Capítulo 9 — La carta incompleta #2
—Porque mi tío está muerto y porque alguien ha entrado en el invernadero esta mañana. No sé si ambas cosas están relacionadas, pero temo que, si espero demasiado, el cuaderno desaparezca como desapareció el libro.
Arthur intervino con delicadeza, señalando que el cuaderno debía conservarse en su estado actual y que sería conveniente informar a las autoridades de su existencia.
Margaret aceptó, aunque pidió que no se lo entregaran a Edmund Vale sin antes anotar dónde había sido encontrado y quién lo había tenido en su poder.
No quería acusar al abogado de nada, explicó, pero había visto a su tío discutir con él en más de una ocasión y sabía que ambos se habían reunido en privado durante las semanas anteriores.
Eleanor le aseguró que no permitiría que el cuaderno se perdiera ni que sus páginas fueran alteradas sin razón.
Después le preguntó si conocía alguna otra pista sobre la desaparición de Eleanor Whitmore.
Margaret negó con la cabeza, pero añadió que en el archivo de la familia había una caja de correspondencia antigua que su madre siempre había considerado incompleta.
Según ella, varias cartas correspondientes a diciembre de 1857 habían desaparecido de la carpeta en la que debían conservarse, y nadie había sabido explicar quién las retiró.
La noticia reforzó la sospecha de Eleanor de que el misterio no giraba únicamente alrededor de un libro.
Si habían desaparecido cartas, anotaciones y quizá otros documentos, alguien podía haber intentado borrar el rastro de un acontecimiento concreto, seleccionando aquello que debía sobrevivir y aquello que convenía ocultar.
No obstante, la ausencia de documentos no demostraba por sí misma que hubiera existido un delito.
Las familias perdían cartas, trasladaban libros y destruían papeles por razones que rara vez quedaban registradas.
Lo inquietante era que, en Whitmore Manor, cada ausencia parecía acompañada de una prohibición de preguntar.
Eleanor pidió a Margaret que le contara todo lo que recordara de las historias de su madre, incluso si le parecían detalles insignificantes.
La joven cerró los ojos un instante, tratando de recuperar recuerdos de conversaciones lejanas, y habló de una Navidad en la que su madre había encontrado un pequeño adorno de cristal guardado en un cajón de la biblioteca.
Tenía una estrella plateada en el interior y una grieta que atravesaba uno de sus lados.
Su madre lo había devuelto inmediatamente a la caja, diciendo que no debía ponerse en el árbol.
Eleanor sintió que la descripción le resultaba familiar.
Recordó el adorno que había visto en el salón durante la cena de Nochebuena, el pequeño objeto de cristal que Lady Beatrice había apartado discretamente de la vista de los invitados al notar que la joven lo observaba.
La estrella plateada y la grieta coincidían con la descripción de Margaret, aunque todavía no sabía por qué aquel objeto debía permanecer oculto ni quién lo había conservado durante tantos años.
Le preguntó a Margaret si su madre había mencionado quién era el propietario del adorno. La joven negó con la cabeza.
—Solo decía que pertenecía a la Navidad de 1857. Nunca explicó por qué lo consideraba importante.
—¿Y su tío sabía que usted conservaba el cuaderno?
—No lo creo. Mi madre me lo entregó poco antes de morir y me pidió que lo guardara. Sir Reginald nunca mostró interés por mis libros de botánica. Si hubiera sabido lo que contiene, quizá me lo habría quitado.
Arthur observó la página con las iniciales E.
W. y señaló que la tinta parecía más reciente que el resto de las anotaciones, aunque no podía asegurarlo sin examinarla con detenimiento.
Eleanor se fijó entonces en un pequeño trazo junto al margen inferior, casi oculto por el pliegue de la hoja.
Parecía una fecha escrita con lápiz, pero estaba demasiado desvaída para leerla.
Margaret explicó que el cuaderno había sido reparado en varias ocasiones y que algunas páginas se habían desprendido antes de llegar a sus manos.
No podía descartar que la nota hubiera sido añadida después de la muerte de su bisabuela.
Aquella posibilidad obligaba a considerar que el cuaderno quizá reuniera anotaciones de distintas épocas, y que no todo lo escrito en él pudiera atribuirse a Eleanor Whitmore.
Cuando Margaret se marchó, llevándose el cuaderno para guardarlo en un lugar seguro, Eleanor permaneció sentada junto a la mesa, repasando mentalmente los nuevos detalles.
Arthur le preguntó si creía que Lady Beatrice sabía algo sobre el adorno de cristal.
Eleanor respondió que era probable, pues había reconocido el objeto y parecía incómoda cuando ella se interesó por él.
Sin embargo, también podía tratarse de un recuerdo personal de la familia, sin relación directa con la muerte de Sir Reginald.
Arthur le recordó que la carta quemada, el testamento y el libro desaparecido podían estar conectados, pero que aún no tenían pruebas suficientes para sostenerlo.
Eleanor admitió que tenía razón. Lo más importante era averiguar qué había escrito Sir Reginald en la carta y por qué había intentado destruirla antes de morir.
Si el fragmento conservado pertenecía realmente a una comunicación sobre los acontecimientos de 1857, quizá pudiera ayudarles a determinar qué temía que se descubriera.
Poco después, Edmund Vale apareció en el salón de lectura.
Parecía haber envejecido varios años desde la mañana; tenía los ojos enrojecidos y una rigidez en los hombros que delataba el cansancio acumulado.
Preguntó si Arthur había conseguido determinar la causa de la muerte, y el médico respondió que no podía ofrecer una conclusión definitiva hasta que se practicara un examen más completo.
Edmund aceptó la respuesta con un gesto seco y se volvió hacia Eleanor, a quien preguntó si había averiguado algo nuevo durante sus paseos por la casa.
La pregunta sonó demasiado específica para ser casual.
Eleanor explicó que había inspeccionado el invernadero y encontrado indicios de que alguien había pasado por allí, pero evitó mencionar la declaración de Mary y el cuaderno de Margaret.
No quería ocultar información que pudiera ser relevante para la investigación, pero tampoco deseaba revelar cada detalle a un hombre que parecía decidido a controlar el acceso a los documentos de la familia.
—¿Ha encontrado algo relacionado con el libro desaparecido? —preguntó Edmund.
Eleanor sostuvo su mirada.
—¿Por qué cree que el libro tiene relación con la muerte de Sir Reginald?
El abogado tardó un segundo en responder. Fue una pausa breve, pero suficiente para que Eleanor advirtiera que la pregunta le había sorprendido.
—Porque mi cliente llevaba semanas preguntando por él. Supuse que usted habría oído hablar del asunto durante sus conversaciones con Margaret.
—Margaret no me ha dicho nada que permita afirmar que el libro esté relacionado con la muerte.
—Entonces será mejor que no especulemos.
Edmund recogió una carpeta que había dejado sobre una silla y anunció que regresaría a su habitación para revisar unos documentos.
Antes de salir, añadió que, cuando llegara el agente local, sería necesario establecer una relación completa de los papeles encontrados en el despacho y de cualquier objeto que hubiera sido trasladado durante la mañana.
Eleanor le preguntó si sabía algo sobre las cartas desaparecidas de diciembre de 1857.
El abogado se quedó inmóvil, con la mano apoyada en el pomo de la puerta, y durante un instante su expresión perdió la compostura que había mantenido desde el descubrimiento del cadáver.
—No sé a qué cartas se refiere —respondió finalmente.
—Margaret me ha dicho que faltan varias cartas de la correspondencia familiar.
—En una casa como esta se han perdido cientos de documentos a lo largo de los años. No todo papel ausente constituye una prueba de algo.
—Estoy de acuerdo. Pero quizá merezca la pena comprobar si esas cartas se mencionan en algún inventario.
Edmund la observó con una frialdad que no había mostrado hasta entonces.
—Le aconsejo que tenga cuidado, señorita Wren. La curiosidad puede ser una virtud en una librería, pero en una investigación sobre una muerte puede llevar a conclusiones injustas. No todo el que guarda silencio está ocultando un crimen.
—Y no todo el que recomienda silencio conoce la verdad.
La respuesta salió de Eleanor con más dureza de la que había pretendido.
Edmund apretó los labios, inclinó ligeramente la cabeza y abandonó la habitación sin añadir nada más.
Arthur, que había permanecido junto a la chimenea, esperó hasta que los pasos del abogado se perdieron en el corredor antes de hablar.
—Creo que acaba de encontrar una pregunta que él no desea responder.
—O una pregunta que considera improcedente. No podemos saberlo todavía.
Eleanor se levantó para acercarse al fuego.
La conversación la había dejado inquieta, aunque no por la advertencia de Edmund, sino por la rapidez con que había reaccionado al escuchar la fecha de 1857.
Si el abogado había trabajado para la familia durante veinte años, quizá conociera documentos antiguos que no aparecían en los archivos habituales.
Pero también era posible que Sir Reginald le hubiera pedido investigar el pasado recientemente y que su preocupación fuera consecuencia de aquella tarea.
El hecho de que no quisiera hablar de las cartas podía tener una explicación profesional.
Lo que no podía explicar con facilidad era por qué el hombre había preguntado si Eleanor había encontrado algo relacionado con el libro antes de que ella mencionara su existencia.