan ajeno como había pretendido al principio.
Cuando el interrogatorio terminó, Edmund recogió las hojas y las guardó en la carpeta de cuero.
Anunció que enviaría una copia de las declaraciones al agente local en cuanto pudiera establecer contacto con él y que nadie debía abandonar la mansión sin informarle previamente.
Charles regresó al salón poco después, pero se negó a continuar la conversación.
Margaret se retiró al piso superior, y el reverendo Bell pidió permiso para volver a la capilla.
Eleanor permaneció junto a Arthur, repasando mentalmente las respuestas.
No había conseguido establecer una cronología completa, pero sí había descubierto varios puntos de tensión: Charles tenía deudas y había discutido con su padre; el reverendo conocía una antigua injusticia; Margaret sabía que Sir Reginald buscaba el libro; Agnes evitaba hablar de Eleanor Whitmore, y Lady Beatrice había reconocido que su marido pretendía apartar de la familia algo cuyo significado no quería revelar.
—¿Qué piensa? —preguntó Arthur cuando se quedaron solos.
—Que todos han dicho algo verdadero y que ninguno ha contado toda la verdad.
—Eso no significa que todos sean culpables.
—No. Significa que cada uno está protegiendo algo. La cuestión es si protegen su reputación, sus recuerdos, su dinero o una persona.
Arthur asintió lentamente. Le recordó que las declaraciones debían compararse con los indicios físicos y que, hasta entonces, no tenían una prueba que situara a ninguno de los invitados en el despacho durante la hora de la muerte.
Eleanor aceptó la advertencia, aunque había una pregunta que seguía sin respuesta: quién había dejado la nota en su puerta.
Si la persona que había escrito el mensaje conocía la historia de 1857, quizá también supiera quién había entrado en el invernadero aquella mañana.
Y si ambas acciones procedían de la misma persona, la nota podía ser un intento de guiarla hacia el pasado mientras alguien se ocupaba de retirar las pruebas que quedaban en el presente.
A media tarde, un criado anunció que el mozo enviado al pueblo había regresado finalmente a la finca.
Llegó agotado, con la ropa empapada y los zapatos cubiertos de nieve, y comunicó que el camino principal seguía bloqueado en varios puntos.
No había conseguido llegar hasta la comisaría, pero había encontrado refugio en una granja y había enviado un mensaje a un hombre que se comprometió a informar al agente local en cuanto las condiciones lo permitieran.
La noticia no resolvía el aislamiento, aunque al menos significaba que alguien fuera de Whitmore Manor sabía que se había producido una muerte sospechosa.
Edmund ordenó que el mozo descansara y que se preparara una habitación para el mensajero si llegaba antes de que oscureciera.
Arthur, por su parte, decidió revisar de nuevo sus notas sobre el estado de Sir Reginald, mientras Eleanor regresaba al salón de lectura para ordenar las declaraciones en su memoria.
No llevaba allí mucho tiempo cuando Mary Collins apareció en la puerta.
La joven parecía nerviosa y miró hacia el corredor antes de acercarse.
Eleanor le indicó que entrara y cerró la puerta para que pudieran hablar sin interrupciones.
Mary explicó que había recordado un detalle que no había mencionado durante el interrogatorio porque no estaba segura de haberlo visto correctamente.
La mañana en que encontraron a Sir Reginald, mientras llevaba agua caliente a las habitaciones del ala norte, había pasado frente a una puerta que normalmente permanecía cerrada.
Había oído un ruido dentro, como si alguien hubiera dejado caer un objeto pesado sobre una mesa.
Cuando se detuvo, el sonido cesó. Pensó que podía tratarse de un criado y siguió su camino, pero después recordó que aquella puerta daba a una habitación que nadie utilizaba desde hacía años.
—¿Qué habitación era? —preguntó Eleanor.
—La del ala norte, señorita. La que está al final del corredor, junto al antiguo cuarto de costura.