El secreto de Whitmore Manor Capítulo 8 — Las huellas junto al invernadero
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Capítulo 8 — Las huellas junto al invernadero

La figura que Eleanor había distinguido desde la ventana desapareció detrás de los árboles antes de alcanzar el camino que conducía a la entrada principal, y durante unos minutos la joven permaneció inmóvil, tratando de decidir si había visto realmente a alguien o si la nieve, al reflejar la luz gris del cielo, había transformado una sombra del jardín en una presencia humana.

La tormenta había reducido tanto la visibilidad que incluso los edificios más próximos parecían encontrarse a una distancia mayor de la real.

Sin embargo, estaba segura de haber distinguido una silueta inclinada contra el viento y un objeto oscuro que la persona llevaba bajo el brazo.

Se apartó de la ventana, recogió su libreta y salió del salón de lectura con la intención de preguntar a Agnes si el mozo había regresado.

Al llegar al vestíbulo encontró a dos criados junto a la puerta principal, discutiendo sobre la posibilidad de despejar el camino con palas, mientras el mayordomo examinaba una de las ventanas para comprobar que el cierre resistía las ráfagas.

Ninguno había visto a nadie acercarse desde el jardín.

Eleanor preguntó si el hombre enviado al pueblo había regresado, y uno de los criados respondió que todavía no tenían noticias de él.

El camino estaba cubierto por una capa de nieve que, en algunos puntos, superaba la altura de las botas, y el viento había formado acumulaciones junto a los setos que hacían imposible avanzar con rapidez.

La figura que había visto podía ser el mensajero, pero resultaba extraño que no se dirigiera directamente hacia la entrada y que hubiera desaparecido precisamente junto al sector occidental del jardín.

Agnes Pritchard apareció desde el corredor de servicio llevando una cesta con paños limpios.

Al escuchar la pregunta de Eleanor, respondió que el mozo todavía no había regresado y que lo más prudente era esperar noticias antes de enviar a otra persona.

La joven le explicó que había visto una silueta cerca de los árboles y que quizá alguien hubiera entrado por una puerta lateral.

Agnes se detuvo tan bruscamente que uno de los paños se deslizó de la cesta y cayó al suelo.

Lo recogió sin apresurarse y, después de comprobar que los criados estaban ocupados con la puerta, miró a Eleanor con una expresión difícil de interpretar.

—Con esta tormenta es fácil confundir las sombras con personas, señorita. El jardín está lleno de árboles y el viento mueve las ramas de una forma bastante engañosa.

—No me pareció una rama.

—No he dicho que lo fuera. Solo que quizá no haya visto lo que cree haber visto.

Eleanor reconoció en aquellas palabras el mismo procedimiento que había observado durante sus conversaciones anteriores con el ama de llaves: Agnes no negaba directamente una posibilidad, pero tampoco permitía que se convirtiera en una pregunta concreta.

La mujer se excusó diciendo que debía llevar los paños al piso superior y continuó hacia la escalera de servicio.

Eleanor la siguió con la mirada hasta que desapareció en el corredor.

Después se volvió hacia la puerta principal, donde el viento hacía vibrar los cristales, y comprendió que, si quería averiguar quién había cruzado el jardín, tendría que hacerlo antes de que la nieve borrara cualquier rastro.

No tenía intención de abandonar la mansión sin permiso ni de internarse en el bosque durante una tormenta, pero el invernadero se encontraba a poca distancia del edificio principal y podía alcanzarse por un sendero protegido en parte por los setos.

Eleanor decidió que una inspección breve quizá le permitiría determinar si la figura había dejado huellas junto a la puerta lateral.

Antes de salir, regresó a su habitación para ponerse unas botas resistentes y un abrigo de lana gruesa.

Se envolvió el cuello con una bufanda, guardó la libreta en el bolsillo interior y tomó una pequeña linterna que Mary había dejado sobre la cómoda.

Al bajar, encontró a Arthur Pembroke junto al vestíbulo, hablando con uno de los criados sobre el estado del camino.

El médico reparó en su abrigo y le preguntó adónde pensaba ir.

—Al invernadero. He visto a alguien cerca de los árboles y quisiera comprobar si ha dejado huellas.

Arthur frunció el ceño y miró hacia la puerta.

—No me parece buena idea salir sola con este tiempo.

—El invernadero está cerca. No pienso ir más allá de los setos.

—Eso mismo suele decir la gente antes de descubrir que una distancia corta puede convertirse en un problema cuando la nieve cubre el suelo. Iré con usted. Tengo que comprobar si la puerta lateral del edificio está bien cerrada, y no me vendrá mal tomar un poco de aire.

Eleanor aceptó sin discutir. Arthur tomó su abrigo del perchero, se ajustó los guantes y pidió a uno de los criados que informara a Agnes de que ambos saldrían al jardín durante unos minutos.

Cuando abrieron la puerta principal, el frío los recibió con una violencia que hizo que Eleanor contuviera la respiración.

El aire olía a nieve, a tierra helada y a madera húmeda; el viento levantaba pequeños remolinos que golpeaban las piernas y se colaban por los bordes del abrigo.

El sendero estaba parcialmente despejado frente a la casa, pero apenas unos metros más allá desaparecía bajo una capa irregular de nieve.

Arthur avanzó primero, comprobando con la punta de la bota la firmeza del terreno, mientras Eleanor lo seguía con la linterna apagada en la mano.

A pesar del mal tiempo, el jardín conservaba una belleza extraña.

Los rosales estaban cubiertos de pequeños montículos blancos, las estatuas de piedra habían adquirido formas redondeadas y los bancos de hierro parecían haber sido esculpidos en mármol.

A través de las ramas desnudas se distinguía el tejado del invernadero, cuya estructura de hierro y cristal reflejaba una luz pálida, casi azulada.

—Es un jardín magnífico —comentó Arthur cuando alcanzaron el sendero lateral—. En primavera debe de resultar difícil encontrar un lugar más hermoso en toda la comarca.

—Margaret me habló ayer de las plantas que conserva allí. Parece conocerlas todas.

—La señorita Ashford pasa bastante tiempo en el invernadero. El jardinero me ha dicho que a menudo se ocupa de especies que los demás consideran demasiado delicadas para sobrevivir al invierno. Tiene paciencia para ese tipo de trabajo.

—¿La conoce desde hace mucho?

Arthur tardó un momento en responder, como si quisiera encontrar una forma prudente de hablar de la familia.

—La he tratado durante varios años. Margaret es una mujer inteligente, aunque no siempre le resulta fácil vivir en esta casa. Sir Reginald tenía ideas muy firmes sobre el lugar que correspondía a cada miembro de su familia, y ella nunca ha sido especialmente hábil para fingir que estaba de acuerdo.

—¿Y Charles?

Arthur sonrió sin alegría.

—Charles tiene otras dificultades. Pero no me parece justo hablar de los defectos de los demás cuando ninguno de nosotros está en condiciones de saber qué ha ocurrido realmente.

Eleanor aceptó la observación. Había formulado la pregunta con la esperanza de obtener una impresión más clara de los dos familiares, pero Arthur parecía decidido a no convertirse en fuente de rumores.

Aquella cautela le resultó razonable. Si quería comprender a los habitantes de Whitmore Manor, tendría que observarlos por sí misma y no limitarse a reunir opiniones ajenas.

Continuaron avanzando hasta llegar a una bifurcación.

El camino de la derecha conducía a los establos, mientras que el de la izquierda rodeaba un pequeño grupo de arbustos y terminaba frente a la puerta del invernadero.

Arthur señaló las huellas que aparecían junto al borde del sendero.

Eran marcas recientes, parcialmente cubiertas por la nieve, que se dirigían hacia el edificio de cristal y después desaparecían detrás de uno de los setos.

No parecían pertenecer a los criados que habían despejado la entrada principal, pues los dibujos de las suelas eran distintos y la separación entre unas pisadas y otras indicaba un paso más largo.

Eleanor se agachó para observarlas sin tocar la nieve.

Había al menos dos series de huellas. Unas eran profundas y regulares, probablemente de botas de hombre; las otras, más estrechas, se interrumpían junto a la puerta lateral del invernadero.

No podía determinar si ambas personas habían caminado al mismo tiempo ni si una había seguido a la otra.

El viento había deformado los bordes de algunas marcas y la nieve reciente ocultaba buena parte de los detalles.

Sin embargo, la primera serie parecía continuar hacia la parte posterior del edificio, mientras que la segunda terminaba precisamente frente a la puerta.

—¿Cree que alguien ha entrado? —preguntó Arthur.

—No lo sé. Pero estas huellas no estaban aquí ayer por la tarde, al menos no con este aspecto.

—La nieve puede hacer que parezcan más recientes de lo que son. El viento ha borrado las marcas más antiguas y ha dejado al descubierto las que se encontraban protegidas junto al seto.

—Es posible. Aunque me gustaría comprobar la puerta.