El secreto de Whitmore Manor Capítulo 6 — El hombre que no despertó #3
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Capítulo 6 — El hombre que no despertó #3

Charles se volvió hacia el abogado con una expresión hostil.

—¿Y ahora pretende usted dar instrucciones en mi propia casa?

—No estoy dando instrucciones. Estoy señalando que no sabemos qué ha ocurrido.

—Sabemos que mi padre está muerto.

—Eso es precisamente lo único que sabemos con certeza.

La respuesta de Edmund fue tan serena que pareció irritar aún más a Charles.

Eleanor, en cambio, comprendió que el abogado había elegido cuidadosamente sus palabras.

Nadie había mencionado todavía la posibilidad de un crimen, pero todos parecían haberla considerado al observar la puerta cerrada, la carta quemada y la copa de oporto.

Arthur pidió que no continuaran discutiendo y recomendó que alguien avisara al médico de la localidad, así como a las autoridades, para que pudieran examinar la escena.

La nieve, sin embargo, convertía aquella petición en un problema inmediato.

Un criado informó que el camino principal estaba bloqueado en varios puntos y que el coche que habían utilizado para traer al doctor la tarde anterior no podría avanzar sin que despejaran primero la entrada.

Arthur decidió enviar a dos hombres a los establos para comprobar el estado de los caballos y buscar la forma de llegar al pueblo, aunque advirtió que no debían arriesgarse a perderse en la tormenta.

Mientras los criados se preparaban para salir, Eleanor permaneció cerca de la puerta, procurando no interferir.

Había leído suficientes novelas de misterio para saber que una habitación cerrada podía convertirse en una fuente interminable de especulaciones, pero también sabía que la realidad rara vez obedecía con exactitud a los mecanismos de la ficción.

Una puerta cerrada no demostraba que nadie hubiera podido entrar o salir; una carta quemada no probaba que contuviera una confesión, y una copa de licor junto a un cadáver podía no tener relación alguna con la muerte.

Aun así, los detalles estaban allí, dispuestos sobre el escritorio como piezas de una historia que todavía no tenía principio ni final.

Se obligó a mirar sin tocar, registrando la posición de los objetos y el aspecto general de la habitación.

La llave de la puerta seguía puesta por el lado interior, aunque el impacto con el que habían forzado la cerradura impedía saber si había estado girada hasta el fondo.

Las ventanas parecían cerradas, pero los cortinajes ocultaban buena parte de los marcos.

Junto al sillón de Sir Reginald había una pequeña alfombra desplazada unos centímetros, como si alguien hubiera movido un pie o una silla poco antes de que el cuerpo quedara inmóvil.

Agnes se acercó a Lady Beatrice y la acompañó fuera del despacho.

La mujer caminaba con dificultad, apoyándose en el brazo del ama de llaves, y antes de cruzar el umbral volvió la cabeza hacia su marido.

No lloraba todavía, pero su rostro había adquirido una expresión de desamparo que borraba la distancia aristocrática con la que había recibido a Eleanor el día anterior.

Margaret permanecía en el corredor, abrazada a sí misma, mientras el reverendo Bell intentaba consolarla con palabras que apenas parecían llegarle.

Charles se había apartado hasta una ventana y miraba la nieve con las manos cerradas en los bolsillos.

Edmund Vale seguía junto a la puerta, inmóvil, y Arthur regresó al sillón para examinar de nuevo el cuerpo sin alterar su posición.

Eleanor salió por fin al corredor y dejó que la puerta permaneciera abierta, vigilada por uno de los criados.

La mansión, que unas horas antes había parecido un refugio acogedor, se había convertido en un espacio lleno de habitaciones silenciosas y preguntas sin respuesta.

Poco después, cuando la primera conmoción comenzó a transformarse en una sucesión de órdenes prácticas, Eleanor se encontró sola en el vestíbulo.

Desde allí podía ver el árbol de Navidad, todavía iluminado por la luz pálida de la mañana, y las cintas de terciopelo que se movían ligeramente cada vez que una corriente de aire atravesaba el corredor.

Recordó la esfera de cristal agrietada que había observado la noche anterior y la manera en que Lady Beatrice había ocultado la fisura detrás de las hojas de acebo.

Recordó también la anotación de 1857, el libro retirado por orden de R.

W. y la advertencia de Margaret sobre las cosas que se guardaban tan bien que terminaban olvidándose.

La muerte de Sir Reginald no convertía automáticamente aquellos detalles en pruebas, pero sí cambiaba su importancia.

El hombre había prometido revelar una decisión que afectaría a varias personas, y ahora estaba muerto antes de poder hacerlo.

Si aquella decisión se refería a una herencia, a documentos antiguos o al secreto que parecía envolver a la biblioteca, su desaparición podía beneficiar a alguien.

Era una conclusión incómoda, quizá prematura, pero Eleanor no podía ignorarla.

Al levantar la mirada, vio a Agnes al otro lado del vestíbulo.

El ama de llaves estaba hablando con un criado y sostenía en una mano el manojo de llaves que había utilizado para intentar abrir el despacho.

Eleanor se fijó en una llave pequeña, de hierro oscuro, distinta de las demás por la forma de su cabeza.

Era la misma que había visto en la mano de Agnes la noche anterior, cuando la mujer salía de una habitación del ala norte.

No tenía motivos para relacionarla con la muerte de Sir Reginald, pero se preguntó qué puerta abría y por qué Agnes había preferido guardarla en el bolsillo antes de que ella pudiera observarla con mayor detenimiento.

El ama de llaves levantó la cabeza y sus miradas se encontraron.

Durante un instante, ninguna de las dos apartó los ojos.

Después Agnes bajó la vista hacia las llaves y se alejó por el corredor de servicio, llevándose consigo aquel pequeño objeto de hierro.

Eleanor comprendió entonces que la Navidad en Whitmore Manor no iba a transcurrir entre canciones, cenas y paseos por un jardín cubierto de nieve.

La tormenta había cerrado los caminos, Sir Reginald había muerto en una habitación que parecía imposible de abandonar sin abrir la puerta y, entre los documentos de su escritorio, había quedado una carta parcialmente destruida que mencionaba un secreto de otra Navidad.

Nadie podía marcharse con facilidad, nadie sabía aún qué había ocurrido durante la noche y todos tenían razones para temer lo que pudiera descubrirse.

Eleanor regresó a la biblioteca sin entrar en ella, se detuvo ante la puerta cerrada y apoyó una mano en el panel de madera.

Detrás de aquella puerta estaban los libros, los catálogos y las anotaciones que había empezado a ordenar; quizá también la respuesta a la pregunta que nadie se atrevía a formular.

Cuando retiró la mano, comprendió que su trabajo había cambiado para siempre.

Ya no bastaba con encontrar los volúmenes desaparecidos.

Ahora debía averiguar qué había querido ocultar Sir Reginald y por qué alguien podía haber decidido que no llegara vivo a la mañana de Navidad.