Capítulo 6 — El hombre que no despertó #2
El despacho de Sir Reginald se encontraba al final de un corredor revestido de paneles de roble, en una zona de la planta baja donde las ventanas eran más estrechas y la luz parecía quedar atrapada detrás de los cortinajes.
A ambos lados de la puerta colgaban retratos de antiguos propietarios de la mansión, hombres de expresión severa y mujeres vestidas con sedas oscuras, cuyas miradas parecían seguir a los visitantes.
La bandeja del desayuno estaba sobre una mesita auxiliar, junto a una jarra de café que ya debía de haberse enfriado.
El pan permanecía cubierto por una servilleta blanca y la mantequilla se había endurecido en los bordes del recipiente.
No había señales de que nadie hubiera tocado la comida.
Lady Beatrice se acercó a la puerta y llamó dos veces, primero con suavidad y después con mayor firmeza.
—Reginald, soy yo. Arthur está aquí. ¿Te encuentras bien?
No hubo respuesta.
Charles se acercó y golpeó la madera con los nudillos.
—Padre, son casi las nueve.
El silencio continuó. Eleanor, que se había quedado unos pasos detrás del grupo, observó la cerradura.
La puerta tenía una manilla de bronce y una placa pulida por el uso, y en la parte inferior se distinguían unas pequeñas marcas en la madera, quizá producidas por el roce de los zapatos o por algún golpe antiguo.
Arthur probó la manilla. La puerta no cedió.
Se inclinó para examinar la cerradura y comprobó que estaba cerrada con llave desde el interior, al menos en apariencia.
Edmund Vale preguntó si había otra entrada al despacho, pero Agnes respondió que las ventanas daban directamente al jardín y que todas estaban cerradas por dentro.
Lady Beatrice empezó a llamar a su marido con una voz que había perdido su serenidad habitual.
Charles, por su parte, exigió que abrieran la puerta de inmediato.
—Hay una llave maestra —dijo Agnes—. La guardo en el armario del vestíbulo.
—Entonces ve a buscarla —ordenó Charles.
Agnes no se movió inmediatamente. Miró a Lady Beatrice, que asintió con un gesto casi imperceptible, y se dirigió hacia el vestíbulo.
Mientras esperaban, Arthur volvió a llamar a la puerta y acercó el oído a la madera.
No escuchó ningún movimiento en el interior.
Eleanor percibió que el médico había dejado de comportarse como un invitado y que toda su atención se concentraba ahora en el silencio que llegaba desde el otro lado.
Cuando Agnes regresó con un pequeño manojo de llaves, Arthur le pidió que probara primero la cerradura sin forzarla.
La mujer eligió una llave larga, de hierro oscuro, y la introdujo en el ojo de la cerradura.
Giró una vez, luego otra, pero la puerta no se abrió.
Probó una segunda llave con idéntico resultado.
Charles perdió la paciencia y golpeó la madera con la palma de la mano.
—¡Por el amor de Dios, padre, abra la puerta!
La voz resonó por el corredor y se apagó sin recibir respuesta.
Arthur se apartó un paso y examinó el marco.
Explicó que, si Sir Reginald había sufrido una caída o una indisposición grave, no podían permitirse esperar más.
Pidió a los criados que buscaran una herramienta con la que pudieran forzar la cerradura y recomendó que todos se apartaran de la puerta.
Uno de los hombres regresó con una barra de hierro utilizada para mover los troncos de la chimenea.
Arthur comprobó el espacio entre la hoja y el marco, y le indicó dónde debía hacer presión.
El primer intento solo produjo un crujido de la madera.
En el segundo, la cerradura cedió con un chasquido seco y la puerta se abrió unos centímetros antes de detenerse contra una alfombra que se había deslizado por debajo.
El olor fue lo primero que percibió Eleanor.
No era un olor intenso ni particularmente desagradable, sino una mezcla de humo apagado, cera fría y aire encerrado, como el que permanece en una habitación después de que se extingue una chimenea.
Arthur empujó la puerta con cuidado y entró seguido por Lady Beatrice y Charles.
Edmund Vale permaneció en el umbral, con el rostro rígido, mientras Agnes se llevaba una mano a la boca.
Eleanor no pretendía entrar; sabía que no tenía derecho a invadir una estancia privada en un momento de tanta confusión.
Pero cuando escuchó la exclamación ahogada de Lady Beatrice, avanzó unos pasos y miró por encima del hombro de Edmund.
Sir Reginald Whitmore estaba sentado en un sillón junto al escritorio, con la cabeza inclinada hacia un lado y una mano apoyada sobre el brazo tapizado.
A primera vista, parecía dormido. Llevaba la misma ropa de la noche anterior, aunque la corbata estaba ligeramente torcida y uno de los botones del chaleco se había soltado.
Sobre el escritorio descansaban varios documentos, una pluma estilográfica y una copa de oporto que conservaba parte del líquido oscuro.
La chimenea estaba casi apagada, y junto a ella había un pequeño montón de ceniza que alguien no había retirado.
En el suelo, cerca de la pata del escritorio, se veía un sobre abierto y una hoja de papel arrugada.
La habitación no parecía haber sufrido un desorden importante; los libros permanecían en sus estantes, las cortinas estaban cerradas y la lámpara de la mesa seguía encendida, aunque su luz se confundía con la claridad gris que penetraba por los bordes de las cortinas.
Sin embargo, la inmovilidad de Sir Reginald tenía algo definitivo que no tardó en imponerse sobre la primera impresión.
Arthur cruzó la habitación con rapidez y se arrodilló junto al sillón.
Le tomó el pulso, apoyó dos dedos en el cuello del hombre y después acercó una mano a su rostro para comprobar la respiración.
Durante unos segundos no dijo nada. Eleanor vio cómo la expresión del médico cambiaba, cómo la atención profesional cedía paso a una gravedad que no necesitaba explicación.
Arthur volvió a examinar el cuello de Sir Reginald y le levantó con cuidado una mano, que dejó caer suavemente sobre el brazo del sillón. Después se incorporó despacio.
—Lo siento —dijo—. Sir Reginald ha muerto.
Lady Beatrice soltó un sonido breve, casi inaudible, y se llevó ambas manos al pecho.
Charles retrocedió hasta chocar con el borde de una mesa auxiliar.
Edmund Vale cerró los ojos un instante, como si aquella noticia confirmara un temor que llevaba horas intentando mantener a distancia.
Agnes permaneció junto a la puerta, inmóvil, con la mano todavía sobre la boca.
El reverendo Bell, que había llegado detrás de los demás, inclinó la cabeza y comenzó a murmurar una oración.
Eleanor no se movió. Había imaginado muchas explicaciones para el silencio de Sir Reginald, desde una indisposición hasta un enfado deliberado, pero no había contemplado la posibilidad de que el hombre que la había contratado para ordenar su biblioteca estuviera muerto antes de cumplir la promesa que había hecho a sus invitados.
Arthur pidió a todos que no tocaran nada y se acercó de nuevo al escritorio.
Explicó que no podía establecer la causa de la muerte sin una revisión más completa, pero que, por el momento, no debía moverse el cuerpo ni alterarse la posición de los objetos.
Lady Beatrice, todavía pálida, preguntó si había sufrido un ataque al corazón.
El médico respondió que era una posibilidad, aunque no estaba en condiciones de asegurarlo.
La mujer miró a su marido y después se volvió hacia la ventana, incapaz de sostener la imagen de su cuerpo inmóvil.
Charles preguntó cuánto tiempo podía llevar muerto, y Arthur contestó que era demasiado pronto para dar una hora precisa.
La temperatura de la habitación, el estado del cuerpo y otros factores debían examinarse con cuidado.
No obstante, la rigidez que empezaba a apreciarse en las manos sugería que Sir Reginald no acababa de morir en aquel momento.
La noticia provocó una nueva oleada de silencio.
Eleanor observó el reloj de la repisa y calculó que, si el cuerpo llevaba varias horas sin vida, la muerte podía haberse producido durante la noche, cuando todos los invitados se encontraban en sus habitaciones o en las salas comunes.
Fue entonces cuando advirtió la copa de oporto.
Estaba colocada a la derecha del escritorio, junto a una pequeña bandeja de plata en la que había una cucharilla y un cuenco con terrones de azúcar.
El nivel del líquido parecía demasiado alto para una copa que alguien hubiera estado bebiendo durante un rato, aunque Eleanor no tenía experiencia suficiente para extraer conclusiones de aquel detalle.
Cerca del borde había una marca tenue, semejante a una huella de labios, pero la luz no permitía distinguirla con claridad.
A pocos centímetros de la copa se encontraba una hoja parcialmente quemada, con uno de sus extremos ennegrecido y varias líneas de escritura todavía visibles.
Eleanor alcanzó a leer algunas palabras antes de que Arthur se interpusiera para impedir que nadie se acercara más: …
lo que ocurrió aquella Navidad no puede permanecer oculto …
El resto de la frase había desaparecido entre las llamas o quedaba cubierto por una mancha oscura.
El papel no se había consumido por completo, y en el margen inferior se distinguía una inicial escrita con tinta azul.
Eleanor no pudo identificarla desde donde estaba.
—¿Qué es eso? —preguntó Charles, señalando la hoja.
—Un documento quemado —respondió Arthur—. Y no debemos tocarlo.
—Mi padre quemaba cartas constantemente. No significa nada.
—Quizá no —dijo Edmund Vale desde la puerta—. Pero será mejor que nadie decida su significado antes de examinarlo.