El secreto de Whitmore Manor Capítulo 5 — Una cena llena de cortesía #3
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Capítulo 5 — Una cena llena de cortesía #3

La conversación no se reanudó de inmediato.

Los criados comenzaron a retirar los platos y Lady Beatrice pidió que se sirviera café en el salón azul, donde podrían pasar el resto de la velada junto al árbol.

Eleanor ayudó a Margaret a recoger un chal que había resbalado de su silla, y la joven le agradeció el gesto con una sonrisa ausente.

Cuando se dirigieron al salón, Eleanor observó que el reverendo Bell se había quedado unos pasos atrás, conversando en voz baja con Arthur Pembroke.

El médico escuchaba sin interrumpirlo y, cuando el reverendo terminó, le puso una mano en el hombro con un gesto amistoso.

Samuel Bell asintió, aunque parecía preocupado, y se encaminó hacia la escalera que conducía a las habitaciones de la planta superior.

Eleanor se preguntó si la conversación habría tenido relación con el anuncio de Sir Reginald o con alguno de los asuntos que ambos parecían conocer mejor de lo que estaban dispuestos a admitir.

En el salón azul, el ambiente recuperó parte de la calidez que había caracterizado los preparativos de la cena.

El árbol de Navidad, colocado junto a una ventana, estaba decorado con cintas de terciopelo, pequeñas figuras de madera, velas sujetas en soportes metálicos y adornos de cristal que reflejaban la luz de la chimenea.

En una de las ramas más bajas colgaba una esfera transparente con una diminuta estrella plateada en su interior, y Eleanor recordó de inmediato el adorno de cristal que había visto en la fotografía del vestíbulo, junto al retrato de la mujer de 1857.

No era necesariamente el mismo objeto, pero la semejanza le produjo una inquietud que no supo explicar.

Se acercó al árbol con la excusa de admirar la decoración y comprobó que la esfera tenía una pequeña grieta cerca del enganche.

La estrella del interior parecía desplazada, como si alguien hubiera abierto el adorno y después hubiera intentado cerrarlo sin conseguir que recuperara su forma original.

Eleanor no lo tocó. Se limitó a observarlo unos segundos antes de apartarse, consciente de que, desde el otro extremo de la estancia, Lady Beatrice la estaba mirando.

—Era de mi suegra —dijo la anfitriona, acercándose a ella—.

Algunos de estos adornos tienen más años que yo.

Cada Navidad insistía en que debían colocarse en el árbol, aunque estuvieran deteriorados.

Decía que una casa que sustituía todos sus recuerdos por objetos nuevos terminaba pareciéndose a una casa de alquiler.

—Es una hermosa manera de entender la tradición.

—Las tradiciones son hermosas mientras no nos obliguen a vivir exclusivamente en el pasado.

Lady Beatrice contempló la esfera agrietada y, durante un instante, su rostro perdió la serenidad que había mantenido durante toda la velada.

Después alargó la mano y giró ligeramente la rama para ocultar la grieta detrás de las hojas de acebo.

El movimiento fue tan natural que podría haber parecido una simple decisión estética, pero Eleanor tuvo la impresión de que la mujer no deseaba que nadie reparara en el estado del adorno.

Cuando volvió a mirarla, Lady Beatrice había recuperado su sonrisa.

—Espero que se encuentre a gusto con nosotros, señorita Wren. Mi marido puede parecer severo, pero aprecia a quienes se toman su trabajo en serio. Si necesita cualquier cosa durante su estancia, no dude en pedírmela.

—Ha sido usted muy amable conmigo.

—Es lo menos que puedo hacer. La Navidad resulta más agradable cuando uno puede ofrecer algo a los demás.

La frase fue pronunciada con una cordialidad impecable, aunque Eleanor advirtió que Lady Beatrice había evitado mirar hacia la puerta por la que Charles había salido.

Al cabo de unos minutos, la anfitriona se reunió con Margaret junto al piano, y ambas comenzaron a hablar de las partituras que debían preparar para el día siguiente.

Arthur se acercó a Eleanor para preguntarle si había probado el café, y la conversación derivó hacia las dificultades de viajar por Yorkshire durante el invierno.

Él le explicó que la carretera principal solía despejarse con rapidez, pero que los caminos secundarios podían permanecer bloqueados durante varios días si la nieve continuaba cayendo.

La tormenta, que hasta entonces había sido una molestia exterior, empezaba a convertirse en una circunstancia que afectaría a todos los habitantes de la casa.

—¿Cree que podremos salir mañana? —preguntó Eleanor.

—Dependerá de la intensidad del viento y de cuánto nieve durante la noche. Si las cunetas quedan cubiertas, será difícil distinguir el camino. Los carruajes podrían quedarse atascados y los caballos sufrirían innecesariamente.

—Parece que tendremos que aceptar la hospitalidad de los Whitmore durante algún tiempo.

—No es la peor forma de pasar unos días de invierno —respondió Arthur, mirando el árbol y el fuego—. Aunque sospecho que la hospitalidad de esta casa tiene ciertas condiciones que todavía no conocemos.