Capítulo 8 — Las huellas junto al invernadero #2
Arthur se acercó al marco y examinó la cerradura.
La puerta estaba cerrada, pero no completamente encajada; una pequeña separación entre la hoja y el marco permitía que el viento se colara por el borde inferior.
El médico presionó la madera con una mano y la puerta cedió unos centímetros antes de detenerse contra el suelo helado.
No parecía haber sido forzada. Eleanor iluminó el interior con la linterna y distinguió las hileras de macetas, las mesas de cultivo y las hojas brillantes de las plantas que sobrevivían bajo los cristales.
El aire del invernadero era más templado que el exterior, aunque una corriente fría se extendía cerca de la entrada.
En las ventanas se habían formado pequeñas gotas de condensación, y el olor húmedo de la tierra se mezclaba con el perfume de las hojas de limón, el romero y otras plantas aromáticas.
Todo parecía estar en orden, salvo por una maceta volcada junto a una mesa y una pequeña pala de jardinería que descansaba en el suelo, a cierta distancia de su soporte.
—Margaret ha estado aquí —dijo Eleanor—. Reconozco algunas de las plantas que me enseñó ayer.
Arthur examinó la maceta volcada sin tocarla.
—Es posible que haya venido esta mañana para comprobar que no se hubieran helado. Si la puerta no encaja bien, la corriente podría dañar las especies más delicadas.
Eleanor se acercó a la mesa central. Sobre la superficie había varias macetas pequeñas, una regadera de cobre y un cuaderno abierto por una página en la que se distinguían dibujos de hojas y anotaciones escritas con lápiz.
Junto al cuaderno descansaba una cinta azul, estrecha y descolorida, que parecía haber sido utilizada para sujetar algunas páginas.
Eleanor la observó con atención. El color le recordó la tinta de las fichas de la biblioteca, aunque sabía que aquella semejanza no significaba nada por sí misma.
Levantó la mirada hacia las estanterías y comprobó que, en el extremo más alejado, una de las puertas de un armario estaba entreabierta.
Dentro se guardaban herramientas, pequeñas cajas de madera y recipientes de vidrio.
No había nada especialmente llamativo, pero la puerta parecía haber quedado así por descuido, pues las demás estaban cerradas.
—¿Ha venido usted aquí antes? —preguntó Arthur.
—Solo he visto el invernadero desde el jardín. No he entrado hasta ahora.
—Entonces será mejor que no cambiemos nada. Si alguien ha estado aquí esta mañana, conviene dejar las cosas como están hasta que sepamos si guardan relación con la muerte de Sir Reginald.
Eleanor asintió. No quería convertir una inspección improvisada en una búsqueda desordenada.
Se limitó a observar la disposición de las herramientas y las marcas que aparecían en el suelo de tierra, donde varias pisadas habían dejado zonas más oscuras.
Una huella se distinguía con claridad junto a la mesa central, como si alguien hubiera permanecido allí durante un rato antes de dirigirse hacia el armario.
Otra, parcialmente borrada, parecía conducir a una puerta interior que daba a un pequeño cuarto de almacenaje.
La puerta estaba cerrada, pero el pestillo no parecía encajado del todo.
Arthur la examinó y comprobó que no tenía llave.
Al abrirla, descubrieron un espacio estrecho, con estantes de madera, sacos de tierra, cajas de semillas y varios recipientes utilizados para conservar bulbos durante el invierno.
En el suelo había una pequeña mancha de barro húmedo y, junto a ella, un trozo de papel doblado que alguien había pisado sin llegar a romperlo por completo.
Arthur se agachó para observarlo, pero no lo recogió.
La hoja estaba demasiado húmeda para que pudiera manipularse sin alterar su estado, y parecía haberse desprendido de algún documento mayor.
Eleanor se inclinó desde una distancia prudente y distinguió unas pocas palabras escritas con tinta azul.
Solo podía leerse una parte de la frase: …
antes de la mañana… El resto quedaba oculto bajo el barro o había desaparecido al rasgarse el papel.
No había ninguna firma ni una fecha visible.
Arthur le pidió que no intentara extraer conclusiones de una frase incompleta y Eleanor aceptó, aunque la referencia a la mañana le recordó inmediatamente el anuncio que Sir Reginald había prometido hacer antes de morir.
—¿Cree que alguien ha venido aquí después de la cena? —preguntó.
—No podemos saberlo todavía. Pero, si el papel está relacionado con un documento que se rompió o se rasgó, quizá encontremos otros fragmentos. Lo importante es que no los toquemos.
El médico salió del cuarto y se dirigió hacia la puerta principal del invernadero.
Eleanor lo siguió, aunque antes de abandonar la estancia miró una vez más la cinta azul que descansaba sobre la mesa.
Había algo en su aspecto que le resultaba familiar, no porque la hubiera visto antes en un objeto concreto, sino porque parecía pertenecer a una clase de materiales que había observado en numerosos libros antiguos.
Las cintas se utilizaban para marcar páginas, mantener unidos los cuadernos o sujetar pequeños paquetes de documentos.
No tenía razones para atribuirle un significado especial, pero decidió recordar dónde la había encontrado.
Cuando regresaron al exterior, el viento había aumentado y una ráfaga levantó nieve suficiente para cubrir parcialmente las huellas que habían examinado unos minutos antes.
Arthur se ajustó el cuello del abrigo y señaló que debían regresar antes de que la tormenta empeorara.
Eleanor estuvo de acuerdo, aunque, antes de alejarse, volvió la cabeza hacia el extremo del invernadero que daba al bosque.
Allí, junto a una puerta estrecha que parecía utilizarse para sacar los restos de poda, la nieve estaba alterada por varias pisadas que no continuaban hacia el camino principal.
Se dirigían hacia una pequeña construcción de piedra, apenas visible entre los árboles, que Eleanor había confundido con un cobertizo abandonado.
Arthur siguió la dirección de su mirada y explicó que se trataba de una antigua caseta de herramientas, utilizada en otros tiempos por los jardineros que trabajaban en el extremo occidental de la propiedad.
Según recordaba, apenas se empleaba desde hacía años, pues la mayoría de los aperos se guardaban ahora en los establos y en el propio invernadero.
La puerta estaba cerrada y el tejado cubierto de nieve, pero las huellas llegaban hasta el umbral y parecían terminar allí.
—¿Quiere que lo comprobemos? —preguntó Eleanor.
Arthur observó el cielo y después miró hacia la mansión.
—Solo desde fuera. No tenemos motivo para entrar en una construcción que quizá no tenga ninguna relación con lo ocurrido. Si la puerta está abierta, podremos informar a las autoridades cuando lleguen.
Avanzaron con dificultad entre los setos.
La caseta tenía muros de piedra oscurecida por la humedad y un tejado inclinado de pizarra, parcialmente oculto bajo la nieve.
Una pequeña ventana, situada a la altura de los hombros, estaba cubierta por una contraventana de madera.
Arthur comprobó el cierre de la puerta y descubrió que el candado seguía puesto, aunque el metal presentaba una marca reciente en uno de sus lados, como si hubiera recibido un golpe.
No parecía roto. Eleanor se acercó a la ventana y apartó con cuidado una rama que dificultaba la visión.
A través de una estrecha separación entre las tablas, distinguió una mesa de trabajo, varias herramientas antiguas y un armario de puertas desiguales.
No había señales evidentes de que alguien se encontrara dentro, pero sobre la mesa descansaba un objeto rectangular cubierto por una tela oscura.
Su tamaño era parecido al de un libro grueso.
—Hay algo sobre la mesa —dijo Eleanor.
Arthur se acercó a mirar, aunque la luz era insuficiente para identificarlo con certeza.
—Podría ser una caja o un libro. No podemos saberlo desde aquí.
—¿Por qué habría alguien de guardar un libro en una caseta de herramientas?
—Por la misma razón por la que alguien podría guardar cualquier otra cosa: porque no quiere que se encuentre en otro lugar. Pero eso no significa que sea el libro que estamos buscando.
Eleanor reconoció la prudencia de la respuesta.
La caseta podía contener una herramienta olvidada, una caja de semillas o cualquier objeto que hubiera permanecido allí durante años.
Sin embargo, las huellas recientes y el candado marcado indicaban que alguien había pasado por aquel lugar en circunstancias que todavía no podían explicar.
Arthur propuso que regresaran a la mansión y que informaran a Edmund Vale de lo que habían encontrado, para que el abogado decidiera cómo proceder hasta la llegada de las autoridades.
Eleanor aceptó, aunque antes de marcharse examinó una vez más la nieve junto a la puerta.
Una de las huellas era más profunda que las demás y mostraba un dibujo irregular en el talón, como si la suela de la bota estuviera desgastada en un punto concreto.
No era suficiente para identificar a quien la había dejado, pero sí una característica que quizá pudiera reconocer si encontraba una marca semejante en otro lugar.