El secreto de Whitmore Manor Capítulo 10 — El primer interrogatorio
44%

Capítulo 10 — El primer interrogatorio

En el comedor encontró a Lady Beatrice sentada frente a una taza de té que parecía intacta.

Llevaba un vestido negro de lana, un broche de granate en el cuello y una expresión de agotamiento que no conseguía ocultar bajo su habitual compostura.

Charles todavía no había bajado, y el reverendo Bell permanecía de pie junto a una ventana, observando el paisaje cubierto de nieve.

Agnes dirigía el servicio con una eficacia casi automática, aunque Eleanor advirtió que el ama de llaves miraba con frecuencia hacia el vestíbulo, como si esperara una noticia que pudiera llegar en cualquier momento.

La conversación se limitó a comentarios sobre el tiempo y la dificultad de mantener la casa abastecida si el camino seguía cerrado.

Lady Beatrice preguntó si había noticias del mozo enviado al pueblo, y Agnes respondió que nadie lo había visto regresar.

La viuda dejó la taza sobre el plato con un movimiento brusco y preguntó cuánto tiempo más tendrían que permanecer aislados.

Nadie supo responderle. Eleanor observó que la mujer no parecía preocupada únicamente por la ausencia de ayuda externa; cada vez que se mencionaba la posibilidad de que llegara un agente, su rostro adquiría una tensión distinta, más cercana al temor que al simple cansancio.

—¿Han conseguido ponerse en contacto con alguien del pueblo? —preguntó Eleanor.

Lady Beatrice levantó los ojos hacia ella.

—No. El señor Vale ha enviado a un hombre hacia el camino principal, pero la nieve hace imposible saber cuándo podrá regresar. Supongo que las autoridades llegarán cuando puedan hacerlo.

—¿Le preocupa que no lleguen pronto?

La viuda apretó ligeramente los dedos alrededor de la taza.

—Me preocupa que mi marido permanezca muerto en su despacho mientras nosotros seguimos sentados a desayunar como si la casa no hubiera cambiado para siempre. También me preocupa que, cuando lleguen, cada uno de nosotros sea tratado como un sospechoso. Imagino que usted comprende la diferencia.

Eleanor no respondió de inmediato. La reacción era comprensible, pero la pregunta contenía una acusación velada contra quienes intentaban averiguar qué había ocurrido.

Lady Beatrice no podía ignorar que el despacho había permanecido cerrado durante la noche y que varias personas habían tenido motivos para temer la decisión anunciada por Sir Reginald.

La joven se limitó a decir que deseaba conocer la verdad y que no consideraba sospechoso a nadie por el simple hecho de guardar silencio.

La viuda pareció relajarse, aunque solo durante unos segundos.

—Entonces quizá debería empezar por preguntar a quienes tenían más razones para discutir con mi marido —dijo—. Mi hijo, por ejemplo. O el señor Vale. O incluso Margaret, que nunca ha aceptado del todo las decisiones de esta familia.

—¿Y usted, Lady Beatrice? —preguntó Eleanor con suavidad—. ¿Tenía algún motivo para discutir con él?

La pregunta produjo un silencio inmediato.

El reverendo Bell se volvió desde la ventana y Agnes dejó de servir el té.

Lady Beatrice miró a Eleanor como si acabara de cometer una descortesía imperdonable, pero después bajó la vista hacia sus manos y se limitó a responder que todos los matrimonios tenían desacuerdos y que los suyos no eran asunto de nadie.

Eleanor aceptó la respuesta sin insistir.

No había pretendido provocarla, aunque necesitaba saber si la viuda estaba dispuesta a reconocer que su relación con Sir Reginald no había sido tan serena como parecía desde fuera.

La mujer terminó el desayuno sin volver a hablar y abandonó el comedor acompañada por Agnes, que recogió la taza intacta y la siguió por el corredor.

Poco después, Arthur Pembroke se reunió con Eleanor en el vestíbulo.

Había pasado la primera hora de la mañana revisando sus notas sobre el estado de Sir Reginald y estaba convencido de que no sería prudente formular una conclusión médica definitiva sin un examen más completo.

Le explicó que el cuerpo debía permanecer en el despacho hasta que las autoridades pudieran hacerse cargo de él, y que había pedido a los criados que evitaran entrar en la habitación salvo por una necesidad urgente.

También le comunicó que Edmund Vale había decidido organizar una relación de las personas que habían visto al dueño de la casa durante la noche.

No era un interrogatorio formal, pues no había ningún agente presente, pero el abogado quería establecer una secuencia aproximada de los movimientos de cada invitado antes de que los recuerdos se confundieran.

Eleanor consideró razonable la propuesta, siempre que nadie pretendiera dirigir las respuestas hacia una conclusión predeterminada.

—¿Ha hablado con Mary? —preguntó Arthur.

—No desde anoche. Me contó que vio a una persona junto al invernadero y la caseta de herramientas, pero todavía no sabe quién era.

—Deberíamos pedirle que describa lo ocurrido delante de Edmund. Si su relato coincide con los indicios que encontramos en el jardín, podremos establecer al menos una parte de los movimientos de esa persona.

Eleanor dudó antes de responder. No le había contado a Arthur que alguien había dejado una nota bajo su puerta, y se preguntó si debía hacerlo en aquel momento.

La nota podía ser relevante para la investigación, pero todavía no sabía si contenía una amenaza real ni si convenía mostrarla a Edmund Vale.

Finalmente decidió enseñársela a Arthur, explicándole que la había encontrado durante la noche y que la fecha parecía relacionarla con los acontecimientos de 1857.

El médico leyó el mensaje sin alterar la expresión, aunque sus dedos se detuvieron un instante sobre el borde del papel.

—¿Ha reconocido la letra?

—No. Tampoco sé si la escribió alguien que vive aquí o una persona que conocía la historia de la familia desde hace años.

—¿Y por qué no me lo dijo antes?

—Porque quería estar segura de que no se trataba de una broma o de una advertencia sin importancia. Pero alguien ha entrado en el corredor durante la noche y ha dejado una nota en mi puerta. Eso ya no me parece una simple casualidad.

Arthur volvió a doblar el papel con cuidado y se lo devolvió.

Le aconsejó que no lo enseñara a todo el mundo y que lo entregara a las autoridades en cuanto llegaran, junto con la hora aproximada en que lo había encontrado.

Eleanor estuvo de acuerdo. No deseaba que el mensaje se convirtiera en el centro de todas las conversaciones antes de que pudieran comprobarse sus detalles.

También comprendió que Arthur tenía razón al recordarle que una investigación no debía depender de una sola pista, por inquietante que resultara.

Si la nota pretendía desviar las sospechas, la mejor respuesta consistía en verificar los hechos que podían verificarse y no dejar que un desconocido decidiera qué preguntas debía formular.

A media mañana, Edmund Vale convocó a los invitados en el salón azul.

Había colocado una mesa junto a la ventana y preparado varias hojas en blanco, una carpeta de cuero y un reloj de bolsillo que consultaba con excesiva frecuencia.

Charles llegó con el rostro pálido y el cabello mal peinado, como si hubiera pasado la noche dando vueltas por su habitación.

Margaret se sentó cerca de la chimenea, con las manos cruzadas sobre el regazo.

El reverendo Bell ocupó una silla junto a la puerta, mientras Lady Beatrice permaneció de pie hasta que Edmund le indicó que podía sentarse.

Agnes fue llamada para responder a algunas preguntas sobre las rutinas de la casa, y Mary Collins aguardó en el corredor hasta que le llegó el turno.

Arthur se quedó cerca de Eleanor, dispuesto a intervenir si alguna pregunta exigía una precisión médica, aunque dejó claro que no pretendía dirigir las respuestas de los demás.

Edmund comenzó recordando que Sir Reginald había sido encontrado muerto en su despacho durante la mañana de Navidad y que, debido a las condiciones del tiempo, todavía no había sido posible solicitar ayuda externa.

Explicó que el propósito de aquella conversación era establecer una cronología provisional, no acusar a nadie, y pidió a cada persona que describiera dónde había estado desde el final de la cena hasta el descubrimiento del cuerpo.

Eleanor observó que el abogado hablaba con la seguridad de quien estaba acostumbrado a organizar reuniones y documentos, pero también con la cautela de alguien que sabía que una respuesta mal formulada podía tener consecuencias.

Su primera pregunta fue para Charles, quizá porque el heredero parecía el sospechoso más evidente a ojos de todos.

El joven apoyó los codos en las rodillas y miró fijamente el fuego antes de contestar.

—Después de la cena estuve en el salón con mi padre.

Discutimos, sí, pero no lo maté. Me dijo que pensaba modificar algunas disposiciones familiares y que debía aceptar su decisión sin protestar.

Le respondí que no tenía derecho a tratarme como a un niño después de todos estos años.

Él me pidió que me marchara, y eso hice.

Subí a mi habitación poco después de las diez.

—¿Puede alguien confirmar que permaneció allí durante el resto de la noche? —preguntó Edmund.

Charles levantó la cabeza con una expresión de indignación.

—¿Pretende que haya un testigo de cada minuto que paso en mi propia habitación?

—Pretendo establecer los hechos, señor Whitmore.

—Entonces establezca también que mi padre estaba vivo cuando salí del salón.