El secreto de Whitmore Manor Capítulo 10 — El primer interrogatorio #2
46%

Capítulo 10 — El primer interrogatorio #2

Eleanor observó el rostro del heredero. La ira parecía sincera, pero eso no bastaba para determinar si decía la verdad sobre el resto de la noche.

Charles admitió que había bebido whisky después de la discusión y que no había vuelto a ver a su padre.

Cuando Edmund le preguntó por la decisión que Sir Reginald pensaba anunciar, el joven se negó a explicar los detalles, alegando que no deseaba revelar asuntos financieros delante de personas que no pertenecían a la familia.

La respuesta irritó al abogado, que insistió en que aquellos asuntos podían ser relevantes para la investigación.

Charles terminó por reconocer que tenía deudas, algunas de ellas considerables, pero negó que su padre hubiera amenazado con desheredarlo.

Dijo que Sir Reginald se había limitado a advertirle que no volvería a pagar sus pérdidas, una amenaza que había escuchado tantas veces que había dejado de tomarla en serio.

—¿Le pidió dinero durante la cena? —preguntó Eleanor.

Charles la miró con desconfianza.

—No. La discusión fue sobre algo más importante.

—¿La herencia?

—No exactamente.

—¿Entonces qué?

El joven apretó las manos y guardó silencio.

Edmund le pidió que respondiera, pero Charles se levantó bruscamente y afirmó que no permitiría que se utilizaran los problemas de su familia para construir una acusación sin pruebas.

Antes de abandonar el salón, miró a Eleanor con una expresión que parecía contener tanto resentimiento como miedo.

—Si quiere encontrar al responsable, señorita Wren, busque a quien tenía algo que perder con la decisión de mi padre. No se limite a mirar al hijo que todos esperan culpar.

La puerta se cerró detrás de él y el silencio que dejó a su paso resultó más incómodo que su enfado.

Edmund anotó algo en la hoja, pero no comentó la frase.

Eleanor pensó que Charles había ofrecido una respuesta deliberadamente incompleta: la decisión de Sir Reginald podía amenazar su herencia, pero también podía referirse a un asunto que afectaba a otra persona.

No había forma de saberlo mientras el heredero siguiera negándose a hablar con claridad.

La existencia de deudas le proporcionaba un motivo posible, aunque no demostraba que hubiera cometido un crimen.

Arthur, que había permanecido en silencio, señaló que Charles parecía haber bebido durante la noche, pero no tenía forma de establecer cuánto ni a qué hora.

La observación no resolvía nada, aunque podía resultar útil si alguien afirmaba haberlo visto en un lugar concreto.

El siguiente en responder fue el reverendo Samuel Bell.

Dijo que, después de la cena, había permanecido un rato en el salón conversando con Lady Beatrice y Margaret, y que se había retirado a su habitación poco antes de las diez y media.

No había vuelto a ver a Sir Reginald. Cuando Edmund le preguntó si conocía el contenido de la decisión anunciada durante la cena, el reverendo respondió que el dueño de la casa le había pedido consejo días atrás sobre una cuestión moral que prefería no discutir delante de terceros.

La respuesta llamó la atención de Eleanor, que recordó la manera en que Bell había reaccionado cuando ella mencionó el año 1857 en la biblioteca.

El sacerdote parecía conocer algún aspecto de la historia familiar, aunque quizá no fuera más que una confidencia relacionada con el estado de ánimo de Sir Reginald.

—¿La cuestión moral tenía relación con un acontecimiento ocurrido hace treinta años? —preguntó Eleanor.

El reverendo la miró con una mezcla de sorpresa y cautela.

—¿Por qué me hace esa pregunta?

—Porque he encontrado referencias a diciembre de 1857 en el inventario de la biblioteca y porque varios miembros de la familia parecen inquietarse cuando se menciona esa fecha.

Bell se acomodó en la silla. Durante unos instantes pareció considerar la posibilidad de negar cualquier conocimiento del asunto, pero finalmente respondió que había escuchado historias sobre una disputa familiar ocurrida muchos años atrás.

No conocía todos los detalles y no estaba seguro de que las versiones que había recibido fueran ciertas.

Aseguró que Sir Reginald nunca le había confesado ningún crimen ni le había pedido que ocultara información sobre una muerte.

Sin embargo, admitió que el dueño de la mansión le había preguntado recientemente si era posible reparar una injusticia cometida por una generación anterior sin destruir la vida de quienes seguían soportando sus consecuencias.

El reverendo no quiso explicar a quién se refería ni qué clase de injusticia tenía en mente, alegando que había dado su palabra de mantener la confidencialidad de una conversación privada.

—¿Y cree que esa promesa sigue teniendo valor ahora que Sir Reginald está muerto? —preguntó Eleanor.

—Las promesas no desaparecen cuando desaparece la persona que las pidió —respondió Bell—. Pero tampoco pueden utilizarse para justificar el silencio si ese silencio permite que continúe una injusticia.

La frase pareció afectarlo más de lo que deseaba mostrar.

Eleanor decidió no insistir. El reverendo podía estar protegiendo una confidencia legítima, o quizá estaba intentando evitar que una antigua disputa volviera a dañar a alguien.

En cualquier caso, su conocimiento de la historia de 1857 era más profundo de lo que había admitido durante las conversaciones anteriores.

Edmund le preguntó si había entrado en el despacho después de la cena, y Bell respondió que no.

También negó haber visto a nadie dirigirse hacia el invernadero, aunque reconoció que se había despertado durante la noche al oír un ruido en el corredor.

No se había levantado para comprobarlo y no podía precisar la hora.

Aquella información podía ser irrelevante, pero Eleanor la anotó mentalmente junto con la observación de que el reverendo parecía preocupado por una injusticia que no había querido nombrar.

Margaret fue la siguiente. Respondió con calma y sin intentar ocultar su desagrado hacia su tío.

Después de la cena había pasado un rato en el salón, pero se había retirado antes de las diez para leer en su habitación.

No había vuelto a ver a Sir Reginald y no sabía qué decisión pensaba anunciar.

Cuando Eleanor le preguntó si había entrado en el invernadero durante la noche o a primera hora de la mañana, Margaret contestó que sí había estado allí después del desayuno, para comprobar el estado de algunas plantas, pero negó haber salido hacia la caseta de herramientas.

Aseguró que no había visto a nadie en el jardín y que, cuando llegó, la puerta lateral del invernadero estaba cerrada.

Eleanor no la contradijo. La descripción de Mary situaba a la figura en torno a las siete y media, mientras que Margaret no había precisado aún a qué hora había visitado el edificio.

Era posible que ambas hubieran estado allí en momentos diferentes, y también era posible que una de ellas estuviera confundiendo el orden de los acontecimientos.

—¿Conocía usted el libro desaparecido? —preguntó Edmund.

Margaret bajó la mirada hacia sus manos.

—Conocía la historia de su desaparición. No había visto el libro.

—¿Y sabía que su tío estaba buscándolo?

—Lo supe hace unas semanas. Le pregunté por qué le interesaba un volumen que llevaba treinta años fuera del inventario, y me respondió que algunas cosas solo podían comprenderse cuando se encontraban las pruebas que las habían originado.

—¿Le explicó qué pruebas buscaba?

—No.

Eleanor observó que Margaret había respondido sin vacilar, pero el gesto con el que sujetaba los dedos revelaba tensión.

La joven conocía el cuaderno de su bisabuela y había decidido compartirlo con Eleanor, aunque no había mencionado su existencia durante el interrogatorio.

Tal vez temía que Edmund intentara quedarse con él, o quizá no consideraba que sus anotaciones fueran relevantes.

Eleanor no quería presionarla delante de todos, pero necesitaba aclarar un detalle sobre la mañana.

Le preguntó si había visto a alguien cerca de la caseta de herramientas y Margaret respondió que no.

Después añadió que aquella construcción llevaba años sin utilizarse y que, hasta donde sabía, solo Agnes conservaba algunas llaves antiguas de las dependencias exteriores.

La respuesta hizo que el ama de llaves, que aguardaba junto a la puerta, levantara la cabeza de inmediato.

—Las llaves se guardan por razones prácticas —dijo Agnes—. No veo qué importancia puede tener eso.

—Todavía no sabemos si tiene alguna —respondió Eleanor—. Por eso estamos preguntando.

Margaret guardó silencio. Edmund anotó la referencia a las llaves y pidió que llamaran a Agnes para que respondiera a sus propias preguntas.

La mujer se sentó con la espalda recta y las manos unidas sobre el regazo, como si hubiera acudido a una reunión doméstica y no a una conversación sobre una muerte sospechosa.

Explicó que, después de servir el café, había supervisado la retirada de la vajilla y comprobado que las puertas del piso inferior estuvieran cerradas.

Más tarde había subido a revisar las habitaciones de los invitados y se había retirado a sus aposentos cerca de las once.

No había visto a Sir Reginald después de la cena y no había entrado en el despacho durante la noche.

Cuando Edmund le preguntó si conservaba una llave de la caseta de herramientas, respondió que tenía varias llaves antiguas, pero que no recordaba cuál correspondía a cada dependencia.

Podía revisar el registro si resultaba necesario.

—¿Estuvo usted en el invernadero durante la noche? —preguntó Eleanor.

Agnes miró a la joven sin cambiar de postura.

—No.

—¿Y esta mañana?

—Tampoco. Tenía demasiadas cosas que atender dentro de la casa.

—¿Vio a alguien salir hacia el jardín?

—No, señorita Wren.