Capítulo 5 — Una cena llena de cortesía #2
Charles dejó de sonreír. Fue apenas un cambio en la expresión, una contracción ligera alrededor de los ojos, pero Eleanor tuvo la impresión de que su respuesta había tocado un asunto que él no esperaba encontrar en aquella conversación.
Antes de que pudiera decir algo más, un criado apareció con una fuente de faisán asado, patatas doradas y verduras glaseadas, y Charles volvió a prestar atención a la cena con una facilidad que parecía ensayada.
Sin embargo, cuando el sirviente se inclinó para servirle, Eleanor observó que el joven llevaba una pequeña mancha de tinta azul en el puño de la camisa.
No le habría concedido importancia de no ser porque había visto aquella misma tinta en sus propios dedos después de trabajar con las fichas del catálogo.
Podía proceder de cualquier documento de la casa, y no había razón para relacionarla con las anotaciones que había encontrado.
Aun así, el detalle se sumó a los demás en el rincón de su memoria donde guardaba las observaciones pendientes de explicación.
La conversación recuperó cierta animación cuando Lady Beatrice preguntó a Eleanor por su librería de Ashcombe.
La invitada explicó que era un establecimiento pequeño, situado en una calle antigua cerca de la plaza del mercado, donde los vecinos acudían tanto a comprar libros como a intercambiar noticias.
Contó que algunos clientes buscaban novelas de aventuras para los hijos, mientras que otros preferían las biografías, los relatos de viajes o las ediciones gastadas que conservaban anotaciones de antiguos lectores.
A Lady Beatrice le interesó especialmente la costumbre de vender libros de segunda mano y quiso saber si Eleanor sentía alguna inclinación por las historias de misterio.
Eleanor respondió que le gustaban las novelas en las que las pistas estaban a la vista desde el principio, aunque el lector solo comprendiera su importancia al final.
El doctor Pembroke levantó la mirada al escucharla y sonrió.
—Eso exige cierta justicia por parte del escritor —comentó—. No me parece razonable que un misterio dependa de un dato que el lector no podía conocer.
—Estoy de acuerdo —respondió Eleanor—. La sorpresa puede ser agradable, pero la explicación debe resistir una segunda lectura. De lo contrario, el autor no ha resuelto el misterio; simplemente ha ocultado la respuesta.
—Una distinción que podría aplicarse a bastantes asuntos fuera de la literatura —dijo Arthur.
Eleanor advirtió que el médico la miraba con interés genuino, no con la cortesía automática que había encontrado en algunos de los invitados.
Hablaron durante unos minutos sobre los libros que habían leído en su juventud, y Arthur confesó que, cuando estudiaba medicina en Edimburgo, había dedicado demasiadas horas a las novelas de Dickens y a los relatos de detectives que encontraba en las librerías de viejo.
Eleanor le preguntó si aún conservaba aquella afición y él respondió que leía menos desde la muerte de su esposa, aunque no había perdido la costumbre de comprar libros que después dejaba esperando sobre la mesa durante semanas.
No mencionó la enfermedad ni las circunstancias de aquella pérdida, y ella no insistió.
Había una tristeza discreta en su forma de pronunciar la palabra esposa, una tristeza que no reclamaba consuelo ni pretendía despertar compasión.
Eleanor conocía bien aquella clase de silencio: el que no nace de la vergüenza ni del deseo de ocultar algo, sino de la necesidad de mantener ciertos recuerdos en un lugar donde puedan conservar su forma sin quedar expuestos a las preguntas ajenas.
El segundo plato fue seguido por un pudin de Navidad servido con una salsa caliente, y la llegada del postre pareció devolver a la mesa el espíritu festivo que la discusión entre Sir Reginald y Charles había interrumpido.
Margaret explicó que había ayudado a preparar algunas de las decoraciones del comedor y que la cocinera había insistido en introducir una moneda de plata en el pudin, siguiendo una tradición que, según ella, debía traer buena fortuna a quien la encontrara.
Charles bromeó diciendo que la fortuna sería especialmente bienvenida en determinadas circunstancias, y su padre le dirigió una mirada tan severa que Lady Beatrice dejó caer deliberadamente su cucharilla para distraer la atención.
La pequeña maniobra tuvo éxito. Arthur contó entonces que, durante su infancia, una tía suya había introducido por error un botón en el pudin y había convencido a toda la familia de que se trataba de una antigua moneda romana.
La historia provocó una risa sincera, incluso en Sir Reginald, que durante unos instantes pareció un hombre distinto del anfitrión preocupado por los asuntos que habían ensombrecido la velada.
Fue al terminar el postre cuando Sir Reginald se puso en pie y pidió a los presentes que le concedieran unos minutos.
No levantó la voz, pero la autoridad con la que habló bastó para que las conversaciones cesaran de inmediato.
Un criado retiró la fuente vacía y otro se acercó a las ventanas para cerrar las cortinas, pues la oscuridad exterior se había vuelto absoluta y el viento hacía vibrar los cristales con una insistencia casi amenazadora.
Sir Reginald apoyó una mano en el respaldo de su silla y recorrió con la mirada a su esposa, a su hijo, a su sobrina y a los demás invitados.
Eleanor observó que no parecía nervioso, aunque había en su rostro una gravedad distinta de la que había mostrado durante la cena.
—Les agradezco que hayan aceptado mi invitación y que compartan conmigo estas fiestas.
La Navidad siempre ha sido una ocasión para reunir a quienes pertenecen a una misma familia, pero también para recordar que las obligaciones no desaparecen porque el calendario nos conceda unos días de descanso.
Durante las últimas semanas he dedicado bastante tiempo a revisar ciertos asuntos que llevan demasiado tiempo pendientes.
Mañana por la mañana, después del desayuno, comunicaré una decisión que afectará al futuro de Whitmore Manor y a la posición de algunas personas sentadas en esta mesa.
Nadie respondió. El fuego crepitó en la chimenea y, desde la cocina, llegó el ruido de una bandeja que alguien dejó sobre una superficie metálica. Sir Reginald continuó hablando, con la misma calma severa.
—No pretendo que todos estén de acuerdo con lo que voy a anunciar.
Tampoco espero que comprendan de inmediato las razones que me han llevado a tomar esta decisión.
Solo les pido que me permitan explicarla antes de formular sus objeciones.
He pospuesto esta conversación durante demasiado tiempo y no tengo intención de aplazarla de nuevo.
Eleanor no pudo evitar mirar a Charles. El heredero había dejado la copa sobre la mesa y mantenía los dedos cerrados alrededor del borde de la servilleta.
Su expresión era contenida, pero el color había desaparecido de sus mejillas.
Lady Beatrice permanecía inmóvil, con la espalda recta y las manos juntas sobre el regazo.
Margaret había bajado los ojos hacia el plato vacío, mientras que el reverendo Bell observaba a Sir Reginald con una seriedad que parecía casi dolorosa.
Edmund Vale, el abogado de la familia, que había permanecido callado durante buena parte de la cena, se acomodó las gafas y preguntó si la decisión guardaba relación con los documentos que habían revisado semanas atrás.
La pregunta fue tan precisa que Eleanor comprendió que el abogado sabía que algo estaba a punto de cambiar, aunque ignoraba quizá el alcance de la decisión o las consecuencias que podía tener para él.
—Guarda relación con documentos que he revisado durante muchos años —respondió Sir Reginald—, pero no deseo discutirlos esta noche. Mañana tendrán la información necesaria y podrán hacerme las preguntas que consideren oportunas.
—¿Y si mañana alguien no está de acuerdo con lo que haya decidido? —preguntó Charles.
La pregunta rompió la apariencia de calma con la que se había cerrado la cena. Sir Reginald miró a su hijo sin pestañear.
—El desacuerdo no altera los hechos.
—No siempre son los hechos los que deciden el destino de una familia.
—No, Charles. A veces son las decisiones que se toman cuando todavía se cree que nadie tendrá que responder por ellas.
El silencio posterior fue tan profundo que Eleanor oyó el roce de la manga de Margaret contra el mantel cuando la joven cambió ligeramente de postura.
Lady Beatrice intervino antes de que Charles pudiera replicar y dijo que quizá no era la noche más apropiada para discutir cuestiones de esa naturaleza.
Su voz mantuvo la suavidad habitual, pero había una urgencia inconfundible en sus palabras.
Sir Reginald pareció aceptar la sugerencia.
Se limitó a inclinar la cabeza y añadió que deseaba a todos una buena noche de Navidad, antes de abandonar el comedor acompañado por Edmund Vale, que se levantó inmediatamente para seguirlo.
Charles permaneció sentado unos segundos, mirando el lugar vacío de su padre, y después se puso en pie con tanta brusquedad que la silla chirrió contra el suelo.
Murmuró una disculpa y salió por la puerta opuesta a la que habían utilizado los otros dos hombres.