Capítulo 5 — Una cena llena de cortesía
Cuando Eleanor llegó al comedor, la casa parecía haber abandonado por completo la quietud de la tarde para entregarse a una de esas ceremonias navideñas que las familias inglesas de buena posición preservaban con una mezcla de orgullo, disciplina y nostalgia.
Las lámparas de araña iluminaban la larga mesa con una claridad dorada, y las llamas de las velas se reflejaban en la plata pulida, los vasos de cristal tallado y la porcelana blanca, decorada con una fina cenefa de hojas verdes y pequeñas bayas rojas.
En el centro, una composición de ramas de acebo, hiedra y piñas cubiertas de escarcha artificial se extendía entre candelabros de bronce, mientras que junto a cada plato habían dispuesto una servilleta de lino doblada con precisión y una tarjeta con el nombre del invitado.
El aroma del asado llegaba desde las cocinas, mezclado con el perfume de las naranjas especiadas y el olor resinoso de las ramas de abeto que adornaban las paredes.
Afuera, el viento seguía golpeando los ventanales, pero en el interior todo parecía diseñado para convencer a los presentes de que el invierno no era más que una excusa para reunirse alrededor de una mesa bien servida.
Eleanor se detuvo un instante en la entrada y contempló la escena con una sonrisa discreta.
Había algo profundamente agradable en aquella abundancia de pequeños detalles, en la atención dedicada a los cubiertos y a las flores, en la promesa de una cena larga durante la cual la conversación, el vino y los recuerdos debían ocupar el lugar de las preocupaciones cotidianas.
Sin embargo, también advirtió que las sonrisas se interrumpían con demasiada rapidez cuando alguien entraba en la estancia, y que ciertas miradas parecían buscar una confirmación silenciosa antes de decidir dónde posarse.
Lady Beatrice Whitmore fue la primera en acercarse a recibirla.
Vestía un traje de terciopelo color ciruela, con el cuello adornado por un pequeño broche de perlas, y llevaba el cabello recogido en un peinado que acentuaba la elegancia serena de su rostro.
A pesar de la edad, conservaba una belleza notable, no tanto por la perfección de sus facciones como por la seguridad con que se movía y por aquella expresión contenida que parecía haber aprendido a no conceder más de lo necesario.
Le preguntó si había encontrado cómoda la habitación y si Agnes había tenido la previsión de dejarle una manta adicional para la noche.
Eleanor respondió que no había pasado frío y que la habitación era encantadora, tras lo cual Lady Beatrice le explicó que la casa podía resultar algo inhóspita durante las tormentas, especialmente en las habitaciones orientadas al norte.
Lo dijo con una naturalidad que parecía formar parte de la conversación habitual, pero añadió que aquella noche habían encendido las chimeneas de los dormitorios para que todos pudieran disfrutar de una Navidad confortable.
Después le indicó su sitio en la mesa, situado entre Margaret Ashford y el reverendo Samuel Bell, y le recomendó que probara la salsa de arándanos, preparada según una receta que había pertenecido a su suegra.
Eleanor agradeció la invitación y ocupó su lugar, consciente de que Lady Beatrice se había encargado personalmente de cada detalle y de que, en aquella casa, incluso la hospitalidad parecía obedecer a un orden cuidadosamente establecido.
Sir Reginald Whitmore entró unos minutos después, acompañado por Charles, que caminaba a su lado con las manos cruzadas a la espalda y una expresión de impaciencia apenas disimulada.
El dueño de la mansión llevaba una chaqueta de cena negra, chaleco de seda gris y una corbata blanca sujeta con un alfiler de oro antiguo.
Era un hombre de aspecto distinguido, de cabello completamente plateado y espalda todavía recta, aunque su rostro mostraba el desgaste de quien había pasado demasiados años acostumbrándose a que sus decisiones fueran obedecidas sin discusión.
Saludó a los presentes con una inclinación de cabeza y se detuvo brevemente junto a Eleanor para preguntarle cómo avanzaba el trabajo.
Ella respondió que había empezado a revisar los catálogos y que esperaba presentar un primer informe después de Navidad.
Sir Reginald pareció satisfecho, pero su atención se desvió cuando Charles acercó una silla para su madre.
Entre padre e hijo se produjo un intercambio de miradas tan breve que cualquiera habría podido pasarlo por alto, aunque Eleanor, que había comenzado a observar las relaciones de aquella familia con el mismo cuidado que dedicaba a las anotaciones de un libro, percibió una tensión que no encajaba con la cordialidad de la velada.
Charles sonrió a su padre, pero la sonrisa desapareció antes de que Sir Reginald terminara de acomodarse en su asiento.
La cena comenzó con una sopa de castañas servida en platos hondos de porcelana, acompañada de pequeñas tostadas untadas con mantequilla.
Durante los primeros minutos, la conversación giró en torno al tiempo, al estado de los caminos y a las dificultades que la nieve podía ocasionar a quienes debían viajar después de las fiestas.
El reverendo Bell contó una anécdota sobre una visita pastoral realizada varios inviernos atrás, cuando una tormenta lo había obligado a pasar la noche en una granja cuyo propietario insistía en que los caballos podían orientarse mejor que cualquier hombre bajo una nevada.
Margaret se rio con suavidad y añadió que los animales solían tener más sentido común que las personas, comentario que provocó una sonrisa en Arthur Pembroke, sentado frente a ella.
El médico había llegado a la mansión aquella misma tarde, después de que un criado fuera a buscarlo para atender una indisposición de uno de los trabajadores de la finca.
Eleanor lo había visto brevemente en el vestíbulo, pero ahora podía observarlo con mayor detenimiento.
Era un hombre de treinta y ocho años, de cabello castaño oscuro, ligeramente ondulado, y ojos grises que parecían examinar cuanto ocurría sin transmitir una curiosidad indiscreta.
Vestía con sencillez, aunque con el cuidado propio de su posición, y tenía unas manos largas, firmes, que utilizaba con movimientos precisos al cortar la carne o llevarse la copa a los labios.
Su rostro no carecía de atractivo, pero era una cualidad discreta, realzada por la serenidad y por una cierta melancolía que aparecía cuando la conversación se desviaba hacia la familia o los recuerdos personales.
—El doctor Pembroke ha tenido la amabilidad de acompañarnos a pesar del mal tiempo —dijo Lady Beatrice cuando retiraron los platos de sopa—. Si la nieve continúa así, quizá debamos convencerlo de que se quede hasta que los caminos sean transitables.
—No me resultaría difícil encontrar una excusa —respondió Arthur—. En el pueblo hay suficientes pacientes como para mantenerme ocupado durante varios días, pero debo reconocer que una cena como esta constituye una tentación considerable.
—No se deje engañar por la vajilla —intervino Charles—. En esta casa se puede disfrutar de una comida excelente y, al mismo tiempo, pasar una velada interminable escuchando historias de antepasados que nadie recuerda con exactitud.
Sir Reginald dejó los cubiertos sobre el plato.
—La memoria familiar es una forma de responsabilidad, Charles. Que algunos prefieran olvidarla no significa que los demás debamos hacer lo mismo.
El comentario no fue pronunciado en voz alta, pero bastó para que la conversación perdiera parte de su ligereza.
Charles tomó su copa y bebió un sorbo de vino antes de responder que nadie había propuesto olvidar nada, y que, en cualquier caso, no todas las historias antiguas merecían ser contadas una y otra vez.
Lady Beatrice intervino con una pregunta dirigida al reverendo sobre los preparativos de la misa de Navidad, y Samuel Bell aceptó el cambio de tema con evidente alivio.
Eleanor continuó comiendo sin participar en la discusión, aunque no dejó de observar a los dos hombres.
La tensión no parecía proceder de un desacuerdo ocasional, sino de una disputa mucho más antigua, repetida tantas veces que ambos habían aprendido a expresarla mediante frases cuyo verdadero significado solo ellos conocían.
Cuando los criados retiraron los platos, Charles se inclinó hacia Eleanor y le preguntó si la biblioteca estaba a la altura de sus expectativas.
Ella respondió que era una colección magnífica, aunque necesitaba una revisión cuidadosa, y él sonrió con una expresión que parecía pedirle disculpas por anticipado.
—Mi padre considera que los libros son más fiables que las personas. Supongo que, en algunos casos, tiene razón. Un libro no puede cambiar de opinión sobre un asunto familiar, aunque sus propietarios sí pueden decidir qué páginas prefieren que nadie lea.
Eleanor sostuvo su mirada durante un instante.
—Los libros también pueden desaparecer.