El secreto de Whitmore Manor Capítulo 9 — La carta incompleta
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Capítulo 9 — La carta incompleta

Eleanor decidió bajar al salón de lectura, donde esperaba encontrar a Arthur Pembroke o, al menos, un lugar tranquilo en el que continuar pensando.

Al pasar frente a la escalera principal, oyó voces procedentes del despacho de invitados y reconoció la de Edmund Vale, que hablaba con tono bajo y firme.

La puerta no estaba completamente cerrada, y desde el corredor llegaban algunas palabras aisladas, suficientes para que Eleanor comprendiera que el abogado discutía con Lady Beatrice.

No pretendía escuchar una conversación privada, pero la mención de la palabra testamento la detuvo un instante antes de continuar su camino.

—No puede hacerse desaparecer un documento porque su contenido resulte inconveniente —decía Edmund—. Si Sir Reginald modificó sus disposiciones, debemos encontrar el original y comprobar que cumple los requisitos legales.

—No le estoy pidiendo que haga desaparecer nada —respondió Lady Beatrice, con una voz más tensa de lo habitual—. Le estoy pidiendo que no permita que una desgracia destruya todo lo que queda de esta familia.

—La familia no es una categoría jurídica, señora. Los documentos sí lo son.

Eleanor se alejó antes de escuchar la respuesta.

La conversación podía referirse a la decisión que Sir Reginald había anunciado durante la cena, pero no sabía si el testamento tenía alguna relación con el misterio del libro.

No deseaba que la sorprendieran escuchando a escondidas, y además había aprendido que las palabras pronunciadas en momentos de angustia podían parecer más reveladoras de lo que realmente eran.

Siguió hasta el salón de lectura, donde el fuego permanecía encendido y una bandeja con té reposaba sobre una mesa junto a la ventana.

Arthur estaba sentado en un sillón, con un cuaderno médico abierto sobre las rodillas, aunque no parecía estar leyendo.

Levantó la vista cuando Eleanor entró y, después de observar su expresión, cerró el cuaderno.

—Por su cara, deduzco que tampoco ha conseguido descansar.

—En una casa donde todos guardan secretos, descansar exige una confianza que todavía no he encontrado.

Arthur dejó el cuaderno sobre la mesa y le indicó que se sentara.

Eleanor aceptó una taza de té, agradeciendo el calor que desprendía la porcelana entre sus manos.

Durante unos minutos hablaron de asuntos menores: el estado del camino, la posibilidad de que el mensajero hubiera encontrado refugio en alguna granja y la necesidad de conservar el despacho de Sir Reginald tal como estaba hasta que llegaran las autoridades.

Aquella conversación ordinaria produjo en Eleanor un alivio inesperado.

Desde la mañana, todo cuanto la rodeaba parecía contener un significado oculto, y escuchar a alguien hablar sin rodeos le recordó que no cada gesto debía interpretarse como una pista.

Sin embargo, cuando Arthur mencionó que Edmund Vale estaba preocupado por la existencia de un documento nuevo, ella decidió contarle lo que había oído en el corredor, sin ocultar que solo había escuchado una parte de la conversación.

—Es probable que se refirieran al testamento —dijo Arthur—. Sir Reginald llevaba semanas preocupado por sus asuntos legales. No sé si llegó a modificarlo, pero recuerdo que pidió al abogado que viniera a la mansión antes de Navidad.

—¿Se lo comentó a usted?

—No directamente. Lo oí mencionar durante una visita que hice a Charles hace unos días. Su padre quería que algunas cuestiones quedaran resueltas antes de terminar el año. Charles no parecía satisfecho con aquella idea.

Eleanor recordó la expresión del heredero durante la cena, cuando Sir Reginald había anunciado que revelaría una decisión capaz de afectar al futuro de todos los presentes.

La reacción de Charles había sido demasiado rápida para pasar inadvertida, aunque la tensión entre padre e hijo podía tener muchas explicaciones.

Una deuda de juego, una herencia amenazada o una disputa familiar bastaban para provocar una escena semejante sin que existiera necesariamente un crimen.

No obstante, la posibilidad de que el testamento hubiera cambiado ofrecía un motivo concreto que debía examinarse junto a los demás.

Eleanor preguntó a Arthur si sabía quién había visto por última vez a Sir Reginald con vida.

El médico respondió que no podía afirmarlo con certeza, pues varios invitados habían coincidido con él después de la cena y nadie parecía capaz de establecer una hora exacta.

La muerte había sido descubierta por la mañana, pero el despacho podía haber permanecido cerrado durante varias horas antes de que alguien se atreviera a llamar a la puerta.

—Hay algo más —dijo Eleanor después de un momento—.

Mary Collins ha confirmado que vio a una persona cerca del invernadero alrededor de las siete y media de esta mañana.

Llevaba un objeto envuelto en tela y caminaba con una ligera cojera.

Se dirigió a la caseta de herramientas y después desapareció hacia el bosque.

Arthur apoyó los antebrazos en los brazos del sillón y reflexionó antes de contestar.

—Eso es importante, pero no debemos olvidar que ocurrió después de la muerte, al menos según lo que sabemos. Si Sir Reginald ya había fallecido durante la noche, aquella persona pudo estar intentando ocultar algo relacionado con él. También pudo haber salido por un motivo completamente distinto.

—¿Cree que debemos decírselo a Edmund?

—Sí. Y a las autoridades en cuanto lleguen.

Pero antes de hacerlo convendría que Mary describiera de nuevo lo que vio, sin que nadie le sugiera posibles identidades.

Si la interrogamos demasiadas veces sobre la misma escena, podría acabar recordando nuestras preguntas en lugar de sus propias observaciones.

Eleanor apreció aquella respuesta. Arthur no intentaba convertir cada indicio en una certeza ni se dejaba seducir por la primera explicación que encajaba con sus sospechas.

Su prudencia contrastaba con la ansiedad que dominaba a los demás habitantes de la casa y le permitió contemplar el caso con algo más de serenidad.

Se disponía a responder cuando la puerta se abrió y apareció Margaret Ashford.

Llevaba un vestido de lana color verde oscuro, el cabello recogido con sencillez y el cuaderno de tapas verdes que había mostrado a Eleanor aquella mañana.

Su rostro parecía más pálido que de costumbre, y sus ojos se dirigieron inmediatamente hacia la libreta que Eleanor había dejado junto a la taza.

—Espero no interrumpir —dijo Margaret—. Necesito hablar con usted, señorita Wren. Creo que hay algo que debería enseñarle antes de que Edmund Vale decida qué hacer con los documentos de mi tío.

Arthur se levantó para dejarles espacio, pero Margaret le pidió que se quedara.

Aseguró que no tenía intención de hablar de nada que debiera permanecer oculto al médico y, después de cerrar la puerta, se sentó frente a Eleanor.

Abrió el cuaderno por una página marcada con una cinta y señaló varias anotaciones escritas con una letra antigua, inclinada hacia la derecha.

Eran observaciones botánicas sobre plantas de invierno, acompañadas de dibujos minuciosos de hojas y raíces.

En el margen, sin embargo, aparecía una nota que no guardaba relación aparente con el resto: «El volumen no contiene lo que ellos creen.

Lo que importa es lo que alguien escribió antes de que se cerrara la puerta».

Debajo figuraban dos iniciales, E. W., y una fecha incompleta en la que solo se distinguían el mes de diciembre y los dos últimos números del año.

—Es la letra de mi bisabuela —explicó Margaret—.

Mi madre conservó este cuaderno entre sus cosas personales.

Durante años creí que solo contenía anotaciones sobre plantas, porque casi todas las páginas están dedicadas a eso.

Pero cuando supe que mi tío estaba buscando un libro antiguo, recordé que mi madre había mencionado una historia relacionada con un volumen que desapareció de la biblioteca familiar.

—¿Qué historia? —preguntó Eleanor.

Margaret bajó los ojos hacia la página.

—Mi madre decía que Eleanor Whitmore había descubierto algo que no debía haber encontrado.

No sabía exactamente qué era, o quizá nunca quiso contármelo.

Solo recuerdo que, cuando yo era niña, le pregunté por qué el retrato de aquella mujer no estaba en la galería familiar, a pesar de que otros parientes mucho menos importantes sí tenían el suyo.

Mi madre me respondió que algunas familias conservan los retratos de sus antepasados y otras conservan sus errores.

Después me pidió que no volviera a hacer aquella pregunta delante de mi tío.

Eleanor observó el cuaderno sin tocarlo.

La frase escrita en el margen parecía señalar una puerta cerrada, pero no aclaraba si se trataba de una puerta física o de una imagen empleada para referirse a un secreto.

La posibilidad de que el volumen desaparecido contuviera anotaciones, una carta o algún documento añadido entre sus páginas explicaría por qué Sir Reginald había vuelto a buscarlo después de tantos años.

Sin embargo, la frase también podía ser una advertencia dirigida a alguien que conocía la historia desde dentro.

Eleanor preguntó si Margaret había visto antes aquella anotación.

La joven respondió que no recordaba haber reparado en ella, aunque el cuaderno había permanecido guardado durante mucho tiempo y algunas páginas estaban pegadas por la humedad.

Su madre había muerto sin explicar el significado de las iniciales, y Margaret no había querido preguntar a Sir Reginald por miedo a que interpretara su curiosidad como una acusación contra la familia.

—¿Por qué me lo enseña ahora? —preguntó Eleanor.