El secreto de Whitmore Manor Capítulo 5 — Una cena llena de cortesía #4
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Capítulo 5 — Una cena llena de cortesía #4

Eleanor volvió la cabeza hacia él. El comentario había sido pronunciado con ligereza, pero no parecía una broma.

Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, Arthur fue reclamado por Lady Beatrice para examinar una caja de medicamentos que uno de los criados había dejado en el salón.

Eleanor se quedó junto a la ventana, escuchando la conversación de Margaret y la anfitriona mientras el reloj de pared avanzaba hacia las diez.

La velada continuó con canciones, café y pequeñas anécdotas, pero la alegría nunca llegó a ser completa.

Charles no regresó, Edmund Vale tampoco apareció de nuevo y Sir Reginald permaneció encerrado en su despacho, según informó Agnes cuando Lady Beatrice preguntó por él.

Cada ausencia parecía prolongar el anuncio que el dueño de la mansión había hecho durante la cena, como si todos estuvieran esperando que la mañana llegara para poder conocer una respuesta que quizá ninguno deseaba escuchar.

Cuando Eleanor se retiró a su habitación, el corredor estaba casi a oscuras.

Las lámparas de pared dejaban zonas de sombra entre los retratos de antiguos Whitmore, y desde la planta baja llegaba el rumor de los criados que terminaban de recoger el comedor.

Al pasar frente a una puerta entreabierta, oyó la voz de un hombre que hablaba en tono bajo y urgente.

No consiguió distinguir las palabras, pero reconoció el sonido de un cajón al cerrarse y, después, el golpe seco de algo depositado sobre una mesa.

Se detuvo apenas un instante antes de continuar caminando, convencida de que no tenía derecho a escuchar conversaciones privadas solo porque los habitantes de la casa parecieran empeñados en ocultar parte de sus vidas.

Sin embargo, cuando llegó al extremo del pasillo, vio a Agnes salir de una habitación que creía vacía.

El ama de llaves llevaba una llave pequeña en la mano y, al advertir la presencia de Eleanor, la guardó inmediatamente en el bolsillo del delantal.

—¿Todo está bien, señora Pritchard? —preguntó Eleanor.

—Por supuesto, señorita. Solo estaba comprobando que las ventanas del ala norte estuvieran bien cerradas. Con este viento, algunas de las antiguas cerraduras no funcionan como deberían.

—Debe de ser difícil mantener una casa tan grande durante el invierno.

—Hay cosas que requieren más atención que otras —respondió Agnes.

La mujer se despidió con una inclinación de cabeza y siguió hacia la escalera de servicio.

Eleanor no intentó detenerla. Entró en su habitación, dejó los pendientes sobre la cómoda y se acercó a la ventana para contemplar la nieve, que seguía cayendo sobre los jardines con una lentitud casi hipnótica.

La casa estaba caliente, la cama parecía especialmente cómoda y el aroma de las ramas de abeto que Mary había colocado en un pequeño jarrón junto al tocador llenaba la estancia de una fragancia agradable.

Aun así, le costó conciliar el sueño. Recordaba la frase de Sir Reginald sobre las decisiones aplazadas, la expresión de Charles cuando su padre anunció que cambiaría el futuro de la familia y la manera en que Lady Beatrice había ocultado la grieta del adorno navideño.

También pensaba en la fecha de 1857, en el libro retirado y en la mujer de la que nadie parecía querer hablar con claridad.

Poco antes de apagar la última lámpara, Eleanor abrió la libreta y añadió una nueva nota debajo de las anteriores: Sir Reginald anunciará una decisión mañana por la mañana.

Charles teme sus consecuencias. Edmund Vale conoce los documentos.

Lady Beatrice evita hablar del pasado. El reverendo y Margaret reconocen la importancia de 1857.

Agnes conserva llaves que no explica . Leyó la lista una vez más y cerró la libreta.

No había pruebas de que ninguno de ellos hubiera cometido una falta, y mucho menos un crimen; por el momento, solo eran observaciones reunidas durante un día de trabajo.

Pero había algo que no podía ignorar: cada una de aquellas personas parecía conocer una parte distinta de la historia de Whitmore Manor, y ninguna parecía dispuesta a contarla completa.

Desde algún lugar de la casa llegó entonces un ruido breve, semejante al golpe de una puerta contra el marco.

Eleanor se incorporó y escuchó. Pasaron varios segundos sin que se oyera nada más.

Después, muy lejos, una campanilla resonó una sola vez, y el sonido se perdió entre los corredores.

Eleanor esperó junto a la cama, con la mirada fija en la puerta de su habitación.

No volvió a escuchar pasos ni voces. Finalmente se acostó, aunque dejó la lámpara encendida unos minutos más de lo habitual.

Afuera, la nieve continuaba cubriendo los caminos, borrando las huellas y aislando la mansión del resto del mundo.

Dentro, tras las cortinas cerradas y las puertas cuidadosamente aseguradas, todos parecían aguardar la llegada de la mañana.

Nadie podía saber todavía que, antes de que terminara la Navidad, aquella casa tendría que enfrentarse a una verdad mucho más terrible que cualquier disputa por una herencia.