El secreto de Whitmore Manor Capítulo 8 — Las huellas junto al invernadero #3
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Capítulo 8 — Las huellas junto al invernadero #3

El regreso a la mansión fue más lento que la salida.

El viento soplaba de frente y levantaba pequeños remolinos que se arremolinaban alrededor de sus piernas, obligándolos a detenerse varias veces para orientarse.

Cuando llegaron a la terraza, Eleanor tenía las mejillas enrojecidas y los dedos entumecidos, a pesar de los guantes.

Arthur le abrió la puerta y la acompañó hasta el vestíbulo, donde el calor de la casa les pareció casi excesivo después de la temperatura del jardín.

Agnes los esperaba junto a la escalera, con una expresión que mezclaba impaciencia y preocupación.

Preguntó adónde habían ido y por qué nadie le había informado de que pensaban salir hasta el invernadero.

Arthur respondió que habían querido comprobar unas huellas y que no habían encontrado a nadie.

Agnes pareció relajarse ligeramente, pero cuando Eleanor mencionó la caseta de herramientas, la mujer dejó de moverse.

—¿Han estado junto a la caseta? —preguntó.

—Solo hemos mirado desde fuera —respondió Arthur—. El candado está puesto, pero parece haber recibido un golpe reciente. También hemos visto un objeto sobre una mesa, aunque no podemos identificarlo.

Agnes dejó la cesta que llevaba en el suelo.

—Esa caseta no se utiliza desde hace muchos años. No hay ninguna razón para que nadie haya ido allí esta mañana.

—Alguien ha dejado huellas —dijo Eleanor.

El ama de llaves miró a la joven con una expresión que no tardó en recuperar su habitual serenidad.

—En invierno, las huellas aparecen por todas partes. El jardinero puede haber ido a comprobar el candado, o quizá alguno de los mozos haya buscado una herramienta. No sería la primera vez que alguien utiliza un lugar que lleva años cerrado.

—¿Sabe quién tiene la llave? —preguntó Arthur.

—Yo conservo algunas llaves antiguas de la finca. Otras las guarda el señor Vale. Tendría que revisar el registro para decirle exactamente cuáles corresponden a cada puerta.

La respuesta parecía razonable, pero Eleanor recordó la pequeña llave de hierro que había visto en manos de Agnes la noche anterior.

No podía afirmar que abriera la caseta, y tampoco sabía si el ama de llaves la llevaba habitualmente por motivos de trabajo.

Aun así, le pareció importante que la mujer hubiera reaccionado con tanta rapidez al escuchar el nombre de la construcción.

Agnes recogió la cesta y se excusó diciendo que debía preparar las habitaciones para cuando llegara el agente local.

Arthur se dirigió al salón azul para informar a Edmund Vale, mientras Eleanor permanecía unos segundos en el vestíbulo, observando cómo el ama de llaves desaparecía por el corredor de servicio.

Cuando entró en el salón, encontró a Charles sentado junto a la chimenea, con un vaso de whisky en la mano, y al reverendo Bell de pie junto a la ventana.

Edmund Vale había extendido varios papeles sobre una mesa baja, aunque los cubría con una carpeta cada vez que alguien se acercaba.

Arthur les explicó lo que habían visto en el invernadero y junto a la caseta, procurando no atribuir importancia excesiva a detalles que todavía no podían interpretarse.

Charles escuchó con impaciencia y preguntó si de verdad pretendían investigar un cobertizo mientras el cuerpo de su padre permanecía en el despacho.

Arthur respondió que no habían abandonado la escena y que la puerta seguía vigilada.

La caseta, añadió, podía no tener ninguna relación con la muerte, pero sería absurdo ignorar una señal que quizá ayudara a reconstruir los movimientos de alguien durante la noche.

—¿Y qué esperan encontrar allí? —preguntó Charles—. ¿Una confesión escrita con letras doradas?

—Espero encontrar una explicación —respondió Eleanor antes de que Arthur pudiera hablar—. Y, si no la encontramos allí, al menos sabremos que hemos comprobado el lugar.

Charles la miró con una mezcla de irritación y curiosidad.

Pareció a punto de responder, pero finalmente bebió un sorbo de whisky y volvió la vista hacia el fuego.

Edmund Vale cerró la carpeta y dijo que no debían entrar en la caseta hasta que llegaran las autoridades, especialmente si el candado mostraba señales de haber sido manipulado.

En cuanto al invernadero, recomendó que tampoco se alterara nada más de lo imprescindible.

Arthur estuvo de acuerdo y señaló que había sido una suerte que ninguno de los dos tocara los objetos que habían encontrado.

Eleanor no mencionó el cuaderno de Margaret ni la frase escrita en la página de diciembre de 1857.

No sabía si debía compartir aquella información con Edmund Vale, que parecía guardar sus propios secretos profesionales, y prefería esperar hasta que pudiera hablar de nuevo con Margaret.

El resto de la tarde transcurrió entre esperas, consultas y noticias poco alentadoras sobre el estado de los caminos.

El mozo enviado al pueblo no había regresado, y los criados que intentaban despejar la entrada apenas conseguían avanzar unos metros antes de que el viento volviera a cubrir el sendero.

Lady Beatrice permanecía en su dormitorio, y Margaret se había retirado a una habitación pequeña junto al invernadero, donde acostumbraba a guardar sus libros de botánica y sus herramientas.

Eleanor la vio pasar una vez por el corredor, con el cuaderno verde apretado contra el pecho, pero no tuvo ocasión de hablar con ella.

La mansión parecía haberse dividido en pequeños territorios de silencio, cada uno ocupado por alguien que prefería estar a solas con sus pensamientos.

Charles bebía junto a la chimenea; Edmund Vale revisaba documentos en el salón de lectura; el reverendo Bell permanecía largos ratos en la capilla, y Arthur entraba y salía del despacho con la misma concentración con la que había comenzado la mañana.

Al caer la tarde, Eleanor regresó a su habitación para cambiarse las botas mojadas y calentarse las manos junto al fuego.

Sacó la libreta y anotó con detalle lo que había observado: las huellas junto al invernadero, la puerta lateral mal encajada, la maceta volcada, la cinta azul, el fragmento de papel y la caseta de herramientas con el candado marcado.

Escribió también que las huellas junto a la caseta mostraban un desgaste irregular en el talón, un detalle que debía recordar por si aparecía de nuevo.

No había pruebas de que alguno de aquellos elementos estuviera relacionado con la muerte de Sir Reginald, pero tampoco podía descartarlo.

La figura que había visto desde la ventana podía ser el mensajero, un jardinero o cualquier persona que hubiera tenido una razón legítima para salir al jardín.

Sin embargo, si alguien había utilizado la caseta para ocultar un objeto, debía de existir una razón para preferir aquel lugar a cualquier habitación de la mansión.

Cuando terminó de escribir, Eleanor se acercó a la ventana.

La tormenta había disminuido ligeramente, aunque la nieve seguía cayendo sobre los tejados y los árboles.

Desde allí podía distinguir una parte del invernadero y, más allá, el sendero que conducía a la caseta de herramientas.

La construcción apenas era visible entre las ramas, pero la puerta parecía formar una mancha oscura sobre la superficie blanca del paisaje.

Eleanor pensó en el objeto cubierto por la tela y en la posibilidad de que fuera un libro, quizá uno de los volúmenes que faltaban en el catálogo.

La idea resultaba tentadora, pero sabía que no debía convertir una sospecha en certeza solo porque encajara con las preguntas que llevaba horas haciéndose.

Cerró las cortinas y se sentó junto al fuego, intentando ordenar las distintas piezas del misterio sin forzar ninguna relación.

No había pasado mucho tiempo cuando oyó unos pasos apresurados en el corredor.

La puerta se abrió y apareció Mary Collins, que parecía haber subido las escaleras demasiado deprisa.

Tenía las mejillas encendidas y sostenía entre las manos una pequeña bandeja vacía, como si hubiera utilizado aquella excusa para acercarse a la habitación.

—Perdone que la moleste, señorita Wren. La señora Pritchard me ha enviado a buscar una manta para la habitación de invitados, pero quería preguntarle algo antes de volver abajo.