Capítulo 6 — El hombre que no despertó
—¿Ha dormido bien, señorita? —preguntó Mary mientras retiraba una pequeña jarra de agua que ya no necesitaba.
Eleanor apartó la mirada de la ventana y sonrió con amabilidad.
La muchacha parecía más pálida que el día anterior, aunque podía deberse a la luz gris que entraba por los cristales.
Llevaba el cabello recogido bajo una cofia blanca y se movía con el cuidado de quien intenta no hacer ruido en una casa donde todos parecen escuchar cuanto sucede a su alrededor.
—Lo suficiente. Aunque creo que el viento ha decidido pasar la noche entera golpeando las ventanas.
—Ha sido peor en el ala norte. La señora Pritchard nos pidió que comprobáramos los cierres antes de acostarnos. Una de las ventanas del pasillo no encajaba bien y tuvimos que poner una manta enrollada en la parte inferior para evitar que entrara el frío.
—¿En el ala norte? —preguntó Eleanor, procurando que la pregunta no revelara un interés excesivo.
—Sí, señorita. Allí hay varias habitaciones que ya no se utilizan. Mi madre trabajó en esta casa cuando yo era pequeña y siempre decía que el ala norte era demasiado fría para dormir durante el invierno. Algunas de las chimeneas no funcionan desde hace años.
Mary terminó de ordenar la bandeja y se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo cuando Eleanor le preguntó si los demás invitados habían bajado ya a desayunar.
La joven respondió que Lady Beatrice estaba levantada desde temprano, que Margaret había pedido que le llevaran una taza de té a su habitación y que el señor Charles todavía no había aparecido.
Del doctor Pembroke no sabía nada, aunque Agnes había enviado a un criado a buscarlo poco después de las ocho.
Eleanor miró el reloj de la repisa. Eran las ocho y cuarto, una hora razonable para que todos comenzaran a reunirse, especialmente después de la conversación de la noche anterior.
Sir Reginald había prometido anunciar su decisión después del desayuno y, a juzgar por la inquietud que había percibido en la mesa, era probable que nadie hubiera pasado una mañana de Navidad especialmente apacible.
—¿Y sir Reginald? —preguntó.
Mary bajó la mirada hacia la bandeja.
—No lo sé, señorita. La señora Pritchard ha dicho que todavía no debemos molestar al señor. Supongo que estará en su despacho.
La respuesta habría podido parecer normal si Mary no hubiera pronunciado las últimas palabras con una vacilación que Eleanor reconoció de inmediato.
La muchacha parecía estar repitiendo una explicación que alguien le había dado y que no terminaba de convencerla.
Eleanor no quiso asustarla con nuevas preguntas, pero decidió que no esperaría demasiado antes de bajar.
Se terminó el té, se vistió con calma y guardó la libreta en el bolsillo interior de su chaqueta.
Antes de abandonar la habitación, comprobó que la ficha del libro desaparecido continuaba dentro de la funda de papel que había dejado en su equipaje.
No tenía intención de investigar los asuntos personales de los Whitmore sin su permiso, pero el anuncio de Sir Reginald había convertido la biblioteca en algo más que una colección que debía catalogar.
Si el propietario pensaba modificar la situación de la casa, quizá también ordenara revisar los documentos antiguos.
Eleanor deseaba tener sus observaciones en orden antes de que aquello ocurriera.
El corredor estaba silencioso cuando salió.
Las lámparas de pared seguían encendidas a pesar de la claridad del día, pues la nieve reflejaba una luz tan fría que el interior de la mansión parecía sumido en un crepúsculo permanente.
Al bajar la escalera principal, Eleanor encontró a Agnes Pritchard junto al vestíbulo, dando instrucciones a dos criados que retiraban las ramas de acebo caídas durante la noche.
El ama de llaves llevaba un vestido gris oscuro, un delantal impecable y el cabello recogido con la severidad habitual.
Al verla, le deseó una feliz Navidad y le preguntó si necesitaba algo para la mañana.
Eleanor respondió que le gustaría tomar el desayuno con los demás invitados y que esperaba tener ocasión de hablar con sir Reginald después.
Agnes apretó ligeramente los labios antes de contestar que el señor todavía no había bajado, aunque estaba segura de que no tardaría en hacerlo.
La seguridad con que lo afirmó resultaba extraña, porque no parecía basarse en ninguna información reciente.
Eleanor preguntó si alguien había hablado con él aquella mañana y el ama de llaves respondió que había dejado una bandeja junto a la puerta del despacho poco después de las siete.
Como no había recibido instrucciones en contra, había supuesto que el señor prefería desayunar solo antes de la reunión familiar.
—¿Ha recogido la bandeja? —preguntó Eleanor.
Agnes la miró con una mezcla de sorpresa y desaprobación, como si la pregunta se adentrara en un terreno que no le correspondía.
—No, señorita. El señor acostumbra a trabajar hasta tarde cuando tiene asuntos importantes entre manos. No sería la primera vez que decide pasar la mañana en su despacho.
—Entonces quizá deberíamos comprobar que no necesita nada.
—No es necesario. El señor detesta que lo interrumpan.
La respuesta fue tajante. Agnes se volvió hacia uno de los criados y le pidió que llevara un cesto de leña al salón azul, dando por terminada la conversación.
Eleanor no insistió, aunque guardó en la memoria el detalle de la bandeja.
Si Sir Reginald había decidido trabajar hasta tarde, no resultaba extraño que no hubiera bajado temprano.
Lo extraño era que, después de haber anunciado una decisión que afectaría al futuro de la familia, nadie pareciera dispuesto a comprobar si se encontraba bien.
Eleanor se encaminó hacia el comedor, donde el olor a café recién hecho y pan tostado contrastaba con la inquietud que comenzaba a instalarse en su ánimo.
Lady Beatrice estaba sentada junto a la ventana, vestida con una bata de seda color marfil sobre un vestido de mañana, y tenía delante una taza de chocolate que apenas había probado.
El reverendo Samuel Bell hojeaba un periódico del día anterior, aunque parecía leer la misma página una y otra vez.
Edmund Vale había ocupado una silla cerca de la chimenea y conversaba en voz baja con Arthur Pembroke, quien llevaba un traje oscuro y tenía a su lado un pequeño maletín de cuero.
Margaret apareció poco después, con el cabello todavía húmedo en las sienes y un vestido verde de cuello alto.
Charles seguía ausente. Cuando Eleanor saludó a los presentes, Lady Beatrice le ofreció una sonrisa que no consiguió ocultar el cansancio de su rostro y le indicó que tomara asiento.
La conversación comenzó con comentarios sobre la tormenta, los caminos bloqueados y la posibilidad de que el servicio religioso tuviera que celebrarse en la capilla privada de la mansión.
Nadie mencionó el anuncio de la víspera, pero cada pocos minutos alguien miraba hacia la puerta, como si esperara que Sir Reginald apareciera para poner fin a aquella espera.
A las ocho y media, Lady Beatrice dejó la taza sobre el plato y preguntó a Agnes, que acababa de entrar para supervisar el servicio, si su marido había solicitado algo aquella mañana.
El ama de llaves respondió que no había recibido ninguna petición y que la bandeja continuaba fuera del despacho. Lady Beatrice frunció el ceño.
—Eso es extraño. Reginald suele tomar café antes de las ocho, incluso cuando ha trabajado hasta tarde. ¿Has llamado a la puerta?
—No he querido molestarlo, señora.
—Pero si no ha recogido el desayuno…
La anfitriona se interrumpió. Su mirada pasó de Agnes a Edmund Vale y después se detuvo en Arthur Pembroke, como si acabara de recordar que había un médico sentado a la mesa.
Arthur dejó la taza y se levantó sin necesidad de que nadie se lo pidiera.
Explicó que podía comprobar si Sir Reginald se encontraba indispuesto y que, si simplemente estaba durmiendo, no habría razón para alarmarse.
Agnes pareció dispuesta a protestar, pero Lady Beatrice se incorporó antes de que pudiera hablar.
—Voy con usted. Conozco sus costumbres mejor que nadie.
Charles apareció en el umbral justo cuando los demás se disponían a abandonar el comedor.
Llevaba el cabello desordenado, la corbata mal anudada y el rostro de quien apenas había dormido.
Al ver a su madre, preguntó qué ocurría, y Lady Beatrice respondió que su padre no había bajado todavía.
Charles se quedó inmóvil un instante. Después miró a Edmund Vale, que había cerrado el periódico y se levantaba de la silla.
—¿No ha salido de su despacho? —preguntó.
—No —respondió Agnes—. Supuse que estaría trabajando.
Charles pasó una mano por su cabello y soltó una exhalación que podría haber sido de fastidio o de alivio.
Eleanor no supo distinguirlo. Lo que sí observó fue que el joven miraba hacia la escalera del ala norte, no hacia el corredor que conducía al despacho de su padre.
Aquella mirada duró apenas un segundo, pero se repitió cuando Arthur abrió la puerta del comedor y pidió que alguien lo acompañara.
Finalmente, Charles se sumó al grupo sin decir nada más.