El secreto de Whitmore Manor Capítulo 4 — La biblioteca cerrada #3
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Capítulo 4 — La biblioteca cerrada #3

Eleanor dejó la taza sobre el plato. La frase le recordó la respuesta del reverendo y la anotación que había encontrado en el inventario. Por primera vez, las piezas parecían apuntar hacia un mismo asunto, aunque todavía no podía establecer una relación concreta entre ellas.

—¿Su bisabuela fue una de esas personas?

Margaret la miró con una expresión que mezclaba sorpresa y tristeza.

—No estoy segura. Mi madre nunca quiso hablar de ello. Solo me dijo una vez que, si algún día regresaba a Whitmore Manor, no debía confundir las habitaciones con los recuerdos. Las habitaciones pueden restaurarse, me dijo; los recuerdos, en cambio, suelen pertenecer a quienes ya no están aquí.

Durante unos instantes, ninguna de las dos habló.

La casa parecía haberse vuelto más silenciosa a medida que caía la noche, y el piano había dejado de sonar en alguna estancia lejana.

Eleanor quiso preguntarle si conocía el libro retirado en 1857, pero no estaba dispuesta a revelar todavía la ficha que había encontrado.

Margaret tampoco parecía preparada para continuar.

Se levantó, recogió el chal que había dejado sobre el respaldo de una silla y dijo que debía ayudar a Lady Beatrice con los preparativos de la cena.

Antes de marcharse, sin embargo, se volvió hacia Eleanor.

—Si encuentra un libro que no aparece en el catálogo, no lo considere necesariamente perdido. En esta casa hay cosas que se han guardado tan bien que, con el tiempo, todos han terminado olvidando dónde están.

La joven salió sin esperar respuesta. Eleanor permaneció junto al fuego, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el corredor, y comprendió que su trabajo en la biblioteca iba a resultar bastante más complicado de lo que había imaginado.

Ya no se trataba únicamente de localizar volúmenes extraviados o corregir errores de catalogación.

Había una fecha que se repetía en documentos distintos, una mujer cuyo recuerdo parecía incómodo para sus descendientes y un libro que alguien había retirado de las estanterías por orden de un miembro de la familia.

Aún no tenía pruebas de que aquellos elementos estuvieran relacionados, pero todos parecían conducir hacia el mismo invierno.

Cuando regresó a su habitación, la nieve había borrado por completo el jardín.

Mary había encendido las lámparas y dejado una jarra de agua caliente junto a la palangana, y sobre la cama esperaba un vestido limpio para la cena, que Eleanor había pedido que le prepararan durante la mañana.

Se quitó los zapatos, se sentó ante la cómoda y abrió la libreta por la página donde había anotado la referencia del libro desaparecido.

Después escribió debajo los nombres de Samuel Bell, Margaret Ashford y Agnes Pritchard, dejando un espacio en blanco junto a cada uno.

No sabía todavía qué podía atribuirles, ni quería cometer el error de confundir la reserva con la culpabilidad.

Pero sí había aprendido algo durante aquellas primeras horas: en Whitmore Manor, la gente no solo evitaba responder a ciertas preguntas; también parecía conocer de antemano cuáles no debían formularse.

Desde el piso inferior llegó el sonido de una puerta que se cerraba con fuerza, seguido por una voz masculina que Eleanor no consiguió reconocer.

Luego se oyó una breve discusión, apagada por la distancia, y el ruido de unos pasos rápidos sobre el suelo de madera.

Eleanor levantó la cabeza y escuchó, pero la casa recuperó enseguida su silencio habitual.

Se acercó a la ventana y contempló la oscuridad que envolvía el invernadero.

Los cristales reflejaban la luz de su habitación, de modo que apenas podía distinguir el interior, aunque le pareció ver una sombra moverse detrás de una de las puertas laterales.

Permaneció inmóvil hasta que la figura desapareció.

Después cerró las cortinas, se colocó los pendientes y comenzó a prepararse para la cena, convencida de que todavía era demasiado pronto para sacar conclusiones.

Sin embargo, mientras se abrochaba el último botón del vestido, recordó una frase de Margaret: No lo considere necesariamente perdido.

No había dicho que el libro pudiera aparecer en otra estantería, ni que alguien lo hubiera trasladado por error.

Había hablado como si conociera la existencia de un lugar donde las cosas podían permanecer ocultas durante años.

Eleanor guardó la libreta en el cajón de la cómoda, apagó una de las lámparas y se dirigió a la puerta.

Al otro lado del corredor la esperaba el resplandor cálido de la casa, el aroma de la cena y la promesa de una velada navideña en compañía de personas que, al menos en apariencia, no tenían nada que ocultar.

Pero cuando descendió la escalera y vio a los invitados reunidos junto al árbol del vestíbulo, comprendió que todos habían llegado a Whitmore Manor con sus propias expectativas y que no todos deseaban que la Navidad trajera consigo una sorpresa.