Capítulo 9 — La carta incompleta #3
La respuesta llegó de una manera inesperada.
Mientras Arthur recogía su cuaderno médico, Eleanor vio que una de las hojas que Edmund había dejado sobre la mesa se había deslizado parcialmente fuera de la carpeta.
No tenía intención de leer documentos ajenos, pero la página mostraba un encabezamiento escrito con tinta negra: «Relación de correspondencia familiar.
Diciembre de 1857». Debajo aparecía una lista de fechas, nombres y breves descripciones de cartas, algunas tachadas con una línea horizontal.
Eleanor no llegó a leer más que dos anotaciones antes de que Arthur se acercara y cubriera la hoja con la carpeta.
El médico le indicó con una mirada que no debía tocarla.
Ella se apartó de inmediato, consciente de que el documento podía formar parte de los asuntos legales que Edmund estaba obligado a custodiar.
Sin embargo, ya había visto lo suficiente para saber que las cartas de aquella Navidad no eran una invención transmitida por Margaret a través de recuerdos familiares.
Alguien había elaborado una relación documental específica sobre ellas, y aquel registro se encontraba entre los papeles que el abogado había traído consigo a Whitmore Manor.
Arthur esperó a que Eleanor se sentara antes de hablar.
Le dijo que no debían sacar conclusiones precipitadas a partir de unas pocas palabras, pero que la coincidencia merecía ser comunicada al agente cuando llegara.
Eleanor estuvo de acuerdo. Ya no se trataba únicamente de un recuerdo familiar, de un libro que alguien había retirado de la biblioteca o de una nota escrita en un cuaderno de botánica.
Había una relación de correspondencia, fechada en diciembre de 1857, que Edmund Vale parecía considerar importante.
Si aquella lista incluía cartas desaparecidas, quizá permitiera establecer quién las había recibido y quién había tenido acceso a ellas.
También podía revelar si el volumen que Sir Reginald buscaba contenía realmente documentos añadidos, o si la información que deseaba encontrar estaba dispersa entre distintos papeles.
Antes de retirarse a descansar, Eleanor pidió a Arthur que le acompañara hasta el corredor que conducía al despacho.
No pretendía entrar en la habitación donde había muerto Sir Reginald, pero quería comprobar si la puerta seguía vigilada y si alguien había salido de allí desde su última visita.
El corredor estaba vacío, salvo por una lámpara encendida junto a la escalera y un jarrón de flores que parecía demasiado fresco para el ambiente de una casa encerrada por la nieve.
La puerta del despacho permanecía cerrada y un criado vigilaba a poca distancia, sentado en una silla de madera.
Arthur le preguntó si había recibido alguna instrucción nueva.
El hombre respondió que nadie había entrado ni salido desde que Edmund ordenó mantener el lugar cerrado, aunque añadió que Lady Beatrice había preguntado dos veces si podía recuperar un pequeño objeto personal que, según ella, pertenecía a su marido.
—¿Qué objeto? —preguntó Eleanor.
—No lo sé, señorita. La señora no quiso decirlo. El señor Vale le respondió que tendría que esperar a que llegara el agente.
Eleanor agradeció la información y se alejó con Arthur.
No había forma de saber si aquel objeto guardaba relación con la carta quemada o si se trataba de una pertenencia sin importancia.
Sin embargo, la petición de Lady Beatrice coincidía con la inquietud que había mostrado durante la cena, cuando ocultó el adorno de cristal entre las ramas del árbol.
Quizá intentaba recuperar una pieza de su pasado antes de que alguien más la encontrara; quizá solo deseaba conservar un recuerdo de su marido.
Eleanor comprendió que la misma conducta podía interpretarse de muchas maneras, y que su tarea consistía precisamente en distinguir entre las explicaciones posibles y aquellas que pudieran sostenerse con hechos.
Al regresar a su habitación, encontró sobre la mesilla una pequeña nota doblada por la mitad.
No llevaba nombre ni sello, y alguien la había deslizado por debajo de la puerta mientras ella se encontraba en el corredor.
Eleanor la recogió con cautela y la abrió junto a la lámpara.
El papel era de buena calidad, aunque el borde inferior estaba rasgado y una mancha oscura ocultaba parte de la escritura.
Solo contenía dos líneas, trazadas con tinta azul y una letra pequeña, inclinada hacia la derecha: «No busque la verdad en el libro.
Busque quién tuvo miedo de que se leyera».
Debajo, separada de la frase por un espacio irregular, aparecía una fecha: 24 de diciembre de 1857 .
Eleanor leyó la nota una segunda vez y después una tercera.
No había firma, ni indicación de dónde procedía, ni prueba de que hubiera sido escrita recientemente.
La fecha podía referirse al día en que se redactó el mensaje o al acontecimiento que alguien pretendía señalar.
La tinta parecía menos desvaída que la de las anotaciones del cuaderno de Margaret, pero la luz de la lámpara no bastaba para establecer una diferencia fiable.
Lo que sí resultaba evidente era que quien había dejado aquella nota conocía la investigación que Eleanor estaba llevando a cabo y sabía que había empezado a relacionar el libro desaparecido con los acontecimientos de 1857.
Si el mensaje era una advertencia, llegaba demasiado tarde para impedir que siguiera investigando.
Si era una trampa, estaba diseñada para conducirla hacia una persona o un motivo que todavía desconocía.
Se sentó ante el escritorio y sacó la libreta.
Copió cuidadosamente las palabras, anotó la hora aproximada en que había encontrado la nota y describió el papel, la tinta y el lugar donde había aparecido.
Después guardó el original entre dos hojas limpias, procurando no doblarlo de nuevo.
Durante unos minutos permaneció inmóvil, escuchando el murmullo de la tormenta detrás de los cristales.
La frase no decía que el libro contuviera la verdad, sino que alguien había tenido miedo de que se leyera.
Aquella diferencia podía ser decisiva. Tal vez el volumen no fuera más que un escondite, un lugar donde se había guardado una carta, una prueba o un testimonio.
Tal vez la persona que lo había retirado de la biblioteca en 1857 no pretendía destruirlo, sino impedir que alguien descubriera lo que contenía entre sus páginas.
Y quizá Sir Reginald hubiera pasado los últimos días de su vida intentando recuperar aquello que su familia llevaba treinta años evitando mencionar.
Eleanor apagó la lámpara y se acostó sin desvestirse por completo, con la intención de descansar unos minutos antes de decidir a quién debía enseñar la nota.
No quería despertar a Arthur ni llamar a Margaret sin una razón suficiente, pero tampoco podía permitir que el mensaje desapareciera sin que nadie más conociera su existencia.
Mientras la casa se sumía en el silencio, volvió a pensar en la relación de cartas que había visto entre los documentos de Edmund, en el adorno de cristal que Lady Beatrice había apartado de la vista de los invitados y en la figura que Mary había observado junto al invernadero.
Cada elemento parecía conducir a una historia que había comenzado mucho antes de su llegada a Yorkshire, una historia en la que los vivos seguían obedeciendo decisiones tomadas por personas que quizá llevaban décadas muertas.
Justo cuando empezaba a quedarse dormida, oyó un ruido leve al otro lado de la puerta, semejante al roce de una manga contra la madera.
Se incorporó y permaneció en silencio, esperando escuchar pasos que confirmaran la presencia de alguien en el corredor.
No oyó nada más. Se levantó, encendió la lámpara y abrió la puerta con cuidado.
El pasillo estaba vacío, pero a unos pasos de su habitación encontró una pequeña mancha de humedad sobre la alfombra, como si alguien hubiera permanecido allí con las botas mojadas.
Junto a la pared había una diminuta partícula de barro oscuro, casi imperceptible entre las fibras del tejido.
Eleanor se agachó para observarla y recordó de inmediato el suelo del cuarto de almacenaje del invernadero, donde había visto una mancha semejante junto al fragmento de papel.
No podía demostrar que el barro procediera del jardín ni que quien había dejado la nota fuera la misma persona que había visitado la caseta.
Aun así, la coincidencia bastaba para impedirle regresar tranquilamente a la cama.
Cuando volvió a su habitación, cerró la puerta y colocó una silla bajo el picaporte, más por precaución que por miedo.
La nota seguía donde la había dejado, entre las páginas de la libreta, y la fecha escrita al pie parecía adquirir una importancia nueva.
El 24 de diciembre de 1857 no era simplemente una referencia a un invierno remoto: era la noche anterior a la fecha que aparecía en los inventarios, el momento en que alguien había retirado el volumen y comenzado a separar unas cartas de otras.
Treinta años después, en la víspera de otra Navidad, Sir Reginald había anunciado que revelaría una decisión capaz de cambiar el futuro de todos los presentes.
A la mañana siguiente, había aparecido muerto en un despacho cerrado.
Eleanor no sabía aún si aquella sucesión de hechos obedecía a un plan, a una coincidencia o a una disputa familiar que había vuelto a despertar.
Pero ya no dudaba de una cosa: alguien en Whitmore Manor sabía que estaba acercándose al secreto y había decidido advertirla antes de que fuera demasiado tarde.