Capítulo 7 — Nieve alrededor de la casa #3
Mientras escribía, oyó un ruido en el corredor y levantó la cabeza.
Margaret apareció en la puerta con un pequeño cuaderno de tapas verdes entre las manos.
Parecía haber estado buscándola y, al encontrarla rodeada de papeles, dudó antes de entrar.
Eleanor apartó una silla para que pudiera sentarse y la joven dejó el cuaderno sobre la mesa sin abrirlo.
Explicó que lo había encontrado entre las pertenencias de su madre, dentro de una caja de costura que nadie había revisado desde su muerte.
No sabía si contenía algo importante, pero la noche anterior, después de escuchar el anuncio de Sir Reginald, había recordado que su madre le había pedido que no lo destruyera nunca.
Margaret había llevado el cuaderno consigo cuando se trasladó a Whitmore Manor, aunque hasta aquella mañana no se había decidido a examinarlo.
—No quiero que piense que intento acusar a nadie —dijo—. Ni siquiera sé si debería enseñárselo. Pero usted está revisando los libros y los documentos antiguos, y quizá pueda ayudarme a entender por qué mi madre guardó esto durante tantos años.
Eleanor miró el cuaderno sin tocarlo.
—¿Lo ha leído?
—Solo las primeras páginas. Hay anotaciones sobre plantas, recetas de remedios caseros y algunos nombres que no reconozco. Después aparece una fecha: diciembre de 1857. Mi madre escribió que aquellas páginas no debían separarse nunca del resto.
Eleanor sintió una punzada de inquietud, pero no dejó que se reflejara en su rostro.
Le preguntó si podía examinar el cuaderno y Margaret asintió.
Las tapas estaban desgastadas y una de las esquinas había sido reparada con un pequeño trozo de tela.
En el centro no había título, únicamente las iniciales E.
W. estampadas en tinta casi desvanecida.
Eleanor abrió la primera página con cuidado y encontró una caligrafía antigua, elegante y ligeramente inclinada hacia la derecha.
Las primeras entradas describían especies de helechos, flores silvestres y plantas que crecían en los terrenos húmedos de Yorkshire.
Más adelante aparecían observaciones sobre el invernadero y una lista de libros consultados para identificar determinadas especies.
Al llegar a la página marcada con la fecha de diciembre de 1857, Eleanor encontró una frase escrita con tinta azul, distinta de la utilizada en las anotaciones botánicas: Si alguna vez alguien pregunta por el libro, no debe recibir una respuesta hasta que se conozca toda la verdad.
Margaret se inclinó para leer por encima de su hombro. Su rostro perdió el poco color que le quedaba.
—No había visto esa frase —susurró—. No recordaba que estuviera ahí.
Eleanor examinó la tinta, el papel y los bordes de la página.
No podía saber cuándo se había escrito la nota, aunque parecía posterior a las observaciones botánicas que la rodeaban.
Tampoco podía determinar quién había redactado la frase, porque la caligrafía era demasiado breve para permitir una comparación segura.
Cerró el cuaderno con delicadeza y miró a Margaret.
—¿Su madre le explicó alguna vez quién era Eleanor Whitmore para ella?
—Solo que era una antepasada de la familia y que había vivido aquí.
Nunca me dijo qué ocurrió con ella. Cuando yo era pequeña, una vez le pregunté por qué no había retratos suyos en la casa.
Mi madre respondió que algunas personas no necesitan un retrato para seguir presentes, y después cambió de tema.
Eleanor volvió a mirar las iniciales de la cubierta.
Por primera vez desde que había llegado a Whitmore Manor, tuvo la impresión de que no estaba siguiendo únicamente el rastro de un libro desaparecido, sino el de una persona cuya historia había sido fragmentada deliberadamente.
Sin embargo, el cuaderno no demostraba que Eleanor Whitmore hubiera sido víctima de una injusticia ni que su desaparición de la memoria familiar guardara relación con la muerte de Sir Reginald.
Era posible que el misterio del libro y el de la mujer fueran dos asuntos diferentes que la familia había confundido con el paso del tiempo.
También era posible que ambos estuvieran vinculados por una verdad que alguien había decidido mantener oculta.
Eleanor devolvió el cuaderno a Margaret y le recomendó que lo guardara en un lugar seguro, sin separar las páginas ni escribir nada sobre ellas hasta que pudieran examinarlo con más calma.
La joven aceptó el consejo y guardó el objeto en el bolsillo interior de su vestido.
—¿Cree que mi tío sabía lo que contiene? —preguntó Margaret.
Eleanor miró hacia la ventana, donde la nieve había empezado a cubrir incluso las huellas de los hombres que trabajaban junto a la entrada principal.
—Creo que su tío estaba a punto de revelar algo importante. Pero todavía no sabemos si ese cuaderno tiene relación con su decisión, ni si su muerte está relacionada con lo que ocurrió en 1857.
Margaret asintió, aunque la expresión de su rostro revelaba que la respuesta no la tranquilizaba.
Antes de marcharse, preguntó si Eleanor pensaba que alguien podía haber matado a Sir Reginald.
La pregunta quedó suspendida entre ambas, demasiado grave para responderla a la ligera.
Eleanor recordó la puerta cerrada, la llave del lado interior, la copa de oporto y la carta parcialmente quemada.
Después pensó en la tormenta, que impedía la llegada inmediata de las autoridades, y en las personas que habían reaccionado de forma tan distinta al anuncio de la víspera.
—No lo sé —respondió finalmente—. Y no quiero acusar a nadie hasta que tengamos razones para hacerlo. Pero hay demasiadas cosas que todavía no encajan.
Margaret se marchó sin añadir nada más. Eleanor permaneció sentada ante la mesa, con la libreta abierta y el cuaderno de su propia memoria lleno de fechas, nombres y preguntas.
Afuera, los copos seguían cayendo sobre Whitmore Manor, ocultando los caminos y las huellas, mientras la casa se preparaba para afrontar una Navidad que ninguno de sus habitantes había imaginado.
Sir Reginald estaba muerto, la decisión que había prometido anunciar permanecía desconocida y un libro ausente parecía unir, de manera todavía incomprensible, la historia de una mujer olvidada con los temores de quienes seguían viviendo bajo aquel techo.
Eleanor cerró la libreta y se levantó para acercarse a la ventana.
A lo lejos, junto al límite del jardín, distinguió una figura que avanzaba lentamente hacia la mansión, inclinada contra el viento y llevando algo oscuro bajo el brazo.
No podía saber si se trataba del mozo que había salido a buscar ayuda o de otra persona que llegaba desde el bosque.
Permaneció observando hasta que la figura desapareció detrás de los árboles.
La tormenta continuaba aislándolos del mundo, pero alguien acababa de acercarse a la casa desde el exterior, y Eleanor comprendió que la nieve no iba a mantener ocultos todos los secretos durante mucho tiempo.