El secreto de Whitmore Manor Capítulo 7 — Nieve alrededor de la casa #2
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Capítulo 7 — Nieve alrededor de la casa #2

Margaret abrió la boca, pero no respondió.

Sus ojos se desplazaron hacia el reverendo Bell, que permaneció inmóvil, con la mirada fija en el fuego.

Eleanor observó el intercambio y comprendió que la joven había estado a punto de mencionar algo que los demás no querían escuchar.

Lady Beatrice se levantó y pidió que dejaran aquella conversación para más tarde.

Dijo que necesitaba unos minutos a solas y que deseaba subir a su habitación antes de que llegara el médico de la localidad.

Margaret se ofreció a acompañarla, pero Lady Beatrice negó suavemente con la cabeza y salió del salón con paso lento.

La puerta se cerró detrás de ella y Charles reanudó su recorrido por la estancia, mientras Margaret permanecía sentada con las manos juntas sobre el regazo.

—¿Qué iba a decir antes? —preguntó Eleanor con cuidado.

Margaret la miró, sorprendida de que se dirigiera a ella. Durante un instante pareció considerar la posibilidad de responder, pero después se limitó a observar la caja de bombones que había sobre la mesa.

—Nada importante. Solo pensaba que mi tío llevaba años preparando algo. No sé exactamente qué era, pero anoche parecía haber decidido que ya no podía seguir aplazándolo.

—¿Sabía usted que iba a anunciar una decisión?

—No. Lo único que sabía era que estaba preocupado por ciertos documentos. Hace unas semanas pidió que le llevaran varios libros de cuentas y unas carpetas antiguas que estaban guardadas en el despacho. Después empezó a hacer preguntas sobre personas que nadie mencionaba desde hacía mucho tiempo.

Eleanor se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Qué personas?

Margaret apretó los labios.

—No lo sé con seguridad. Mi madre me habló en alguna ocasión de una mujer que había vivido en esta casa antes de que naciera mi abuela.

Su nombre aparecía en algunas cartas familiares, pero después dejó de aparecer.

Cuando pregunté por ella, me dijeron que era una historia sin importancia y que no debía preocuparme por cosas que habían sucedido antes de mi nacimiento.

—¿Recuerda el nombre de esa mujer?

—Eleanor Whitmore. Mi bisabuela. La mujer de la que le hablé ayer.

La coincidencia con el nombre de la propia Eleanor hizo que la conversación adquiriera un matiz inesperado.

Margaret sonrió ligeramente al advertir la sorpresa de su interlocutora y explicó que su familia había considerado aquel nombre anticuado durante varias generaciones, hasta que su madre decidió recuperarlo como segundo nombre para una de sus hermanas.

Después volvió a ponerse seria. Según los pocos recuerdos que conservaba de las conversaciones familiares, Eleanor Whitmore había sido una mujer instruida, aficionada a la botánica y a la lectura, que había vivido en la mansión durante la década de 1850.

Algo había ocurrido en diciembre de 1857 y, a partir de entonces, su presencia en los relatos de la familia se había reducido hasta convertirse en una referencia vaga, casi una nota al pie.

Margaret no sabía si la mujer había abandonado la casa, si había muerto lejos de Yorkshire o si simplemente había sido apartada de la memoria familiar.

Lo único que recordaba con claridad era una frase que su madre había pronunciado cuando ella era niña: en algunas familias, las personas no desaparecen porque mueran, sino porque los demás deciden dejar de hablar de ellas.

Eleanor sintió que las piezas que había encontrado en la biblioteca comenzaban a adquirir una forma más definida, aunque todavía no podía determinar qué relación guardaban con la muerte de Sir Reginald.

La ficha del libro retirado en 1857, la hoja de helecho prensada entre las páginas de un tratado de botánica y el retrato de la joven desconocida podían formar parte de una misma historia.

Pero el hecho de que Sir Reginald hubiera muerto justo antes de revelar una decisión familiar convertía cualquier conexión en una hipótesis peligrosa.

Antes de formular otra pregunta, Eleanor observó a Margaret y decidió que no debía presionarla.

La joven estaba afectada por la muerte de su tío, y quizá la conversación le resultaba más difícil de lo que quería admitir.

En ese momento entró Agnes Pritchard para anunciar que uno de los criados había regresado de los establos.

El caballo más fuerte de la finca podía avanzar por el camino que conducía al pueblo, aunque el trayecto sería lento y arriesgado.

Arthur había autorizado la salida del mozo con instrucciones de buscar al agente local y regresar acompañado de él si las condiciones lo permitían.

Agnes añadió que la nieve había bloqueado parcialmente la entrada principal y que los hombres estaban intentando despejarla con palas.

Charles preguntó cuánto tardaría la ayuda en llegar y el ama de llaves respondió que no podía saberlo.

La tormenta había borrado los límites de los caminos y, en algunos tramos, los setos apenas se distinguían de las cunetas.

Si el viento aumentaba, el viaje podía prolongarse hasta la tarde.

Charles soltó una maldición en voz baja y se acercó a la ventana, mientras Edmund Vale, que acababa de entrar en el salón, preguntaba si alguien había tocado los documentos del despacho.

—No —respondió Agnes—. El doctor Pembroke ha pedido que nadie entre.

—¿Y la puerta? —preguntó el abogado—. ¿Sigue abierta?

—Está vigilada.

Edmund asintió y se volvió hacia Charles.

—Debemos mantener la calma. Cuando llegue el agente, podrá examinar la habitación y determinar qué debe hacerse a continuación.

—¿Mantener la calma? —Charles se volvió bruscamente—. Mi padre está muerto, el camino está bloqueado y ninguno de nosotros sabe qué demonios ha ocurrido. ¿Cuánto tiempo espera que permanezcamos sentados tomando té?

—El tiempo necesario para no empeorar las cosas.

Charles lo miró con una expresión de abierta hostilidad, pero no respondió.

Eleanor tuvo la impresión de que entre ambos existía una tensión que no podía explicarse únicamente por la muerte de Sir Reginald.

Edmund Vale parecía preocupado por la posibilidad de que alguien alterara la escena, pero también por algo que todavía no había mencionado.

Cuando el abogado se dirigió hacia la puerta, Eleanor observó que llevaba una pequeña mancha de tinta azul en el dedo índice de la mano derecha.

La marca era tenue y podía proceder de cualquier documento, aunque le recordó inmediatamente las anotaciones que había encontrado en la biblioteca.

No podía establecer relación alguna entre aquella mancha y el asunto que investigaba, pero el detalle se añadió a la creciente lista de coincidencias que no debía olvidar.

La mañana avanzó lentamente. Los criados mantuvieron encendidas las chimeneas y llevaron bandejas de comida a las habitaciones, aunque pocos aceptaron los platos que les ofrecían.

Lady Beatrice permaneció en su dormitorio, acompañada durante un rato por Margaret, y el reverendo Bell desapareció en la pequeña capilla de la mansión.

Arthur entraba y salía del despacho de Sir Reginald únicamente cuando necesitaba comprobar algo relacionado con el cuerpo, y cada vez que cruzaba el vestíbulo su expresión parecía más concentrada.

Eleanor decidió que sería útil revisar sus propias notas antes de que llegaran las autoridades.

No quería acercarse a la escena ni interferir en el trabajo del médico, pero podía ordenar los datos que había reunido desde su llegada.

Subió a su habitación, recogió la libreta y regresó al salón de lectura, donde el fuego seguía encendido y la luz de las ventanas permitía trabajar sin necesidad de acercar una lámpara.

Extendió las páginas sobre una mesa y empezó por la primera anotación: la referencia a diciembre de 1857.

Debajo colocó la información sobre el libro retirado por orden de R.

W., la hoja de helecho y las palabras de Margaret acerca de su bisabuela.

Después añadió la muerte de Sir Reginald y el anuncio que había prometido hacer aquella mañana.

La relación entre los acontecimientos no era evidente, pero Eleanor observó una circunstancia que hasta entonces no había considerado.

El libro desaparecido no figuraba únicamente como una obra retirada del catálogo; alguien había considerado necesario conservar una nota que explicaba quién había ordenado su retirada y en qué momento.

Aquella anotación podía haber sido escrita por un bibliotecario que deseaba protegerse de futuras acusaciones, o por una persona que temía que el volumen fuera devuelto a su lugar.

Si el libro contenía información sobre Eleanor Whitmore o sobre los acontecimientos de 1857, su desaparición podía haber servido para borrar una parte de la historia familiar.

No obstante, también era posible que el libro no tuviera relación directa con la mujer y que su retirada obedeciera a un motivo completamente distinto.

Eleanor se obligó a mantener abiertas ambas posibilidades.

Había aprendido en su librería que los lectores solían atribuir a las anotaciones de los antiguos propietarios un significado que no siempre poseían.

Una fecha escrita al margen podía señalar una pérdida, una deuda, un regalo o simplemente el día en que alguien había terminado de leer un libro.

Solo el contexto permitía distinguir una cosa de otra.