El secreto de Whitmore Manor Capítulo 4 — La biblioteca cerrada #2
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Capítulo 4 — La biblioteca cerrada #2

La campanilla del corredor sonó cuando estaba ordenando las últimas fichas.

Eleanor consultó el reloj de bolsillo: faltaban pocos minutos para las cuatro.

Había trabajado más de dos horas sin darse cuenta, y el aroma de la leña se había mezclado con el del té que alguien debía de estar preparando en las cocinas.

Recogió sus notas, colocó el catálogo en el mismo lugar donde lo había encontrado y se acercó a la ventana antes de salir.

La nieve había cubierto por completo el sendero que cruzaba el jardín occidental, y las huellas de la mañana habían desaparecido bajo una superficie lisa, interrumpida únicamente por las ramas de los arbustos.

Cerca del invernadero vio una figura que caminaba con dificultad entre los setos, protegida por un abrigo oscuro y un sombrero de ala estrecha.

La distancia impedía distinguir el rostro, pero la persona se detuvo junto a una puerta lateral del edificio de cristal y permaneció allí unos segundos antes de desaparecer por el costado que daba al bosque.

Eleanor pensó que podía tratarse de un jardinero comprobando las ventanas o de uno de los criados que atendían las plantas durante el invierno.

Aun así, le extrañó que alguien hubiera salido con aquel tiempo sin llevar una linterna, y que no pareciera dirigirse hacia ninguna de las entradas habituales de la mansión.

Cuando abrió la puerta de la biblioteca, encontró a Agnes Pritchard esperándola en el corredor.

El ama de llaves llevaba una bandeja con una tetera pequeña, dos tazas y un plato de bollos recién hechos, cuyo olor a mantequilla y canela resultaba casi irresistible después de tantas horas de trabajo.

Le explicó que había pensado que Eleanor agradecería una merienda antes de reunirse con los demás invitados y que podía tomarla en el salón de lectura, donde el fuego estaba encendido.

Eleanor agradeció el detalle y preguntó si alguien había salido al jardín durante la tarde.

Agnes la miró con una expresión tan neutra que resultaba difícil saber si la pregunta le parecía extraña.

—El señor Charles ha ido a los establos después de la comida. Margaret estuvo en el invernadero esta mañana, y el jardinero suele comprobar las plantas incluso cuando nieva. No creo que nadie más haya salido.

—He visto a una persona cerca del invernadero hace unos minutos.

Agnes ajustó la bandeja entre las manos.

—Entonces habrá sido el jardinero, señorita. Es un hombre muy cuidadoso con su trabajo.

—No parecía llevar herramientas.

—Con este tiempo, quizá las haya dejado dentro.

La respuesta era plausible, pero Agnes la ofreció con una rapidez que no dejaba espacio para más preguntas.

Eleanor decidió no insistir. Aún no conocía lo suficiente a los habitantes de Whitmore Manor para distinguir una reserva natural de una mentira, y la experiencia le aconsejaba no convertir cada respuesta incompleta en un motivo de sospecha.

Tomó la bandeja que el ama de llaves le ofrecía y la siguió hasta el salón de lectura.

Allí encontró un ambiente mucho más acogedor que el de la biblioteca principal: las paredes estaban cubiertas de estanterías bajas, un sofá de terciopelo verde ocupaba el centro de la estancia y dos lámparas con pantallas de seda proyectaban una luz cálida sobre las mesas.

En la chimenea ardía un fuego generoso, y junto a una ventana había una cesta con ovillos de lana y una labor de punto abandonada sobre una butaca.

Parecía el tipo de habitación en la que una familia podía refugiarse durante una tormenta, compartir historias y olvidar durante unas horas las obligaciones del mundo exterior.

Eleanor dejó la bandeja sobre la mesa y se sirvió una taza de té.

Los bollos estaban todavía tibios, y al partir uno descubrió en su interior una pequeña cantidad de fruta confitada que se mezclaba con la mantequilla.

Durante unos minutos se permitió disfrutar de la merienda sin pensar en las fichas tachadas ni en las personas que habían reaccionado de forma extraña al escuchar una fecha.

Afuera, el viento hacía temblar los cristales y, desde alguna parte de la casa, llegaba el sonido apagado de un piano.

Alguien interpretaba una melodía sencilla, probablemente una de las canciones que solían acompañar las reuniones navideñas, y Eleanor imaginó a Lady Beatrice sentada junto al instrumento mientras Margaret pasaba las páginas de la partitura.

Era una imagen agradable, casi perfecta, y por un instante la mansión volvió a parecerle el refugio cálido que había imaginado durante el viaje.

Sin embargo, cuando levantó la taza, vio que en el plato había quedado una pequeña mancha de tinta azul.

No recordaba haber tocado ningún documento con la mano húmeda y, al examinarse los dedos, comprobó que tenía una marca similar en el índice.

La tinta procedía probablemente de las fichas del catálogo, pero el detalle le recordó que las anotaciones más recientes estaban escritas con un color distinto del de las originales.

La puerta se abrió poco después y apareció Margaret Ashford, que llevaba un chal de lana sobre los hombros y sostenía entre las manos una pequeña maceta de barro.

Había cambiado el vestido de la mañana por uno de color verde oscuro, y algunos mechones de cabello se le habían soltado junto a las sienes.

Al ver a Eleanor junto al fuego, sonrió con una espontaneidad que parecía más fácil de mantener en aquella estancia que en presencia de los demás miembros de la familia.

—Espero no molestarla. La señora Pritchard me ha dicho que estaría aquí. Quería dejar esta planta junto a la ventana, pero puedo volver más tarde si está trabajando.

—En absoluto. Acabo de terminar por hoy, al menos hasta que pueda revisar los registros con más calma.

Margaret colocó la maceta sobre una mesa y se acercó al fuego para calentarse las manos.

La planta tenía hojas pequeñas, de un verde intenso, y varias flores blancas que apenas se habían abierto.

Explicó que la había trasladado desde el invernadero porque la temperatura había descendido demasiado durante la noche anterior y algunas especies no soportaban bien las heladas.

Eleanor aprovechó la ocasión para preguntarle por la colección de botánica de la biblioteca y por la mujer de la familia que, según el reverendo Bell, había tenido afición por aquellas obras.

Margaret se quedó inmóvil unos segundos antes de responder.

—Mi bisabuela, Eleanor Whitmore. Murió mucho antes de que yo naciera, pero mi madre me habló de ella. Era una mujer inteligente, muy aficionada a las plantas y a los libros. Por lo que he oído, no siempre estuvo de acuerdo con las decisiones de su familia.

—¿Vivió aquí en 1857?

Margaret levantó la mirada. La pregunta había sido formulada con naturalidad, pero la fecha pareció producir en ella un efecto inmediato. Dejó de frotarse las manos y se volvió hacia la ventana, donde las últimas luces de la tarde empezaban a desaparecer detrás de los árboles.

—Sí. Creo que fue precisamente aquel invierno cuando sucedió algo que cambió la vida de la familia.

—¿Qué ocurrió?

Margaret tardó en contestar. Sus ojos se detuvieron en las flores de la maceta y su expresión se volvió más seria, como si estuviera decidiendo cuánto podía decir sin traicionar una promesa que había recibido mucho tiempo atrás.

—No lo sé con certeza. En mi familia se habla de aquella época como si hubiera sido una enfermedad de la que todos se recuperaron, pero nadie quiere recordar los síntomas.

Mi madre decía que algunas personas perdieron algo más que dinero durante aquellos años.

Perdieron su lugar en la casa, su nombre en las conversaciones y, en cierto modo, el derecho a contar su propia historia.