El secreto de Whitmore Manor Capítulo 7 — Nieve alrededor de la casa
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Capítulo 7 — Nieve alrededor de la casa

Durante la hora siguiente, Whitmore Manor dejó de parecer una residencia familiar y adquirió el aspecto de una casa sorprendida por una desgracia para la que nadie había encontrado todavía las palabras adecuadas.

Los criados se desplazaban por los corredores con pasos apresurados, aunque procuraban no hacer ruido al pasar frente al despacho de Sir Reginald, cuya puerta permanecía vigilada por un hombre de confianza de la familia.

En el comedor, el desayuno se había quedado frío sobre la mesa; en el salón azul, las tazas de café seguían dispuestas junto a las butacas y el árbol de Navidad conservaba sus pequeñas velas apagadas, como si la casa entera hubiera olvidado de pronto el propósito de las fiestas.

La nieve continuaba cayendo sobre los jardines, cubriendo los caminos que conducían a los establos y borrando las huellas dejadas por quienes habían salido a primera hora.

Desde las ventanas del vestíbulo apenas se distinguía la verja de entrada, y el bosque que se extendía más allá de la propiedad había desaparecido detrás de una cortina blanca.

Eleanor observó aquel paisaje mientras uno de los criados explicaba que los caballos no podrían tirar de un carruaje por el camino principal hasta que la nieve hubiera sido retirada.

La posibilidad de abandonar la mansión, incluso para solicitar ayuda, parecía cada vez más remota.

Hasta que llegara alguien del exterior, los habitantes de Whitmore Manor tendrían que permanecer juntos bajo el mismo techo, rodeados por los objetos de una vida que acababa de interrumpirse y por una serie de preguntas que ninguno parecía dispuesto a formular en voz alta.

Arthur Pembroke había asumido el control de las primeras medidas con una serenidad que contrastaba con la agitación del resto.

Después de examinar a Sir Reginald, había pedido que nadie entrara en el despacho y que no se moviera ningún objeto hasta que las autoridades pudieran realizar una inspección.

También había insistido en que se enviara un mensaje al médico de la localidad y al agente encargado de la zona, aunque el viaje podía demorarse varias horas.

Uno de los mozos de cuadra se había ofrecido a intentarlo a caballo si encontraban un animal capaz de atravesar la nieve, y Arthur había aceptado siempre que no pusieran en peligro al hombre.

Eleanor escuchó las instrucciones desde el vestíbulo y se sorprendió al descubrir que, bajo su aspecto reservado, el médico poseía una autoridad natural que no necesitaba imponerse mediante la voz.

No trataba a los demás como subordinados, pero tampoco permitía que la desesperación los llevara a cometer imprudencias.

Cuando Lady Beatrice comenzó a insistir en que debían trasladar a su marido a una habitación más cálida, Arthur se arrodilló junto a ella y le explicó, con una delicadeza que no disminuía la firmeza de sus palabras, que era preferible dejarlo todo como estaba hasta que se aclararan las circunstancias de la muerte.

La mujer terminó por asentir, aunque su mirada permaneció fija en la puerta del despacho, como si todavía esperara que Sir Reginald apareciera para reprocharles el desorden que se había producido en la casa.

Eleanor se encontraba cerca de una de las ventanas cuando Arthur salió al vestíbulo para hablar con Edmund Vale.

El abogado tenía el rostro pálido y una expresión de concentración que parecía excluir cualquier emoción espontánea.

Sostenía entre los dedos un reloj de bolsillo cerrado y lo abría de vez en cuando sin consultar la hora, un gesto que Eleanor interpretó como una costumbre nerviosa.

Arthur le preguntó cuándo había visto por última vez a Sir Reginald con vida, y Edmund respondió que habían hablado brevemente después de la cena, antes de que el anfitrión se retirara a su despacho.

La conversación, según explicó, había sido estrictamente profesional y se había referido a unos documentos que debían revisarse al día siguiente.

No precisó cuáles eran, y cuando Arthur le preguntó si había percibido algo extraño en el comportamiento de su cliente, el abogado tardó unos segundos en responder.

—Sir Reginald estaba preocupado, aunque no más de lo que cabría esperar de un hombre que se dispone a modificar sus asuntos familiares. Había tomado una decisión importante y quería asegurarse de que todo estuviera en orden antes de comunicarla.

—¿Una decisión relacionada con la herencia? —preguntó Arthur.

Edmund cerró el reloj.

—Es posible que afectara a cuestiones patrimoniales, pero no me corresponde adelantar su contenido. No he recibido autorización para hablar de los detalles y, ahora que mi cliente ha fallecido, debo ser especialmente cuidadoso.

—Comprendo sus obligaciones, señor Vale. Pero si la decisión puede ayudar a explicar lo sucedido, quizá sea importante que las autoridades la conozcan.

—Cuando llegue el agente, le entregaré cuanto sea necesario.

La respuesta puso fin a la conversación.

Edmund se dirigió hacia el salón azul, donde Lady Beatrice había pedido que prepararan té, y Arthur permaneció un momento junto a la ventana, observando la nieve.

Eleanor se acercó con la intención de preguntarle si necesitaba ayuda, pero se detuvo al advertir que el médico parecía estar reflexionando sobre algo que acababa de escuchar.

Cuando finalmente se volvió hacia ella, su expresión era más grave que de costumbre.

—¿Ha trabajado alguna vez en una casa donde todos los habitantes conocen una parte de la historia, pero ninguno parece conocerla completa? —preguntó Eleanor.

Arthur la miró con una leve sorpresa, seguida de una sonrisa cansada.

—En mi profesión, eso ocurre con más frecuencia de lo que imagina. Una familia puede convivir durante años con un secreto y terminar confundiendo el silencio con la ausencia de problemas.

—En esta casa, el silencio parece una costumbre muy antigua.

—Entonces tendrá que distinguir entre lo que las personas no quieren contar y lo que realmente no saben. No siempre es fácil, pero conviene no confundir ambas cosas.

Eleanor agradeció el consejo. No era una respuesta que resolviera ninguna de sus dudas, aunque sí una advertencia que le pareció sensata.

Arthur añadió que debía regresar al despacho para comprobar una vez más que el cuerpo permanecía en la misma posición y que, mientras esperaban ayuda, sería conveniente que los invitados evitaran entrar en la habitación.

Después se marchó por el corredor, dejando a Eleanor con la impresión de que aquel hombre sabía mantener la cabeza fría incluso cuando la tragedia le afectaba de cerca.

No podía asegurar que fuera inmune al miedo, sino que parecía haber aprendido a no permitir que el miedo decidiera por él.

En el salón azul, Lady Beatrice había tomado asiento junto a la chimenea y sostenía una taza de té entre las manos, aunque no bebía.

Margaret permanecía a su lado, envuelta en un chal de lana color crema, y le acariciaba distraídamente el dorso de la mano.

El reverendo Samuel Bell se había sentado frente a ellas y mantenía la cabeza inclinada, con los dedos entrelazados sobre las rodillas.

Charles, en cambio, caminaba de un extremo a otro de la estancia, deteniéndose de vez en cuando junto a la ventana para contemplar el jardín.

Eleanor entró con discreción y se sentó en una butaca apartada, cerca de una mesita donde alguien había dejado una caja de bombones envuelta en papel dorado.

Ninguno de los presentes parecía tener apetito, pero Lady Beatrice insistió en que se sirviera té para todos, alegando que no podían permitir que el dolor alterase por completo las costumbres de la casa.

La frase sonó extrañamente parecida a las que había pronunciado la noche anterior, cuando intentaba mantener la conversación dentro de los límites de la cortesía.

Eleanor empezó a sospechar que aquella mujer había pasado tantos años sosteniendo las apariencias que, incluso en una situación extrema, recurría a ellas como si fueran una forma de protección.

—Mi marido no era un hombre fácil —dijo Lady Beatrice al cabo de unos minutos, sin dirigirse a nadie en particular—. Tenía opiniones muy firmes y esperaba que todos las respetaran. A veces podía ser injusto, pero nunca pensé que acabaría de esta manera.

Charles se detuvo junto a la ventana.

—No sabemos cómo ha acabado. Arthur todavía no ha explicado qué ha ocurrido.

—Está muerto, Charles. ¿Qué otra cosa necesitamos saber para comprender que todo ha terminado?

—Necesitamos saber por qué.

La respuesta del joven fue pronunciada con una dureza que hizo que Margaret levantara la cabeza.

Lady Beatrice lo miró largamente antes de apartar la vista.

Durante unos segundos pareció que iba a contestarle, pero finalmente se limitó a dejar la taza sobre la mesa.

Eleanor percibió que la palabra por qué tenía para Charles un significado distinto del que tendría para cualquier hijo que acabara de perder a su padre.

No había en su voz únicamente dolor, sino una necesidad urgente de comprender algo que parecía haber comenzado antes de aquella mañana.

Podía tratarse del anuncio que Sir Reginald había prometido hacer, de las deudas que Eleanor había percibido en las conversaciones de la víspera o de un conflicto que todavía desconocía.

No podía elegir una explicación sin pruebas, de modo que guardó silencio.

—Ayer por la noche dijo que iba a cambiar el futuro de la familia —intervino Margaret—. Quizá deberíamos empezar por averiguar qué quería decir.

Charles volvió hacia ella una mirada impaciente.

—No creo que sea el momento de discutir el testamento de mi padre.

—No estoy hablando de dinero.

—Entonces, ¿de qué hablas?