El secreto de Whitmore Manor Capítulo 4 — La biblioteca cerrada
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Capítulo 4 — La biblioteca cerrada

La biblioteca era aún más hermosa cuando uno empezaba a distinguir sus detalles.

Las estanterías de nogal estaban divididas por pilastras talladas con motivos vegetales, y las baldas superiores, a las que se accedía mediante una escalera de madera con ruedas de bronce, guardaban volúmenes encuadernados en piel roja, verde oscuro y azul marino.

Algunos lomos estaban decorados con letras doradas que el tiempo había apagado; otros mostraban etiquetas manuscritas, restos de antiguas signaturas y pequeñas marcas que indicaban sucesivos cambios de ubicación.

Cerca de la chimenea, dos sillones de cuero habían sido colocados frente a una mesa baja donde descansaban una lupa, un abrecartas de marfil y un cenicero de porcelana, aunque no había señales de que alguien fumara allí desde hacía varios días.

En el extremo opuesto, una ventana de grandes dimensiones permitía contemplar el jardín occidental, ahora casi invisible bajo el cielo plomizo.

La nieve golpeaba de vez en cuando los cristales con pequeños remolinos, y el viento hacía vibrar las ramas desnudas de un roble centenario que crecía junto al muro.

El fuego desprendía un calor agradable, pero no conseguía eliminar del todo el olor frío y mineral que parecía proceder de las paredes más antiguas.

Eleanor se quitó los guantes, los dejó junto a la libreta y comenzó a trabajar con la tranquilidad metódica que había aprendido durante años de ordenar libros ajenos.

Su curiosidad podía esperar; el inventario, en cambio, debía empezar por algún sitio.

Poco después oyó unos pasos al otro lado de la puerta.

No eran los pasos ligeros de Mary ni el andar firme y medido de Agnes, sino un ritmo más pausado, con una leve vacilación antes de cada cambio de dirección.

Eleanor levantó la cabeza y esperó. Al cabo de unos segundos, la manilla descendió y apareció el reverendo Samuel Bell, que llevaba un libro pequeño bajo el brazo y una bufanda de lana oscura alrededor del cuello.

Se disculpó por interrumpirla y explicó que sir Reginald le había dicho que podría encontrarla trabajando en la biblioteca.

Tenía la intención de devolver un volumen de historia eclesiástica que había consultado la noche anterior y no quería dejarlo en una de las salas comunes.

Eleanor se levantó para recibirlo, pero el reverendo señaló que podía dejarlo sobre la mesa y que no deseaba apartarla de sus obligaciones.

Su mirada recorrió las estanterías con una familiaridad que no parecía improvisada, y cuando descubrió el catálogo abierto junto a la libreta, sonrió con una expresión que mezclaba nostalgia y prudencia.

—Esta habitación no ha cambiado tanto como podría esperarse —comentó—.

Cuando era joven, sir Reginald me permitía pasar aquí algunas tardes.

Yo todavía no había decidido si dedicaría mi vida a la iglesia y él ya estaba convencido de que los libros podían resolver cualquier desacuerdo entre las personas.

—¿Y lo consiguió? —preguntó Eleanor.

—Los libros pueden aclarar muchas cosas, señorita Wren. Resolverlas es una tarea distinta.

La respuesta fue pronunciada con serenidad, pero Eleanor percibió en ella una experiencia que iba más allá de las discusiones literarias.

Le preguntó si conocía bien la colección y el reverendo respondió que había leído una parte considerable de sus obras de historia, aunque nunca había tenido tiempo de examinar los archivos familiares con la atención que merecían.

Añadió que sir Reginald había adquirido numerosos volúmenes durante sus viajes y que, en ocasiones, parecía más interesado en encontrar un libro concreto que en disfrutar de los que ya poseía.

Eleanor le mencionó las discrepancias del catálogo, procurando que la pregunta sonara como una consulta profesional y no como una insinuación, y el reverendo se acercó a la mesa para observar las anotaciones.

Su expresión cambió al leer la fecha escrita en el margen.

No fue un sobresalto evidente, sino una quietud repentina que hizo que pareciera escuchar algo que los demás no podían oír.

—Diciembre de 1857 —murmuró.

Eleanor lo observó con atención.

—¿Le dice algo esa fecha?

Samuel Bell tardó un poco en responder. Se quitó las gafas, limpió uno de los cristales con un pañuelo y volvió a colocárselas antes de mirar de nuevo la página.

—En las casas antiguas hay fechas que terminan adquiriendo una importancia desproporcionada.

Un nacimiento, una muerte, una herencia disputada.

A veces se conserva el recuerdo de un acontecimiento y se pierde el acontecimiento mismo.

No me sorprende encontrar una anotación antigua, aunque sí me sorprende que alguien haya intentado ocultarla.

—Entonces, ¿cree que la referencia se relaciona con algún suceso familiar?

—No podría asegurarlo. Yo no pertenecía a esta familia en aquella época, y sería imprudente que le ofreciera una explicación basada en rumores.

Lo único que puedo decirle es que sir Reginald considera ciertos documentos más delicados de lo que parecen, y que no siempre agradece que se investigue sobre ellos sin su conocimiento.

No era una advertencia hostil, pero tampoco una respuesta inocente.

Eleanor cerró el catálogo con cuidado y le explicó que su trabajo consistía precisamente en detectar las inconsistencias del inventario, no en buscar asuntos personales.

El reverendo asintió, como si aquella distinción le pareciera razonable, aunque no del todo suficiente.

Antes de marcharse, se detuvo junto a una de las estanterías y pasó un dedo por el lomo de un libro de sermones antiguos.

Le preguntó si había encontrado alguna obra especialmente interesante y Eleanor mencionó los volúmenes de botánica con anotaciones manuscritas.

Samuel respondió que los libros de ciencias naturales habían sido una afición de una de las antiguas mujeres de la familia, una persona a la que, según dijo, se recordaba poco en las conversaciones actuales.

Cuando Eleanor quiso saber su nombre, el reverendo volvió la cabeza hacia la puerta, como si hubiera oído un ruido en el corredor, y se limitó a decir que quizá Margaret pudiera contarle más, pues había heredado parte de aquella afición.

Una vez que el reverendo salió, Eleanor permaneció mirando la puerta cerrada.

No podía reprocharle su cautela: ella misma habría desconfiado de una desconocida que pretendiera averiguar los secretos de una familia a partir de un inventario.

Sin embargo, la reacción de Samuel ante la fecha había sido demasiado precisa para pasar inadvertida.

Había reconocido el año antes de que ella le explicara por qué lo consideraba importante, y su manera de hablar de una mujer olvidada parecía sugerir que la memoria familiar había seleccionado cuidadosamente qué personas merecían conservarse y cuáles podían desaparecer de las conversaciones.

Eleanor volvió a abrir la libreta y escribió una breve nota sobre la visita, sin añadir conclusiones.

Después siguió trabajando hasta que el frío comenzó a filtrarse por las mangas del vestido y el resplandor de las lámparas convirtió las sombras de las estanterías en largas franjas oscuras.

Al revisar una sección dedicada a la historia de Yorkshire, encontró una ficha suelta detrás de varios volúmenes de encuadernación azul.

El papel estaba amarillento y tenía una pequeña mancha circular en una esquina, como si hubiera permanecido durante años bajo un objeto húmedo.

En la parte superior figuraba el título de un libro de memorias publicado en Londres en 1849; debajo, alguien había escrito a lápiz una frase que no aparecía en el catálogo oficial: El ejemplar fue retirado en la Navidad de 1857 por orden de R. W.

Eleanor acercó la ficha a la lámpara. Las iniciales podían corresponder a Reginald Whitmore, aunque no tenía manera de comprobarlo.

El nombre del libro le resultaba desconocido, pero la referencia editorial era suficientemente precisa para permitirle buscarlo en un catálogo de librero o en una bibliografía especializada.

Lo que no podía explicar era la anotación sobre su retirada.

Si se trataba de una obra corriente, ¿por qué alguien había dejado constancia de su desaparición?

Y si el volumen tenía alguna importancia especial, ¿por qué no figuraba en la sección de obras reservadas?

La fecha se repetía una vez más, y con ella la sensación de que la biblioteca contenía un pequeño archivo de decisiones que alguien había intentado mantener fuera de la vista.

Eleanor guardó la ficha en una funda de papel, anotó dónde la había encontrado y decidió que no la mostraría a sir Reginald hasta haber terminado una primera revisión.

No deseaba ocultarle información al hombre que la había contratado, pero tampoco quería entregar una pista sin comprender antes qué podía significar.